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De Mi mejor cuento, antología, Ediciones Orión, 1990.
Más puntuales los sueños que los recuerdos, me visitaron para
decirme que, por tercera vez, se cerraba el ciclo de los años de su
ausencia.
Comencé a sentir el día como una carga, melancólica, dolorosa.
Debía esperar la noche para la conmemoración solitaria y el ritual
sencillo de mi culto de amor.
En la mañana me ordenaron ir a una oficina pública que tiene,
delante, un jardín de césped y una reja de barrotes finos. Mientras
aguardaba el curso interno de unos papeles, me entretuve en caminar
por el sendero enripiado.
Acompañada de
una niñita con el asombro de la orfandad recién asomada al mundo,
llegó una monja y, al pasar hacia el edificio, detuvo su mirada en
mis ojos. Estuvimos cerca, el uno del otro, y pude percibir su bozo
muy fino y un lunar pequeño, marrón claro, también sobre el labio.
Ella era joven y no sé si su mirada removió mi tristeza
o
la nostalgia
de aquel cariño que era como no tenerlo, porque nació a destiempo.
Cuando la monja se retiraba, y esto ocurrió en seguida, yo la miré
intensamente. Ella me devolvió una mirada clara, limpia y lejana.
Salió a la vereda, caminó a lo largo de la reja, pasó la calle y se
alejó, sin volver nunca la cabeza.
En la noche caminé hacia la estación del ferrocarril. Puede parecer
un extraño lugar para mi ofrenda. Ah, es que soy capaz de construir
mis sentimientos en silencio y también en la soledad. Pero algo es
preciso, para fundar una memoria, y de ella tuve esas manos que se
tomaron de las mías, aquella noche, cuando el tren partía.
En la noche del tercer aniversario, en medio de la turbulencia de
los andenes, no podía musitar la frase de ternura que tengo pensada
para ella. Porque para decirla, en fugaz —tal vez milagroso— estado
de pureza, debía concentrar y aislar todas las fuerzas de mi emoción
y de mi pensamiento.
Subí entonces
al puente elevado por donde la gente pasa de una plataforma a otra,
por encima de los trenes. Era una noche fresca y el puente, como
una caja oscura, parecía deshabitado. Hice los tres tramos de la
escalera y arriba encontré a una mujer en actitud de espera.
Aunque yo podía ganar
la
soledad en el
otro extremo del puente, me molestó descubrirla, porque me infundía
esa perturbación que da la evidencia de que también existe, en la
relación con las mujeres, el deseo. Y no era el momento de acceder a
lo que ocurre todos los días.
Descendí los tres tramos de escalera de la parte opuesta. Hice el
trayecto de la segunda plataforma hasta donde traban su extensión
los rieles.
Regresé. La mujer seguía en el mismo lugar. Desesperanzado de darme
con el momento propicio al recogimiento, cerré los ojos y dije su
nombre, muy quedo: "Amanda... ", y pronuncié las palabras rituales
que para ella tenía cinceladas Pero aun sin ver lo que discurría en
mi contorno, me distraje y no logré la comunión ilusoria que otras
veces había alcanzado.
Empecé a caminar los pasos del regreso. Apareció un hombre y la
mujer se reunió con él. Bajaron delante de mí y se mezclaron con la
otra gente que hay en el mundo.
¿Había pasado, se había perdido el misterio de la evocación?
Oh, sí, se estaba diluyendo en mí a medida que andaba, al
reintegrarme al corazón de la ciudad. Porque luego de unas cuadras
prevalecieron las voces exteriores. Llegaron primero de tres mujeres
que habían terminado su servicio en la cocina de un restaurante. Lo
decían. Dos hablaban y la tercera cantaba, bajito, para ella sola. Y
pensé que la tercera, la que cantaba, estaba disfrutando como nadie
la dicha de haber terminado un día de trabajo.
Después me reconoció un amigo. Y me hablo. Y hablé.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—Me alegro.
—¿Y vos?
—Bien.
