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I
Una familia normal y feliz, pensó apoyada sobre el volante. Un padre
gordo y de apariencia próspera, recién afeitado, una bella pareja de
niños, y una madre que alcanza ya los treinta años, mofletuda,
satisfecha como toda mujer que siente colmados sus instintos
cardinales.
Sintió subírsele a la garganta el confuso sentimiento de
ilegitimidad que permanecía anclado en ominoso acecho en el fondo de
su espíritu. Un espíritu contrahecho, pensó, regocijándose en su
propio flagelo. O tal vez el espíritu esté intacto, murmuró
agarrándose a una posible reconciliación consigo misma. Pero ningún
alivio provino de este pensamiento. Y, sin saber por qué, tiró
molesta de su falda hacia abajo, como si con ello cortara el
torturante fluir de pensamientos que había comenzado justamente
cuando ella detuvo el automóvil frente al edificio de departamentos.
La falda, que delataba unas caderas secas, no era lo suficientemente
larga para cubrir las rodillas nudosas, casi masculinas.
Neida no vendría a las tres. Tenía que cumplir compromisos con sus
amigas, hablar del matrimonio, del joven actor de la última hora, de
la temporada playera. Tenía que desenvolverse naturalmente entre los
suyos. La podía ver sin mucho esfuerzo: menuda y ágil, primorosa en
su ceñido traje beige.
Esperó quince minutos, apoyada aún sobre el volante. El hombre gordo
y de apariencia próspera, la madre mofletuda y la bella pareja de
niños, que durante un largo rato habían estado detenidos frente a la
escalera principal del edificio en actitud de esperar a alguien,
decidieron al fin entrar por la gran puerta de cristal esmerilado.
(El macho vigilante y serio, cumpliendo a cabalidad su tradicional
misión, seguido de la sumisa hembra y de la cría —meditó.) Imaginó
esa familia ubicada en un siglo remoto: una tosca guarida en una
cueva, el macho y la hembra en cueros, la cría comida por piojos y
pústulas hoy desconocidos, trepando dificultosamente el primer
peldaño de la historia humana. Esta imagen del origen del hombre la
movía a risa. Era su desquite.
Neida, la maldita, la irresponsable Neida no vendrá —se dijo. Atisbó
hacia el tercer piso torciendo el cuello por la ventanilla del auto
hacia afuera: allí estaban las begonias, los geranios, la jaula con
el canario que nunca canta, todo lo que resultaba familiar a su
figura. Pero no vio la fina mano posada en la baranda, ni el dorado
cabello reflejando el sol de la tarde. Encendió el motor y arrancó
calle arriba. Al infierno si no quiso venir, se dijo.
Manejó durante quince minutos por las calles abandonadas. Eran las
calles del domingo. Estaba aburrida. La radio sólo le ofrecía
sermones religiosos. Se dirigió a las afueras de la ciudad.
II
Vio el letrero (LUGO’S) y se detuvo. Estacionó su automóvil cerca de
la entrada y entró al establecimiento. En el patio interior danzaban
lentamente unas parejas. Se sentó a una de las mesitas y pidió una
bebida. Era su rutina. De casa de Neida al Country Club y de ahí al
infierno. Afuera, los automóviles pasaban rugiendo por la ancha
carretera de cemento.
Sospechó que tendría visita. Unos hombres la miraban moviendo los
labios. Exactamente lo de siempre. Dos vientres abultados pasaron
rozándose ante su nariz, movidos por la ligera música del gramófono,
bajo el revuelo de hojas arrancadas por la incipiente brisa
veraniega. El árbol de mango se elevaba en medio de la plazoleta,
una plazoleta resquebrajada y llena de hojarasca. A la gente, a la
estúpida gente le gusta la naturaleza, meditó. Neida con sus
geranios y su canario machorro. El amor a la naturaleza, al orden, a
la perfección...
—¿Bailamos, señorita?
Se sintió incómoda. Era como si le acreditaran un acto heroico que
no le pertenecía, como si efectivamente hubiera habido una terrible
equivocación al dirigirse a ella y condecorarla con las palabras.
