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Emilio Díaz Valcárcel (Trujillo Alto, Puerto Rico, 1929)
hizo estudios en la universidad de Puerto Rico. Viajó por Estados
Unidos, México, Cuba, el Lejano Oriente y España. Sus primeros
relatos aparecieron en revistas y periódicos puertorriqueños. Ha
escrito libretos de cine, teatro breve, ensayos. Becado por la
Fundación Guggenheim vivió un año en Nueva York, donde escribió la
novela Muere Salcedo. También vivió en Madrid, becado por el
Instituto de Cultura Puertorriqueña, en 1969.
Publicó: El asedio (relatos), Arrecife, México, 1958 (Premio
del Instituto de Literatura Puertorriqueña); Proceso en diciembre
(relatos), Madrid, España, Taurus, 1963; El hombre que trabajó el
lunes (relatos), México, Era, 1956; Napalm (relatos),
Madrid, ZYX, 1971; Figuraciones del mes de marzo (novela),
Barcelona: Seix y Barral, 1972; Panorama (narraciones
1955-1967), Río Piedras, Puerto Rico: Editorial Cultural, Inc.,
1971.
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a Ana Lydia Vega
Todas las tardes, la pareja de ancianos esperaba en la pantalla del
televisor a la muchacha del tiempo, sentados en el decrépito sofá
que olía a orina de perro: era ése el más claro recordatorio de
Blaqui; con su muerte, ocurrida hacía cuatro años, habían sufrido
más que nunca el vacío de la soledad, el cansancio de los años que
sobrevivían con resignación; hasta que un buen día tocó en su puerta
el hombre joven que habían mimado de niño con irreprimible vocación
de abuelos. Su última carta —incomprensible, incoherente— había
arribado hacía diez, quince años: imposible recordarlo con certeza.
A los pocos meses se fueron acostumbrando a las curiosidades de la
nueva experiencia: algunos días, cuando amanecía murmurando palabras
raras, el nieto vestía uniforme de campaña verde olivo con diseños
que simulaban ramas y hojas, y lucía en la muñeca derecha un
brazalete plateado con su nombre, número de soldado y un nombre de
mujer en lengua desconocida. Los abuelos le reservaron un sitio ante
el televisor y, desde entonces, los tres permanecían mudos frente a
la pantalla, con excepción de breves comentarios sobre la implacable
sequía de ese año. Pasaban horas contemplando programas que se
sucedían entre innumerables comerciales, pero el momento que con
leve ansiedad esperaban era el noticiario de la tarde, donde la
muchacha del tiempo se compadecía de su público cuando tenía que
informarle, programa tras programa, que no habría en los próximos
días la más mínima señal de lluvia; pelinegra, de ojos rasgados, la
muchacha no tendría más de veinte años. Los meses de sequía habían
provocado una crisis: la multitud languidecía entre la sed, el calor
y los malos olores; el ganado moría en los campos secos que se
encendían de nada; los frutos se secaban en las ramas ya sin hojas;
los ríos exhibían sus lechos de piedras y barro cuarteado; ahora que
los embalses habían bajado sus niveles hasta alcanzar el ras de
tierra y la gente temía desaparecer bajo las llamas del sol, la
muchacha del tiempo parecía más atribulada que nunca, avergonzada y
dolida de no poder ofrecerle a la ansiosa multitud las esperadas
buenas nuevas. Una tarde, la muchacha no pudo soportar las malas
noticias que debía comunicarle a su público, así que, saliéndose del
libreto, exclamó: "¡Juro que yo no tengo la culpa, simplemente les
comunico los informes que recibo del Servicio Meteorológico!", y su
rostro se plegó a punto de llorar. "Sufre mucho", dijo el abuelo.
"Sí", contestó la abuela; permanecían inmóviles en la penumbra de la
sala, que olía a orina de perro, sin mirarse. Como otros días, el
nieto se había levantado murmurando palabras raras, y andaba por
esas calles de Dios con su uniforme de combate (regresaba
generalmente antes de los noticiarios); él tampoco tenía muchas
cosas que decir: se limitaba a un sí o un no a veces repetía las
palabras del abuelo, inmóvil detrás de ellos: "Sufre mucho". Ese
jueves —pudo ser otro día, desde luego, puesto que nada habría
evitado los hechos— los abuelos se enteraron en silencio de
múltiples accidentes en las carreteras, actos de pillaje,
asesinatos, ciudadanos que solicitaban ayuda para sus enfermos,
corrupción en el Gobierno; casi sin que los abuelos se dieran
cuenta, la muchacha del tiempo había comenzado su informe; tenía los
ojos enrojecidos llenos de lágrimas: no se vería alivio en los
próximos meses, las reservas de agua de los embalses durarían sólo
cuatro días...; de pronto, la muchacha miró espantada hacia su
izquierda —derecha de la pantalla— y retrocedió un paso seguida por
la cámara; solitarios, quietos en la oscuridad de la sala —que olía
a la orina de Blaqui— los ancianos vieron cómo un revólver niquelado
entraba por el lado izquierdo de la pantalla. De primera instancia
no pudieron comprender esa absurda composición de objetos —había
elementos que no pertenecían a la rutina de tantos años televisivos,
era como ver un bolígrafo dentro de un zapato— y mecánicamente
acercaron sus rostros a la pantalla; pero fue la detonación y la
visión del rostro destrozado de la muchacha —que se desplomaba fuera
de pantalla— lo que los alertó definitivamente y los obligó a ver
que la mano que esgrimía el revólver mostraba en su muñeca un
brazalete plateado con inscripciones imposibles de leer a esa
distancia.
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