Nada más porque se fue corriendo a tomar su ómnibus. Pero yo estaba
de nuevo en comunicación con los demás. Aun ante mí mismo, volvía a
ser como todos los hombres.
En un quiosco compré caramelos de leche. Eran para los hijos de mi
hermana, solo que al llegar a la casa supe que estaban durmiendo.
Ella trabajaba y el ruido de la máquina de coser era la única voz no
acallada del hogar. Se los dejé cerca de la mano.
Ella, que había suspendido la costura para recibirme, dándose
vuelta me miró con humildad y gratitud. Me dolía que me agradeciera
cualquier cosa, aunque fuese con los ojos. Desde dos años atrás
estábamos tan solos, ella, yo y los niños, que no podía pensar en
nosotros sin definirnos como una pequeña comunidad obligada por las
necesidades y naturalmente dispuesta por los sentimientos.
"¿Estás cansado?", me preguntó; yo dije "Sí", y ella repitió "Sí.
Estás cansado". Lo decía con un acento tan doliente, tan dolido por
mí, que pude percibir su ala protectora.
Entonces comprendí que con ella podía hablar de Amanda, esa noche,
porque de pronto volvió mi nostalgia. Y la nostalgia se debatía
con cierto orgullo, el orgullo de poder confesar un amor tan callado
y tan desprovisto de futuro. Pero no hablé.
* * *
Cuatro días después, al regresar a casa para el almuerzo, en la
máquina de coser, que a esa hora descansa, en el lugar donde yo
había puesto los caramelos, me esperaba una carta con mi nombre.
Era de Amanda y era la primera carta de Amanda que en todo el tiempo
de mi existencia había llegado a mis manos. Era de Amanda. No
precisaba abrirla para enterarme. Sabía todos los detalles de su
letra. Conservaba entre mis papeles una hoja de bloc con una tarea
escolar que me prestó y nunca le devolví, por distracción, por
olvido, por no sé qué, porque en la etapa del colegio nunca pude
sospechar que llegaría a amarla, y tanto.
"Querido
amigo:...". Un trato
tan común,
y no lo era para mí, porque yo estaba pleno de anhelos y
presentimientos. Me decía que había suspendido los estudios a la
altura del penúltimo año de la carreta. Había dejado el estudio
para casarse, en el otoño anterior.
Yo lo sabía. Lo supe todo cuando ocurrió, y no lo supe por ella.
Vino un compañero. Contaba de ese noviazgo de la amiga común y yo
lo escuchaba como si esa existencia fuera algo absolutamente ajeno
a lo que podía interesarme. Pero me retiré como de regreso de una
batalla en la que hubiera sido derrotado. Nunca hubo esa batalla,
sino en mi interior.
Un tiempo, ofuscado por la inminencia de la pérdida, me dediqué a
confabular. Urdía planes para impedir ese matrimonio. Nunca el más
simple: decirle a ella lo que me pasaba. Es que era aún el tiempo
en que yo temía las responsabilidades profundas.
Acaté entonces la convicción de que ese matrimonio tenía tanto de
terrible como de inevitable.
Cuando supe que el casamiento estaba consumado, me conformé con la
fe de que su imagen de muchacha, de novia que no fue mía, seguiría
perteneciéndome, siempre.
Consagré a ese credo la parte secreta de mi corazón, mientras
paradójicamente la vida me convertía, en el hogar de mi hermana
viuda, en una especie menor de buen padre de familia.
Nada, en la carta, me autorizaba a pensarlo; no obstante pensé:
"¿Por qué ha necesitado escribirme?”.
Escarbé en esa sospecha, favorecí en mis cartas una confesión, pero
ella nada revelaba con palabras. Sin embargo, jamás mencionaba al
marido, como si no existiera, y si mis cartas eran dos en una
semana, dos eran las suyas, y si eran tres, tres igualmente las que
el cartero traía, y era la respuesta tan veloz, tan escrita con mis
papeles recién leídos, que ya lo nuestro constituía un vívido
diálogo.
