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Seix Barral,
Buenos Aires, 1994. (Novela, fragmento)
A Ricardo Piglia
Allá, en cambio,
en diciembre, la noche llega rápido. Morvan lo sabía. Y a causa de
su temperamento y quizás también de su oficio, casi inmediatamente
después de haber vuelto del almuerzo, desde el tercer piso del
despacho especial en el bulevar Voltaire, escrutaba con inquietud
las primeras señales de la noche a través de los vidrios helados de
la ventana y de las ramas de los plátanos, lustrosas y peladas en
contradicción con la promesa de los dioses, o sea que los plátanos
nunca perderían las hojas, porque fue bajo un plátano que en Creta
el toro intolerablemente blanco, con las astas en forma de
medialuna, después de haberla raptado en una playa de Tiro o de
Sidón —para el caso es lo mismo— violó, como es sabido, a la ninfa
aterrada.
Morvan lo sabía. Y
sabía también que era al anochecer, cuando la bola de fango arcaica
y gastada, empecinada en girar, desplazaba el punto en el que se
agitaban, él y ese lugar llamado París, alejándolo del sol,
privándolo de su claridad desdeñosa, sabía que era a esa hora cuando
la sombra que venía persiguiendo desde hacía nueve meses, inmediata
y sin embargo inasible igual que su propia sombra, acostumbraba a
salir del desván polvoriento en el que dormitaba, disponiéndose a
golpear. Y ya lo había hecho —agárrense bien— veintisiete veces.
Allá la gente vive
más que en cualquier otro lugar del planeta; se vive más tiempo si
se es francés o alemán que africano y, si se es francés, se vive más
tiempo si se es, parece, hombre de la ciudad que agricultor por
ejemplo, y si se es de la ciudad —siempre según las estadísticas— se
vive mucho más tiempo si se es parisino que si se es de cualquier
otra ciudad y, si se es parisino, se vive mucho más tiempo si se es
mujer que si se es hombre —y algo debe haber de cierto en todo esto,
porque en París abundan las viejecitas: nobles, burguesas,
pequeñoburguesas o proletarias, solteronas achicharradas o mujeres
libres que envejecieron obstinándose en no perder su independencia
orgullosa, viudas de notarios o de médicos, de comerciantes o de
conductores de subterráneo, exverduleras o exprofesoras de dibujo o
de canto, novelistas en plena actividad, emigradas rusas o
californianas, viejas judías sobrevivientes de la deportación, e
incluso antiguas cocottes, obligadas a retirarse por un censor más
severo que las buenas costumbres, quiero decir el tiempo: la luz del
día las ve reaparecer cada mañana, emperifolladas o casi en harapos,
según su condición, estudiando dubitativas los estantes multicolores
de los supermercados, o, si hace buen tiempo, en los bancos verde
oscuro de las plazas y de las avenidas, sentadas solas y tiesas o en
conversación animada con algún otro ejemplar de su especie, o
dándole, en actitud ya inmortalizada por las postales, migas a las
palomas; de mañana, en primavera, se las puede divisar en salto de
cama, el torso inclinado hacia el vacío en la ventana de un quinto o
sexto piso regando con aplicación malvones florecidos. En el
interior de los edificios se las ve subir o bajar las escaleras,
precavidas y lentas, con un bolso de provisiones o un caniche
nervioso, pueril y un poco ridículo que llevan en los brazos y del
que hablan a veces con algún vecino empleando una terminología de
análisis psicológico que ningún psicólogo se atrevería ya a aplicar
a un ser humano. Cuando son demasiado viejas, el asilo o la muerte
las escamotean, sin que sin embargo su número disminuya, porque
nuevas promociones de viudas, de divorciadas y de solteronas,
después del lapso irreal y demasiado largo de lo que llaman vida
activa, vienen a ocupar, habiendo ya enterrado a todos sus parientes
y conocidos, inconscientes o resignadas, las vacantes.
