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Entropía, Buenos Aires, 2008.
Todo
lo
de anoche
Los domingos son para dormir. Suena un tango en la
radio de este taxi Renault 12 sin FM, ruidosa vibración del motor;
en las mañanas de domingo sólo existen autos así. No conozco la
calle por la que vamos, talleres mecánicos alineados como vidrieras
de un shopping, autos en reparación (chocados) al borde de la calle,
árboles y un prolijo nene pelirrojo con bolsa de hilo tejido para
hacer los mandados cruza la calle sin mirar el semáforo. No lo
atropellamos. Es casi mediodía: el color es amarillo, demasiado sol,
cómo se verá mi maquillaje con esta luz, gris perlado de mis
párpados concebido por Lancome para una noche como la de ayer —o
con eso nos engañamos los fieles consumidores— tonalidad 035, gris
humo también el delineador; pase lo que pase los laboratorios
franceses no encuentran la fórmula y yo tampoco: ningún maquillaje
supera los efectos de las mañanas con sol, quisiera que algunas
cosas no hubiesen pasado, o por lo menos saltear este momento, pero
el único deseo posible es el de llegar a casa cuanto antes y la
velocidad del taxista no trabaja a mi favor; prefiero la lentitud
de los embotellamientos de lunes, violencia explícita de bocinas, de
colectivos repletos, y no la furia contenida de los días como éste.
Nadie barre la vereda en mi cuadra, no hay olor a
asado en familia. No tengo hambre, pero cuando rechacé el desayuno
gentil sí tenía y tenía miedo de estar en aquella situación (que el
chico sea lindo no alcanza). En el paisaje, demasiados elementos
que no logro poner en orden: podría resumirse en (no ponerme a
limpiar) vasos sucios, ceniceros repletos, botellas vacías. Mejor no
mirarme al espejo, pero -contradicciones fruto de la curiosidad-
imposible no hacerlo; no necesito comprobar nada más. Odio el sol.
Los pies duelen pero sin ampollas ni lastimaduras. Descalzarme,
líneas negras manchan mis pies. Me desvisto, mejor dormir ahora.
Pero en la cama doy vueltas incómodas. No puedo dormir y no me lo
explico, si estaba tan cansada. Calor, hasta que por fin el sueño.
Despertar es horrible siempre. Los domingos peor. Sé
lo que me espera fuera de este cuarto; adentro todo mi vestuario
desplegado (arrugado) por el piso, no puedo calcular cuánta ropa me
probé antes de salir, cuánto tiempo me llevará acomodarla; una hora
más tarde, me levanto. Cuando vivía con mis padres (iba al
secundario) era capaz de hacer mucho más: mentir ("voy a dormir a lo
de una amiga") para ir a bailar a lugares para mayores de dieciocho
años, cambiarme en el baño de un bar, descambiarme en el baño de
otro bar, hacer tiempo recostada en el banco de una plaza hasta las
diez de la mañana, volver a casa, cocinar, hacer todo lo que una
buena hija debe hacer, arreglar el jardín, bañar al perro y lavar
el auto; de todas formas durante el día deseaba que llegue la noche
para descansar; creo que la presencia de mis padres y los recuerdos
de la noche anterior me daban las fuerzas que necesitaba.
Suena el teléfono y no atiendo, en mi voz se sentirán
las marcas del cigarrillo, de los tragos, de los gritos, de todo lo
de anoche. Si sólo dijera "hola" cualquiera podría saber cada cosa
que hice. Me lavo los dientes, maldigo, lloro, me da bronca llorar.
Lloro de bronca. Es estúpido angustiarse por cosas así, yo no soy
ninguna idiota. Me lavo la cara, me quito el maquillaje, no tengo
ganas de ponerme las cremas que debería; demasiado esfuerzo. Pienso
en cosas que pudieran reconfortarme y como las que se me ocurren
implican hablar, las descarto, aunque sólo se trate de nombrar mi
dirección, la comida que me gustaría pedir y con cuánto voy a pagar
(aunque antes de hacerlo debería ver si tengo plata).
Llevar las botellas del comedor al lavadero no va a
hacer que me sienta mucho mejor, entonces llevo todas las botellas
del lavadero al comedor. Veinte o treinta, este cansancio es
parecido al del trabajo. Sobre la mesa y después sobre el piso, pero
sin tapar las manchas que tiene la alfombra porque prefiero verlas.
No es bueno ocultar siempre todo. Listo. Está bien angustiarse por
treinta botellas, no por tres. No hay nada que me moleste más que
sentirme mal por cosas que no valen la pena. Escucho gritos que
vienen de afuera, miro, vienen del balcón de enfrente. Unos cinco
chicos (en realidad dos de ellos deben tener cuarenta años) me
miran. En aquel piso debe vivir el matrimonio mayor (él a veces
sale al balcón a fumar, si se queda adentro seguro que la mujer lo
reta), los domingos suele ir gente a visitarlos, familias con
niños. Escucho mejor: dicen guarangadas, no dejan de mirarme. Me doy
cuenta de que estoy desnuda. Hijos de puta. Me cubro con un
repasador que hay en el piso y entre otras cosas grito "pajeros de
mierda", bien fuerte para que me oigan, quién se creen que son.
