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Sonia Budassi

Los domingos son para dormir


 

Sonia Budassi  (1978) nació en Bahía Blanca, provincina de Buenos Aires. Es editora del sello de narrativa Editorial Tamarisco. Sus cuentos han sido publicados en diversas antologías, entre las que se destacan Hojas de Tamarisco (2006), Buenos Aires/ Escala 1:1 (2007) y Uno a Uno (2008). Los domingos son para dormir es su primer libro de cuentos.

 

Entropía, Buenos Aires, 2008.

 

Todo lo de anoche

Los domingos son para dormir. Suena un tango en la radio de este taxi Renault 12 sin FM, ruidosa vibración del mo­tor; en las mañanas de domingo sólo existen autos así. No conozco la calle por la que vamos, talleres mecánicos alinea­dos como vidrieras de un shopping, autos en reparación (chocados) al borde de la calle, árboles y un prolijo nene pe­lirrojo con bolsa de hilo tejido para hacer los mandados cruza la calle sin mirar el semáforo. No lo atropellamos. Es casi mediodía: el color es amarillo, demasiado sol, cómo se verá mi maquillaje con esta luz, gris perlado de mis párpa­dos concebido por Lancome para una noche como la de ayer —o con eso nos engañamos los fieles consumidores— tonalidad 035, gris humo también el delineador; pase lo que pase los laboratorios franceses no encuentran la fórmu­la y yo tampoco: ningún maquillaje supera los efectos de las mañanas con sol, quisiera que algunas cosas no hubie­sen pasado, o por lo menos saltear este momento, pero el único deseo posible es el de llegar a casa cuanto antes y la velocidad del taxista no trabaja a mi favor; prefiero la lenti­tud de los embotellamientos de lunes, violencia explícita de bocinas, de colectivos repletos, y no la furia contenida de los días como éste.

Nadie barre la vereda en mi cuadra, no hay olor a asado en familia. No tengo hambre, pero cuando rechacé el desa­yuno gentil sí tenía y tenía miedo de estar en aquella situa­ción (que el chico sea lindo no alcanza). En el paisaje, de­masiados elementos que no logro poner en orden: podría resumirse en (no ponerme a limpiar) vasos sucios, ceniceros repletos, botellas vacías. Mejor no mirarme al espejo, pero -contradicciones fruto de la curiosidad- imposible no ha­cerlo; no necesito comprobar nada más. Odio el sol. Los pies duelen pero sin ampollas ni lastimaduras. Descalzar­me, líneas negras manchan mis pies. Me desvisto, mejor dormir ahora. Pero en la cama doy vueltas incómodas. No puedo dormir y no me lo explico, si estaba tan cansada. Ca­lor, hasta que por fin el sueño.

Despertar es horrible siempre. Los domingos peor. Sé lo que me espera fuera de este cuarto; adentro todo mi vestua­rio desplegado (arrugado) por el piso, no puedo calcular cuánta ropa me probé antes de salir, cuánto tiempo me lle­vará acomodarla; una hora más tarde, me levanto. Cuando vivía con mis padres (iba al secundario) era capaz de hacer mucho más: mentir ("voy a dormir a lo de una amiga") pa­ra ir a bailar a lugares para mayores de dieciocho años, cam­biarme en el baño de un bar, descambiarme en el baño de otro bar, hacer tiempo recostada en el banco de una plaza hasta las diez de la mañana, volver a casa, cocinar, hacer to­do lo que una buena hija debe hacer, arreglar el jardín, ba­ñar al perro y lavar el auto; de todas formas durante el día deseaba que llegue la noche para descansar; creo que la pre­sencia de mis padres y los recuerdos de la noche anterior me daban las fuerzas que necesitaba.

Suena el teléfono y no atiendo, en mi voz se sentirán las marcas del cigarrillo, de los tragos, de los gritos, de todo lo de anoche. Si sólo dijera "hola" cualquiera podría saber ca­da cosa que hice. Me lavo los dientes, maldigo, lloro, me da bronca llorar. Lloro de bronca. Es estúpido angustiarse por cosas así, yo no soy ninguna idiota. Me lavo la cara, me qui­to el maquillaje, no tengo ganas de ponerme las cremas que debería; demasiado esfuerzo. Pienso en cosas que pudieran reconfortarme y como las que se me ocurren implican ha­blar, las descarto, aunque sólo se trate de nombrar mi direc­ción, la comida que me gustaría pedir y con cuánto voy a pagar (aunque antes de hacerlo debería ver si tengo plata).