La obstinación por
durar, más misteriosa todavía que el concurso de circunstancias que
puso al mundo en funcionamiento y más tarde a ellas —y también a
nosotros— en el mundo, las va depositando en sus departamentos
exiguos, llenos de bártulos y de carpetitas, de manteles bordados
antes de la segunda guerra y de alfombras gastadas, de muebles de
familia y de baúles, de botiquines repletos de remedios, de juegos
de cubiertos que vienen del siglo pasado y de fotos amarillentas en
las paredes y sobre el mármol de las cómodas. Algunas viven todavía
en familia, pero la mayoría o bien no tiene ya más a nadie o
prefiere vivir sola; las estadísticas —quiero que sepan desde ya que
este relato es verídico— han demostrado por otra parte que, a
cualquier edad, las mujeres en general soportan mejor la soledad y
son más independientes que los hombres. El caso es que son
innumerables, y aunque también las estadísticas y también, desde
luego, en general, demuestran que los ricos viven más que los
pobres, las hay que pertenecen a todas las clases sociales, y si
bien por la vestimenta y por los lugares donde habitan revelan sus
orígenes y sus medios, todas tienen los rasgos comunes propios a su
sexo y a su edad: el paso lento, las manos arrugadas y llenas de
vetas oscuras, la dignidad ligeramente artrítica de los gestos, la
melancolía evidente de los inconcebibles días finales, los órganos
parsimoniosos y los reflejos indecisos y seniles, para no hablar de
las operaciones múltiples, cesáreas, extracciones de muelas y de
cálculos, ablaciones de senos, raspados y eliminación de quistes y
de tumores, o de las deformaciones reumáticas, de los disturbios
neurológicos, la ceguera progresiva o la sordera total, los senos
que se desinflan o se achicharran y las nalgas que se desmoronan, y
por último, de la hendidura legendaria que, literalmente, expele no
solamente al hombre sino también al mundo, el tajo rosa que se
reseca, se entrecierra y se adormece.
Y, sin embargo, si
la noche se las traga, con el día, como decía, reaparecen, y las que
no se han dejado corroer por la desesperanza, la miseria, las
ilusiones perdidas, la tristeza, florecen a media mañana con sus
sombreritos pasados de moda, sus tapados severos, sus pinceladas
discretas de colorete, trotando a la par de sus caniches o bajando
cinco o seis pisos de escaleras para ir a comprar la comida de los
gatos, el alpiste del canario, o la revista semanal con los
programas completos de televisión, o tal vez, y por qué no, al
restaurante del que saldrán a principios de la tarde para ir a
visitar a algún conocido al hospital, o más probablemente todavía al
cementerio para limpiar la tumba de algún pariente, vueltas ya casi,
de materia que eran, símbolo, idea, metáfora o principio.
Por cierto que son
un elemento propio de esa ciudad, un detalle del color local, como
el museo del Louvre, el Arco de Triunfo o los malvones en los
rebordes de las ventanas a cuya existencia, hay que reconocerlo, con
sus regaderitas de plástico o sus jarras de agua matinal, ellas
contribuyen de todas maneras más que nadie. Como premio quizás por
el trabajo de preservar y aun de multiplicar hombre y mundo en la
red de sus entrañas tan deseadas, o por pura casualidad, a causa de
un ordenamiento aleatorio de tejidos, de sangre y de cartílagos, les
ha sido dado a muchas de ellas persistir un poco más que los otros,
en las márgenes del tiempo, igual que esos remansos en los ríos en
los que el agua parece detenida y lisa, debido a una fuerza
invisible que frena la corriente horizontal, pero tira inexorable y
vertical hacia el fondo.