Pero tenía que participar de la farsa.
—Gracias. Espero a alguien.
No dio importancia al gesto del hombre. Ya no la alcanzaban. Estaba
sola en el fondo de una soledad sin nombre, sin esperanzas de salir
alguna vez hacia un mundo cálido y deseado, el mundo de los otros.
Desde una mesa, cuatro hombres la miraban y sonreían. Pensó que la
habían descubierto. Se levantó y fue hasta el salón de las damas. El
letrerito le despertó la amarga sensación de ilegitimidad que la
abrumaba siempre que debía enfrentarse a sí misma. Se empolvó la
nariz descuidadamente, ojeó su cuerpo seco y anguloso, se arregló
distraída el severo cuello de anchas solapas, abotonado casi hasta
la asfixia, y salió nuevamente a la plazoleta de baile. Sentía un
ligero dolor de cabeza. Vas a tener problemas a la noche, se dijo.
Tendrás que tomar por centésima vez ese maldito sedante.
Un matrimonio joven y dos niños ocuparon la mesa de al lado. Otra
vez la imagen del matrimonio feliz, pensó. Los niños, como si
hubiesen estado esperando el instante en que sus padres apoyaran los
codos sobre la mesa, irrumpieron en el salón de baile, saltando,
interrumpiendo en ocasiones a los bailadores. No los quiso mirar.
Los odiaba. Temía que se le acercaran con sus latentes amenazas.
Frente a ellos siempre estaría desarmada. Cada niño encubría el
embrión de un enemigo: mientras mantuvieran su inocencia, no había
por qué temer al peligro escondido en cada uno; pero sabía que con
el correr del tiempo el conocimiento de la desgracia ajena les daría
suficientes armas para la maldad. Había que esperar a que el germen
creciera y se manifestara para entonces atacarlo debidamente.
Entretanto, no tendría razones suficientes para demostrar su odio.
—¿Bailamos?
Hubiera golpeado aquella mano de dedos tabacosos extendida ante sus
ojos, pero en cambio alzó la cara y movió negativamente la cabeza.
Los niños la rozaron con su juego.
—Cuidado, pueden darse un golpe —dijo con disimulada furia (tuvo que
decirlo, tuvo que aceptar que dos chicos jugaban frente a su mesa y
que cuatro ojos paternales la observaban llenos de orgullo y
estudiando en ella una posible reacción).
Pegó los labios a su vaso y sorbió con lentitud el gintonic.
Adivinaba un sordo movimiento subterráneo, manos y rodillas
acariciadas debajo de las mesas; un rumorante mundo de palabras
íntimas y pasos bailados. Vio, sin proponérselo, al grupo de hombres
que la vigilaban desde una mesa. Había aprendido a esquivar con
éxito esa clase de mirada. Siempre que observaba a un hombre con
detenimiento advertía su pronta petulancia, su inmediata preparación
para el combate. El primitivo cazador, orgulloso y sobreposeído por
sus dotes: el oscuro origen de la primacía y la actual petulancia
masculina, meditó. Tendrás que quedarte recluida en casa. Tendrás
que huir antes de que te encierren como a un animal extraño.
La camarera le trajo otro vaso de bebida. La miró un momento.
—¿Qué le pasó a tu prima?
—Se fue. No quiere trabajar más aquí.
—¿Dónde trabaja ahora?
—No lo sé. Dijo que se iba a casar.
—¿Sí?
—Sí. Ella dijo eso.
—¿Y tú, cuándo te casas?
—¡Cristiana!
—Todas las mujeres ambicionan casarse. ¿No te gustaría a ti?
—Claro. Pero los hombres son tan difíciles de entender que a veces
es preferible quedarse soltera.
—Sí, algunas mujeres preferimos quedarnos solteras.
—¿Usted es soltera?
—Desde luego. Tengo mala suerte.
—No diga eso —dijo la chica—. La suerte la hace una misma.