Llevar las botellas del comedor al lavadero no va a hacer que me sienta mucho mejor, entonces llevo todas las bote­llas del lavadero al comedor. Veinte o treinta, este cansancio es parecido al del trabajo. Sobre la mesa y después sobre el piso, pero sin tapar las manchas que tiene la alfombra por­que prefiero verlas. No es bueno ocultar siempre todo. Lis­to. Está bien angustiarse por treinta botellas, no por tres. No hay nada que me moleste más que sentirme mal por co­sas que no valen la pena. Escucho gritos que vienen de afue­ra, miro, vienen del balcón de enfrente. Unos cinco chicos (en realidad dos de ellos deben tener cuarenta años) me mi­ran. En aquel piso debe vivir el matrimonio mayor (él a ve­ces sale al balcón a fumar, si se queda adentro seguro que la mujer lo reta), los domingos suele ir gente a visitarlos, fami­lias con niños. Escucho mejor: dicen guarangadas, no dejan de mirarme. Me doy cuenta de que estoy desnuda. Hijos de puta. Me cubro con un repasador que hay en el piso y entre otras cosas grito "pajeros de mierda", bien fuerte para que me oigan, quién se creen que son. Pronto compruebo que ése es el piso en el que vive el matrimonio mayor: los dos, ahora también en el balcón, me miran indignados junto con otros vecinos de distintas edades de distintos pisos del edificio de enfrente: hijos de puta todos. Cierro la cortina y de vuelta en mi cuarto me tiro en la cama.

Despertar es horrible, y despertar dos veces el mismo domingo es dos veces peor. Es temprano, confusión, creí que era mañana lunes, otra cosa, soñaba que. Todavía el ca­lor. Me pongo una remera. Que el repasador quede en el pi­so, total estaba sucio. Una puntada en el pecho (no hay pa­pel glasé que se pegue con punzón en la hoja blanca; todos lo golpes los recibo yo), me aturden millones de botellas. Pienso en llamar a mis amigas, necesito consuelo: estoy de­macrada, uso una remera de Argentina con el logo de Visa y de Reebok porque es la única que encontré, mis piernas se ven demasiado flacas para lo gorda que estoy, hay olor a en­cierro y anoche gasté mi último sahumerio. Llamo pero na­da, rutina de días lindos, todos se van a algún cercano acce­sible lugar paradisíaco y me dejan sola. A la tercera amiga que llamo, respuesta de madre; odio a la gente que vive con su mamá (¿por qué no están cuando las necesito?). Quiero hablar a pesar de mi voz: después de todo, ya avisé que estoy engripada (y bien podría estarlo). La opción ahora es probar con algún amigo (como en una promoción, dos cosas en una) pero más contestadores hasta que por fin Matías, que recién se levanta pero su voz no muestra cansancio sino en­tusiasmo, dulzura y comprensión. Invento malos amigos que no ayudaron a ordenar y pobre yo quizá tan enferma, tan resfriada, incluso con fiebre pero no tengo termómetro: él promete venir de inmediato. Por si algo falla, le pido que traiga una película. Entonces, ahora tengo que ducharme (y comprobar que el termómetro no esté a la vista).

Hay una fórmula para estar sexy en casa, parecer casual y sin embargo estar producida, una técnica que no puede develarse por ser más que nada una búsqueda personal, un camino propio que conozco bien: el short rojo ajustado y mi vieja remera blanca. Como si hubiera (puntillosa resignada abnegada ama de casa moderna hermosa) lavado platos y ordenado estantes durante todo el día (pero también sé que, bajo mis ojos, imborrables ojeras de domingo). No me entusiasmo (ropa colgada en el cordel durante dema­siado tiempo, asumir que aún no pude quitarla de ahí, de­jar entrar la luz, la fantasía de nunca volver a usar ese ves­tuario, en definitiva, nada importante, salvo la incómoda presencia de medias viejas y bombachas de algodón). Pero no tengo energía para seducir, apenas puedo mantenerme en pie, sostener una charla. Mejor delegar: medias de red con minishort negro y la misma musculosa blanca gastada. Sandalias de taco. Cuando venga puedo decir que me pro­baba ropa de fiesta para el casamiento de mi prima en San­ta Rosa; de todas formas, por qué preocuparme: los hom­bres son siempre demasiado fáciles.

Viniste enseguida, no terminé de cambiarme, pasá, digo ante su sonrisa que se detiene en la puerta. Pequeños ojos de Papá Noel acalorado; boca de sapo ante una tentadora hormiga de jardín. Te imaginaba en cama, dice; pero llevo tacos altos en lugar de pantuflas. Respondo con alguna fal­sa explicación acerca de la trascendental importancia que para las mujeres tienen las fiestas de casamiento y otras idioteces características (prejuiciosas revistas masculinas, cronistas a los que les resulta divertido preguntarse si las mujeres se excitan más con el olor a sudor masculino o con el perfume francés; si salir al cine o a un restaurant) pero en todo caso no me importa; fomentar prejuicios sobre la estu­pidez femenina siempre juega a favor: es bueno que el ene­migo subestime las fuerzas del adversario (una suerte que el machismo y Matías no den cuenta de eso). Veo que no tra­jo ninguna película. Qué mal. Pregunto si quiere tomar al­go, con asco mira alfombra y botellas pero sonríe como un caballero. Me compadece. No me gusta que lo haga, no ne­cesito tu lástima, pienso, aunque su ayuda sí me viene bien: empieza a vaciar ceniceros en una bolsa de consorcio, busca un trapo para limpiar la mesa y cosas así; finjo dolor de ca­beza (ya no tengo tanta fiebre) y lo dejo hacer; en cinco mi­nutos, supongo, va a cansarse y dejará el papel (¿de amigo?) de mayordomo servil de telenovela o (eso estaría mejor) de dócil esclavo de película porno. Lo intercepto en su camino hacia la cocina, pongo cara de agradecimiento y satisfacción y él, odioso beso fraternal: me besa en la frente.