Pronto compruebo que ése es el piso en el que vive el matrimonio
mayor: los dos, ahora también en el balcón, me miran indignados
junto con otros vecinos de distintas edades de distintos pisos del
edificio de enfrente: hijos de puta todos. Cierro la cortina y de
vuelta en mi cuarto me tiro en la cama.
Despertar es horrible, y despertar dos veces el mismo
domingo es dos veces peor. Es temprano, confusión, creí que era
mañana lunes, otra cosa, soñaba que. Todavía el calor. Me pongo una
remera. Que el repasador quede en el piso, total estaba sucio. Una
puntada en el pecho (no hay papel glasé que se pegue con punzón en
la hoja blanca; todos lo golpes los recibo yo), me aturden millones
de botellas. Pienso en llamar a mis amigas, necesito consuelo: estoy
demacrada, uso una remera de Argentina con el logo de Visa y de
Reebok porque es la única que encontré, mis piernas se ven demasiado
flacas para lo gorda que estoy, hay olor a encierro y anoche gasté
mi último sahumerio. Llamo pero nada, rutina de días lindos, todos
se van a algún cercano accesible lugar paradisíaco y me dejan sola.
A la tercera amiga que llamo, respuesta de madre; odio a la gente
que vive con su mamá (¿por qué no están cuando las necesito?).
Quiero hablar a pesar de mi voz: después de todo, ya avisé que estoy
engripada (y bien podría estarlo). La opción ahora es probar con
algún amigo (como en una promoción, dos cosas en una) pero más
contestadores hasta que por fin Matías, que recién se levanta pero
su voz no muestra cansancio sino entusiasmo, dulzura y comprensión.
Invento malos amigos que no ayudaron a ordenar y pobre yo quizá tan
enferma, tan resfriada, incluso con fiebre pero no tengo termómetro:
él promete venir de inmediato. Por si algo falla, le pido que traiga
una película. Entonces, ahora tengo que ducharme (y comprobar que el
termómetro no esté a la vista).
Hay una fórmula para estar sexy en casa, parecer
casual y sin embargo estar producida, una técnica que no puede
develarse por ser más que nada una búsqueda personal, un camino
propio que conozco bien: el short rojo ajustado y mi vieja
remera blanca. Como si hubiera (puntillosa resignada abnegada ama de
casa moderna hermosa) lavado platos y ordenado estantes durante todo
el día (pero también sé que, bajo mis ojos, imborrables ojeras de
domingo). No me entusiasmo (ropa colgada en el cordel durante
demasiado tiempo, asumir que aún no pude quitarla de ahí, dejar
entrar la luz, la fantasía de nunca volver a usar ese vestuario, en
definitiva, nada importante, salvo la incómoda presencia de medias
viejas y bombachas de algodón). Pero no tengo energía para seducir,
apenas puedo mantenerme en pie, sostener una charla. Mejor delegar:
medias de red con minishort negro y la misma musculosa blanca
gastada. Sandalias de taco. Cuando venga puedo decir que me probaba
ropa de fiesta para el casamiento de mi prima en Santa Rosa; de
todas formas, por qué preocuparme: los hombres son siempre
demasiado fáciles.
Viniste enseguida, no terminé de cambiarme, pasá,
digo ante su sonrisa que se detiene en la puerta. Pequeños ojos de
Papá Noel acalorado; boca de sapo ante una tentadora hormiga de
jardín. Te imaginaba en cama, dice; pero llevo tacos altos en lugar
de pantuflas. Respondo con alguna falsa explicación acerca de la
trascendental importancia que para las mujeres tienen las fiestas de
casamiento y otras idioteces características (prejuiciosas revistas
masculinas, cronistas a los que les resulta divertido preguntarse si
las mujeres se excitan más con el olor a sudor masculino o con el
perfume francés; si salir al cine o a un restaurant) pero en todo
caso no me importa; fomentar prejuicios sobre la estupidez femenina
siempre juega a favor: es bueno que el enemigo subestime las
fuerzas del adversario (una suerte que el machismo y Matías no den
cuenta de eso). Veo que no trajo ninguna película. Qué mal.
Pregunto si quiere tomar algo, con asco mira alfombra y botellas
pero sonríe como un caballero. Me compadece. No me gusta que lo
haga, no necesito tu lástima, pienso, aunque su ayuda sí me viene
bien: empieza a vaciar ceniceros en una bolsa de consorcio, busca un
trapo para limpiar la mesa y cosas así; finjo dolor de cabeza (ya
no tengo tanta fiebre) y lo dejo hacer; en cinco minutos, supongo,
va a cansarse y dejará el papel (¿de amigo?) de mayordomo servil de
telenovela o (eso estaría mejor) de dócil esclavo de película porno.