Aunque en
apariencia son inofensivas, a veces pueden ser irritantes, y tal vez
la conciencia de su propia fragilidad, que de un modo paradójico las
induce a creerse invulnerables, le da cierto desparpajo a sus
opiniones, lo que puede convertirlas en la voz cantante de su época,
de modo que en cierto sentido sus observaciones severas en la puerta
de una panadería, sus análisis sociológicos en los salones de té,
sus comentarios mecánicos hechos a solas en voz alta ante las
imágenes del televisor, revelan más los trasfondos del presente que
los discursos de los así llamados políticos, especialistas en
ciencias humanas y periodistas. La conversación diaria de una
anciana con su canario, mientras le limpia la jaula, es tal vez el
único debate serio de los tiempos modernos, no los que tienen lugar
en las cámaras, en los tribunales o en la Sorbona: habiendo ganado,
después de haberlo perdido todo, el privilegio de no tener nada que
perder, una sinceridad sin premeditación preside su estilo oratorio,
que a veces ni siquiera se expresa con palabras, sino más bien con
silencios y ademanes significativos, con sacudimientos de cabeza
para nada explícitos, y con miradas en las que se confunden ardor y
desapego. El término medio, bueno o malo, sale de entre sus labios
arrugados, provocando a veces, en interlocutores menos satisfechos
consigo mismos que ellas, la risa, el estupor, e incluso la
indignación. Ya sabemos que la expresión popular como dijo una vieja
anuncia siempre algún dislate del que nos reímos de antemano, y que
en los cuentos y en las canciones populares las ancianas andan por
lo general en conflictos de preeminencia con el diablo. Porque en
definitiva, y aunque a menudo amenacen con ella a las criaturas, la
malignidad de los viejos tiene para el resto del mundo cierta
comicidad, igual que un lapsus verbal o un anacronismo.
Eximidas del
delito de opinión, otros peligros acechan a las ancianas.
En la selva de las
ciudades, lo mismo que en la literal, deseo y pánico, accidente y
necesidad, determinan el desenvolvimiento de las especies, y los
manotazos de ciego que suele dar la expansión tortuosa o recta,
precipitada o lenta de las cosas, también alcanza a las viejecitas:
puñetazos de drogados, descontrol nocturno de ladrones principiantes
sorprendidos en pleno trabajo, argumentación envolvente de
estafadores, e incluso adolescentes en patines sobre las veredas
grises de la ciudad privada de horizonte, dejan su tendal de
viejecitas despojadas, ensangrentadas y llorosas. Al galope del
mundo —ya lo sabemos— no es el jinete sino el caballo el que lo
dirige. Pero no era eso lo que le preocupaba a Morvan cuando
escrutaba, esa tarde de diciembre, casi enseguida después de haber
vuelto del almuerzo, a través de las ramas peladas de los plátanos,
la caída rápida de la noche.
Faltaban dos o
tres días para Navidad, de modo que era en el centro mismo del
invierno que Morvan reflexionaba. El cielo blanco y que sin embargo
no aclaraba la atmósfera anunciaba, como se dice, nieve. Había mucha
gente por la calle. Mujeres cargadas de paquetes, de bolsos, de
ramas de pino y de criaturas, cruzaban apuradas por las rayas
blancas de los pasajes para peatones en todo el perímetro de la
plaza León Blum del que Morvan, en el lugar en que estaba y por
mucho que se inclinara hacia la ventana, no podía ver más que una
parte, aunque, de tanto haberlo recorrido en los últimos meses,
cuando la Brigada Criminal había decidido instalar el despacho
especial, conocía de memoria cada uno de sus tramos, el
entrecruzamiento, no en forma de estrella sino más bien de
asterisco, de la rue de la Roquette y el bulevar Voltaire, más la
rue Godefroy Cavaignac, la rue Richard Lenoir, y las avenidas Ledru
Rollin y Parmentier, que nacían en diversos puntos de la plaza. En
todo el perímetro, los supermercados, los bares y las florerías, el
Burger King de una de las esquinas, la plazoleta con la calesita en
el cruce de la avenida Ledru Rollin con el tramo oeste de la rue de
la Roquette, las zapaterías, las pizzerías y las farmacias, las
verdulerías y las rotiserías, le tejían una especie de corona clara
y colorida al edificio sombrío del municipio, al que los adornos
luminosos que colgaban de su fachada, instalados especialmente para
las fiestas, no conseguían alegrar. A través del vidrio y desde el
tercer piso, y sobre todo en esa atmósfera particular que precede
siempre a una gran nevada, el ir y venir de la muchedumbre un poco
fantasmal ocupada en sus diligencias de Navidad, le llegaba como un
tumulto silencioso. La escena agitada pero blanda y lejana de los
comercios iluminados, la municipalidad sombría, los autos que