Por supuesto al poco tiempo dice qué linda estás y yo vuelvo a decirme que alguna vez alguien podría ser más ori­ginal, pero no digo más que gracias, vos también. La casa está sólo un poco mejor, pensé que su actitud amigo aliado de la limpieza duraría más tiempo. Me abraza, piso un ciga­rrillo apagado y siento asco pero es mi casa, mejor disimu­lar antes de que él también sienta lo mismo. El malestar su­be desde mis pies hasta el pecho y empieza a invadir el beso que nos damos. ¿Estás bien? pregunta Matías sin interrum­pir el beso. Me aparto un poco. Tengo que esforzarme, pienso. Qué linda vas a estar en esa fiesta, dice él y vuelvo a sentir la sensualidad de la ropa que llevo puesta. ¿Te parece? digo y me aparto un poco más, pero él me toma la mano y me hace dar un giro como a una chica en un baile de cum­bia. Dado el paisaje, mi estado de ánimo y, peor aún, su es­túpida cara de baboso, toda la escena me resulta patética. Él es incapaz de percibir lo que siento. ¿Estás bien, Matías? Po­bre intento de librarme con sutileza de la situación. Sí...vos todavía tenés fiebre ¿no? Perdóname, por ahí te parezco un desubicado (no sé). Todo bien, digo, la verdad es que no tu­ve un buen día... él pronto interrumpe (siempre alguien impide mis breves ataques de sinceridad). Está bien, linda, no te preocupes, estás enfermita (¿por qué el diminutivo?). Vamos a la cama así descansás y te curás y te ponés bien. Te llevo un té, ¿querés? dice. Acepto y voy a mi cuarto, me re­cuesto y pienso que puede ser un lindo preámbulo. No ten­go la costumbre de tomar infusiones antes de un momento así pero por definición está bien tener (triviales) nuevas ex­periencias (mi optimismo me reconforta). Me quito las san­dalias y el short; recostada, me cubro un poco y espero. Las persianas cerradas filtran una anaranjada luz de atardecer, las sábanas blancas se adhieren a mis piernas, y todo tan su­gerente que.

Matías llega con un plato a modo de bandeja con una taza encima, se sienta junto a mí y apoya el té sobre mis piernas. Por primera vez en la tarde nos miramos a los ojos.

Pruebo. En el primer intento, me quemo los labios. So­plo y él dice que eso es de mala educación. Intento decir al­go pero no puedo; él debe estar en lo mismo: silencio de au­tos que no eligen esta calle (en domingo ni siquiera bocinas). Me pregunta qué hice anoche y yo digo que lo de siempre, que salí con amigos y eso. Por cortesía retribuyo la pregunta: él se excede con detalles innecesarios acerca de su feliz sába­do festivo, experiencias de amor y amistad en las que no sé si creer pero que, de todos modos, media hora más tarde toda­vía me resultan, como al principio, innecesarias. Mi té ya es­tá frío y demasiado dulce. No debo menospreciar su gesto de caballerosidad: beber el té, sonreír. Sonrío y digo gracias; en definitiva era sólo un buen gesto pero no pensé en el esfuer­zo: el sabor del edulcorante nunca me gustó.

Como lograr que Matías se saque la ropa resulta bastan­te complicado, él insiste en dejarse la remera puesta; así, di­ce, se siente menos infiel. La declaración me causa gracia pero no sonrío. Al principio son relajantes los besos en el cuello, pero al rato no puedo mantener los ojos cerrados: la parte de arriba del placard está abierta, cuelga mi bolso azul, pienso en mi último viaje con... algo me molesta, mis medias con ligas son demasiado obstáculo para sus dedos y él insiste como si nada. Me resulta un poco torpe, algo vio­lento. Le digo que me deje a mí.

Ya no hay luz anaranjada ni de ningún tipo, aún no hu­bo sexo, pero él dice que esto es sólo el comienzo y, al me­nos, por fin estoy desnuda. Hace un comentario acerca del desorden del cuarto. Debés ser muy insegura para probarte tanta ropa antes de salir. Se ríe, pero sólo porque está ner­vioso (o porque dijo algo estúpido). Yo no me río aunque también estoy nerviosa o molesta o furiosa. Y luego la pre­gunta de si tiene preservativos cerca, él dice que en el jean. Pienso que eso es demasiado lejos, él se detiene.

Pero las cosas pasan como tienen y porque tienen que pasar. Y lo que queda es despertar un mismo domingo por tercera vez y preguntarse si acaso no es peor que haber dor­mido todo el día, el hecho de despertar por el sonido disi­mulado de una puerta al cerrarse.

 

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