—Es verdad. Yo misma he hecho mi mala suerte. Pero no me arrepiento.
Y prefiero salir con amigas, no con hombres. Las amigas somos más
sinceras.
Sorbió el brebaje mirando de reojo el cuerpo enjuto de la muchacha,
los tirantes que le prestaban un aire absurdamente infantil, el
talle alto, ridículo. Sin embargo, estaba formada exactamente igual
que las demás.
—¿Y usted, espera a alguien?
La pregunta de la muchacha era inútil, pero el ritual debía ser
ejecutado en su más mínimo detalle.
—Vine a tomar el fresco. No hay mucho que hacer los domingos por la
tarde. ¿Por qué no te sientas un momentito?
—Ahora no puedo. Usted comprenderá, el trabajo.
No, no era sólo el trabajo, pensó mientras sonreía amablemente a la
muchacha. Las curiosidades (ella era una curiosidad, estaba segura
de eso) interesan a las personas, pero no tanto como para
acercárseles peligrosamente. Sólo sirven para ser observadas desde
lejos, desde la seguridad de un balcón, o a través de un espeso
cristal, o desde un enrejado de zoológico.
La camarera le devolvió la sonrisa y se fue a atender a otros
clientes.
—Estoy segura de que Dios Nuestro Señor no permitirá que nuestros
hijos vayan a otra guerra —gritaba una mujer de mediana edad en una
mesa cercana.
—Las guerras son fenómenos que pertenecen a los hombres —graznó el
vejete que estaba a su lado—. Ellos saben cómo sacarles buen
partido.
—Tú te olvidas de Dios —chilló la rubia mujerona, pegando los labios
al vaso de cerveza—; tú te olvidas de Él, y todos nos olvidamos y
ahí está el resultado, las muertes, mi marido muerto en la guerra.
—Eso estuvo bien —dijo el vejete—. Si no hubiera sido por eso, no
estaríamos juntos disfrutando esta hermosa tarde.
—¡No hables de mi difunto marido! —sollozó la mujer, apresurándose a
ingerir un largo sorbo—. Por lo menos respeta su memoria, ya que no
respetas a su pobre viuda.
—Dios lo tendrá en su regazo.
—Eso es lo único que me tranquiliza, Liborio. Sírvete otro trago.
Si es verdad que Dios existe, pensó ella, debe ser lo más sadista
que conoce la humanidad.
Los niños, después de corretear un largo rato por entre las mesas,
regresaron jeremiqueando donde sus padres.
—Yo se los decía —gruñía la madre—. Encima de eso debiera darles una
paliza.
—¡Agustina, Agustina! —intervenía el hombre.
La camarera la observaba desde el fondo del salón. Ella le hizo una
discreta señal con la mano. Es ridícula, pensó, ridícula. La
muchacha le sonrió y caminó hacia la barra. (La mujer de los
primeros siglos, sin espejos, sin almizcle, sin Revlon... ahora los
afeites, los tirantes, el rouge, la absurda estrategia.)
La camarera puso la cuenta sobre la mesa.
—¿A qué hora sales?
—A las doce, a la una, depende de los clientes. ¿Por qué?
—Por nada. Pensé que podría venir a charlar un rato. Podríamos dar
un paseo; no te imaginas lo sola que me siento.
La muchacha limpió la mesa, cobró, luego dijo:
—Lo siento de veras. Será otro día.
—¿Pero por qué? Yo tengo un carro, te puedo llevar a tu casa. Tú y
yo nos podríamos llevar muy bien.
—Venga otro día. Hoy viene a buscarme un amigo.
Estaba mintiendo, pero se vio obligada a sonreírle. Ridícula, pensó
envuelta en una súbita llama de rabia, ningún hombre se preocuparía
por tu asqueroso cuerpo. Bebió un sorbo más. Las parejas bailaban en
alegre torbellino, bajo la fresca brisa del anochecer. Es hora de
que te largues, se dijo; no vale la pena gastar el tiempo entre esta
basura.