esperaban en los semáforos o cruzaban a paso de hombre las esquinas,
la gente cargada de paquetes y bien envuelta en ropa de lana, las
fachadas grises de las casas y los techos de pizarra, las ramas
peladas de los plátanos, en contradicción con la promesa de los
dioses, y el cielo blanco anunciando nieve inminente, el cuadro vivo
que se movía allá abajo, privado durante unos segundos de sus
explicaciones causales, tenía la intensidad nítida y al mismo tiempo
extraña de una visión. El gran alrededor del mundo, claro y distante
a la vez, le daba de golpe la impresión de haberlo expelido a un
exterior impensable de las cosas. Pero esa impresión súbita pasó en
seguida y, mientras espiaba la llegada de la noche, Morvan siguió
rumiando su preocupación principal.
Se sentía amargo y
lúcido, confuso y alerta, cansado y decidido. En veinte años
ejemplares en la policía, el comisario Morvan no había tenido nunca
la oportunidad de enfrentarse a una situación semejante: el hombre
que buscaba le daba, sobre todo en los últimos meses, una sensación
de proximidad e incluso de familiaridad, lo que por momentos lo
abatía de un modo inexplicable y al mismo tiempo lo estimulaba a
seguir buscando. Esa sensación tenía sus razones objetivas, porque
el espacio en el que se cometían los crímenes venía
circunscribiéndose a un radio cada vez más corto a partir del
despacho especial de la Brigada, y en esa restricción había sin duda
un elemento significativo, del que era difícil decidir si se trataba
de un azar persistente o de un desafío, una especie de regla que el
asesino se imponía, un capricho transformado en obligación igual a
los que se someten la locura o el arte. Es verdad que en los meses
transcurridos desde los primeros crímenes, el asesino nunca había
actuado más que en los arrondissements décimo y undécimo, y que en
los últimos meses se había limitado al undécimo, lo que explicaba la
instalación del despacho especial de la Brigada enfrente de la
municipalidad, en el bulevar Voltaire, con él, Morvan, como jefe de
operaciones, pero la proximidad creciente de los crímenes respecto
del despacho, le producía a veces un malestar fugaz y angustioso, y
cualquiera fuese la explicación, regla o casualidad, capricho
compulsivo o desafío temerario, le parecía igualmente inquietante.
Era tal vez
demasiado buen policía. En todo caso, a veces lo pensaba de sí
mismo, y de tanto en tanto era a su profesión, y al hecho de no
haber tenido hijos —que de ningún modo lamentaba— lo que consideraba
como las causas principales de su fracaso matrimonial. El último año
sobre todo, después de la separación con Caroline, decidida de común
acuerdo pero a partir de un deseo de Morvan, el sentimiento de haber
llegado a los cuarenta y tantos años para encontrarse en la soledad
más absoluta venía siempre acompañado de una sospecha y al mismo
tiempo de una determinación: que era la profesión de policía la
causa de sus trastornos afectivos, pero que de ningún modo podía
renunciar a ella. Su oficio era menos un trabajo o un deber que una
pasión, con todos los excesos contradictorios que una pasión puede
acarrear. No es que lo hubiesen tentado nunca el abuso de poder o la
brutalidad o ni siquiera la venalidad frecuente entre sus colegas,
no, nada de eso: era el más recto —tal vez un poco demasiado como
podía pensarlo a veces él mismo con un poco de ironía— y el más
meticuloso desde el punto de la ley —tal vez un poco demasiado, como
pensaban a veces sus colegas con un dejo de agobio y hasta de
malhumor— de toda la Brigada Criminal; y podría haber llegado mucho
más alto en la jerarquía si, imitando a algunos compañeros de
promoción, le hubiese robado algunas horas a su trabajo para
dedicárselas, como se dice, a la política. Pero aun los que lo
habían sobrepasado en grado y frecuentaban los corredores de los
ministerios y de las embajadas, los palacetes de los emires y de los
dictadores africanos, no ignoraban que una investigación difícil,
que exigiese imaginación y perseverancia, tiempo y razonamiento,
flexibilidad y obstinación, una investigación de la que por otra
parte a ellos no les hubiese interesado en absoluto ocuparse,
únicamente el comisario Morvan podía llevarla hasta el final y
extraer de ella, sean cuales fueren, hasta las últimas
consecuencias. Como en todo investigador auténtico, cualquiera fuese
el campo al que la aplicara, la pulsión de verdad sobresalía en él
del hervidero de sus otras pulsiones, adormiladas por la urgencia
impasible del conocer, que en él no tenía más límite que la
legalidad y que por esa razón era indiferente a la compasión —que al
margen de su oficio no le faltaba— e incluso a veces a la justicia.