Y en una noche de exaltación descolgué, del recinto de mis
sentimientos más cuidados, una verdad de amor. Escrita en el papel,
era como si ya no me perteneciera, y fuera de Amanda. Puse el papel
en un sobre. Lo llevé, esa misma noche, al correo central. No podía
concederme oportunidades de arrepentimiento.
Esperé tres días, cuatro, la espera habitual. Tuve que sufrir todos
los instantes que forman un día más. La carta llegó, y supe que mi
declaración no suscitaba ni la aceptación ni el reproche.
Rogué, entonces. Le rogué que me dijera algo, aunque fuese la
palabra de la condenación y el olvido, pero que diera firmeza a mi
posición sobre la tierra, a tal extremo dependiente de ella.
Vino a mi casa, a los tres días, un sobre con un pequeño retrato, la
figura que alentaba en mí con ese encanto de lo ideal que cuesta
una lucha de sangre que no se ve.
* * *
¿Era la respuesta? No acepté desvanecer la esperanza.
Quedó en suspenso el diálogo, por mi voluntad y mi silencio, hasta
asegurarme la posibilidad del viaje: el permiso en el empleo, el
dinero necesario, el boleto adquirido, con la certeza de una fecha
determinada.
Nada le pedí, a nada podía comprometerla. Sólo que me esperara, y
no al descender del tren, que tan lamentable presencia deja a los
viajeros; no en su hogar ni en un lugar secreto; que antes de mi
partida me dijera, con dos líneas, una hora y un lugar.
Me esperó, en su ciudad, en un paseo que tiene un respaldo de
árboles altos, como las trincheras de álamos de mi provincia, más
corpulentos. Cuando lo conocí, al llegar, me alegró con la sensación
de sentirnos, para un acontecimiento vital, en un paraje dotado de
los caracteres que posee la grandeza.
Estaba allí, en una terraza todavía solitaria, con veinte o treinta
mesitas de confitería, que era el sitio designado para el
encuentro.
Sin nada que se interpusiera entre nosotros, sino unas cuantas
desatendibles mesas desocupadas, se me reveló su presencia, dulce y
grave. Me recibía sin expansiones, como lo hacen en las estampas
algunos santos que acogen a los niños, con esa bondad y esa paz de
los sin pecado.
¿Cómo hablar?, me preguntaba yo mientras sentía que mi cuerpo estaba
avanzando. ¿Cómo hablar a ese rostro, a esa mirada? ¿Cómo elegir
palabras, cómo pensar palabras?...
Ella permanecía en la silla. Y por encima de la mesa quedaban
recortados el busto sereno y el rostro noble de la bienvenida. Yo
estaba blandamente gobernado por una emoción nueva, que me vedó
llegar del todo a su lado, haciéndome caer en la silla de enfrente,
mesita por medio de los dos. Dije dos veces su nombre predestinado:
"Amanda... Amanda... ", y tomé su mano, que estaba en descanso
sobre la blancura del mármol.
¡Ah, Dios
mío!, cómo se conmovió de verme así. En sus ojos nació una lágrima
tan discreta que no cayó del párpado. Y repetí su nombre, que era
como nombrar el amor y ella tuvo que decir mi nombre, porque
le
venía de
adentro, lo sé bien, puesto que se le quebraba en la boca con
un sollozo. Y me dijo, ¡ah, me dijo!, "querido mío", y sollozaba.
Yo me arranqué de la silla y, al llegar a ella, ella se alzó para
darse a mis brazos y decir: "Querido mío, querido mío... ".
Pero era la voz con que se nombra lo muy amado que está perdido y en
mi abrazo quise preguntar, con desesperación, por qué, hasta que en
el abrazo mismo percibí su cuerpo combado desde abajo del pecho,
mareando entre nosotros una separación irreparable.
Nos dimos, después, la hora más bella y más triste de mi vida. Pero
sin lágrimas. Al despedirnos, posé mi mano sobre la suya, que
reposaba sobre el mármol de la mesita; la apreté fuerte, muy fuerte,
y nos sonreímos, el uno al otro, con amargura y con valentía.
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