Lo intercepto en su camino hacia la cocina, pongo cara de
agradecimiento y satisfacción y él, odioso beso fraternal: me besa
en la frente.
Por supuesto al poco tiempo dice qué linda estás y yo
vuelvo a decirme que alguna vez alguien podría ser más original,
pero no digo más que gracias, vos también. La casa está sólo un poco
mejor, pensé que su actitud amigo aliado de la limpieza duraría más
tiempo. Me abraza, piso un cigarrillo apagado y siento asco pero es
mi casa, mejor disimular antes de que él también sienta lo mismo.
El malestar sube desde mis pies hasta el pecho y empieza a invadir
el beso que nos damos. ¿Estás bien? pregunta Matías sin interrumpir
el beso. Me aparto un poco. Tengo que esforzarme, pienso. Qué linda
vas a estar en esa fiesta, dice él y vuelvo a sentir la sensualidad
de la ropa que llevo puesta. ¿Te parece? digo y me aparto un poco
más, pero él me toma la mano y me hace dar un giro como a una chica
en un baile de cumbia. Dado el paisaje, mi estado de ánimo y, peor
aún, su estúpida cara de baboso, toda la escena me resulta
patética. Él es incapaz de percibir lo que siento. ¿Estás bien,
Matías? Pobre intento de librarme con sutileza de la situación.
Sí...vos todavía tenés fiebre ¿no? Perdóname, por ahí te parezco un
desubicado (no sé). Todo bien, digo, la verdad es que no tuve un
buen día... él pronto interrumpe (siempre alguien impide mis breves
ataques de sinceridad). Está bien, linda, no te preocupes, estás
enfermita (¿por qué el diminutivo?). Vamos a la cama así descansás y
te curás y te ponés bien. Te llevo un té, ¿querés? dice. Acepto y
voy a mi cuarto, me recuesto y pienso que puede ser un lindo
preámbulo. No tengo la costumbre de tomar infusiones antes de un
momento así pero por definición está bien tener (triviales) nuevas
experiencias (mi optimismo me reconforta). Me quito las sandalias
y el short; recostada, me cubro un poco y espero. Las
persianas cerradas filtran una anaranjada luz de atardecer, las
sábanas blancas se adhieren a mis piernas, y todo tan sugerente
que.
Matías llega con un plato a modo de bandeja con una
taza encima, se sienta junto a mí y apoya el té sobre mis piernas.
Por primera vez en la tarde nos miramos a los ojos.
Pruebo. En el primer intento, me quemo los labios.
Soplo y él dice que eso es de mala educación. Intento decir algo
pero no puedo; él debe estar en lo mismo: silencio de autos que no
eligen esta calle (en domingo ni siquiera bocinas). Me pregunta qué
hice anoche y yo digo que lo de siempre, que salí con amigos y eso.
Por cortesía retribuyo la pregunta: él se excede con detalles
innecesarios acerca de su feliz sábado festivo, experiencias de
amor y amistad en las que no sé si creer pero que, de todos modos,
media hora más tarde todavía me resultan, como al principio,
innecesarias. Mi té ya está frío y demasiado dulce. No debo
menospreciar su gesto de caballerosidad: beber el té, sonreír.
Sonrío y digo gracias; en definitiva era sólo un buen gesto pero no
pensé en el esfuerzo: el sabor del edulcorante nunca me gustó.
Como lograr que Matías se saque la ropa resulta
bastante complicado, él insiste en dejarse la remera puesta; así,
dice, se siente menos infiel. La declaración me causa gracia pero
no sonrío. Al principio son relajantes los besos en el cuello, pero
al rato no puedo mantener los ojos cerrados: la parte de arriba del
placard está abierta, cuelga mi bolso azul, pienso en mi último
viaje con... algo me molesta, mis medias con ligas son demasiado
obstáculo para sus dedos y él insiste como si nada. Me resulta un
poco torpe, algo violento. Le digo que me deje a mí.
Ya no hay luz anaranjada ni de ningún tipo, aún no
hubo sexo, pero él dice que esto es sólo el comienzo y, al menos,
por fin estoy desnuda. Hace un comentario acerca del desorden del
cuarto. Debés ser muy insegura para probarte tanta ropa antes de
salir. Se ríe, pero sólo porque está nervioso (o porque dijo algo
estúpido). Yo no me río aunque también estoy nerviosa o molesta o
furiosa. Y luego la pregunta de si tiene preservativos cerca, él
dice que en el jean. Pienso que eso es demasiado lejos, él se
detiene.
Pero las cosas pasan como tienen y porque tienen que pasar. Y lo que
queda es despertar un mismo domingo por tercera vez y preguntarse si
acaso no es peor que haber dormido todo el día, el hecho de
despertar por el sonido disimulado de una puerta al cerrarse.
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