III
Su departamento estaba ubicado en un quinto piso, frente a la
avenida central del elegante suburbio capitalino.
Entró al amplio dormitorio y encendió la luz. Se contempló en el
espejo. Te estás poniendo vieja, murmuró; te estás poniendo vieja
sin haber logrado nada de la vida, sin haber sido ni siquiera un
poco sincera. La imagen de Neida apareció en su memoria: sonriente,
juguetona, un poco inocente ante sus palabras, burlándose de sus
continuas lecturas, de las reproducciones de pintura moderna, pero
seria, intolerante cuando llegaban los momentos íntimos, incapaz de
ceder ante sus impulsos.
Levantó el auricular y marcó un número. Contuvo el aliento mientras
hablaba:
—... sí, soy yo... ¿está Neida?
Mientras escuchaba la respuesta, le llegaba el ruido acolchado por
la altura, de voces humanas y de bocinazos. A esa hora la ciudad
entera empezaba a hervir llena de vida. Neida tal vez estaría
perdida en ese tumulto. Tenía los ojos fijos en la primorosa
reproducción de un Modigliani: una mujer en tonos ocres y rojizos,
con un largo cuello estilizado. La copia fue comprada en Macy’s el
invierno pasado, luego de la visita al Museo de Arte Moderno,
después de las largas charlas sobre Arte y Personalidad
Contemporáneos. Neida se había reído mucho de ese cuadro, y se había
dejado caer sobre el canapé descuidadamente mostrando una blanca
rodilla. Esa noche ella descubrió la furia con que Neida subrayaba
sus negativas. Y el cuadro quedó allí, testigo mudo e inútil de otra
noche perdida.
—... sí... muchas gracias, cuando regrese le dice que la llamé,
gracias...
Colgó el auricular de un golpe. Miró hacia la ventana, cerca de la
cual colgaba un grabado de Rafael Tufino. Un grupo de hombres
desyerbando, trazados con vigorosas líneas. Esa puede ser la
felicidad, meditó; en esos brazos nudosos y en esos rostros
contraídos por la miseria hay un serio compromiso con la vida, una
sinceridad de propósitos que tú, la scholar, la humanista, nunca has
tenido.
Escuchó el creciente rumor nocturno. Domingo en la noche. Las
parejas enamoradas bailaban bajo la luna, o hablaban en su
particular jerga en los automóviles estratégicamente estacionados.
El mundo, ese brillante mundo poblado de ruidos y luces
fluorescentes se le desplomaba encima. Los cinematógrafos estaban
repletos de jóvenes parejas, de jadeos; dedos ciegos como el
instinto se sumergían en un mar de enaguas almidonadas. No quería
pensar en la honradez del campo —representada en cierto sentido, en
parte, por el grabado junto a la ventana— en la honradez amatoria
del campo, en las orillas de los ríos, en el cálido abandono de los
bosques, en los anónimos jergones primitivos donde el amor es más
puro y menos dialéctico. El mundo seguía su curso, el curso normal,
trazado por algún asesino. El rumor subía por la ventana: voces de
hombres, de mujeres, risas, risas que golpeaban el centro mismo de
su existencia.
Se asomó a la ventana. Vislumbró las siluetas en trajes de noche,
los abrigos, la alegría, los descotes, el constante bullicioso fluir
humano por la puerta del Casino. Casi podía adivinar la blancura de
los dientes, la suavidad innominable de los cuellos femeninos, el
concienzudo acicalamiento general, las espantosas manos de los
hombres.
Sacó la cabeza ventana afuera. La brisa caliente, bochornosa, que
pesaba sobre el ruidoso tráfago de la ciudad, le produjo vértigo.
Escupió hacia la noche, hacia la humanidad, hacia aquella multitud
de seres altivos y bárbaramente normales que la asediaban con el
alarde de la felicidad. Escupió una, dos, tres veces, hasta que
sintió que el llanto, un llanto duro que se negaba a humedecer su
rostro, se cuajaba bajo sus párpados.
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