Había tenido una
vida no difícil, pero sí sombría —según una versión antigua,
anterior a la experiencia y a la memoria, su madre había muerto
durante el parto, y como su padre era ferroviario, conductor de
locomotoras, y se ausentaba a menudo, se había criado en el campo,
en la región del Finistère, con la madre de su padre. Apenas se lo
permitía su trabajo, una o dos veces por mes, siempre cargado de
caramelos y de regalos, el padre venía para verlo y para descansar
unos días en la casa materna que, desde la desaparición de su mujer,
era la única casa que tenía. De tanto en tanto, durante las
vacaciones escolares, el padre lo llevaba con él en sus viajes, en
la locomotora, y cuando lo traía de vuelta, disponiéndose a irse
otra vez, tenía la costumbre de abrazarlo largamente, bajo la mirada
de la abuela que, por razones que Morvan comprendería muchos años
más tarde, sacudía la cabeza, con expresión menos triste que
contrariada o furiosa. A los dieciocho años se fue a estudiar
abogacía a París, pero al año siguiente ya había entrado en la
Escuela de Policía. El padre, viejo militante comunista que había
luchado en la Resistencia, pero que lo estimaba demasiado como para
enfurecerse, recibió la noticia con perplejidad, hasta que
comprendió ese aspecto singular de su temperamento, la apetencia de
lo claro, la inclinación por la verdad, más fuerte que la pasión del
placer, que la de sí mismo y aún, como les decía hace un momento,
que la de la piedad o la justicia. Y después de esa comprobación, de
esa toma repentina de conciencia, el padre había empezado a sentirse
vagamente el hijo de su propio hijo, ligado a él, más allá del amor
seguro y sin dobleces, por el respeto un poco temeroso, la culpa y
la vulnerabilidad. Morvan lo presentía, pero recién el año anterior
se había enterado de las causas.
Aunque no vivían
juntos, el padre y el hijo nunca se habían separado. Una especie de
intemperie común hecha de gravedad, de protección mutua y de
silencio los mantenía unidos. Debido a sus trabajos respectivos,
podían pasar semanas y hasta meses enteros sin verse, pero nunca más
de diez o quince días sin llamarse por teléfono, o sin mandarse una
postal garabateada entre dos tareas absorbentes, un mensaje amable y
lacónico en el que, por debajo de las frases banales que lo
componían, palpitaba la turbulencia oscura de lo que habían callado
desde siempre. La muerte de la abuela, el casamiento de Morvan, la
jubilación del padre, no habían modificado en nada esa complicidad
desvalida y tácita, que en el padre provenía de una inquietud
infantil y en el hijo de la certidumbre de un dolor sin nombre.
Hasta que el año anterior, el secreto había salido a la luz del día.
Por decisión
propia —Morvan y Caroline habían tratado de disuadirlo— el padre
vivía en un hogar de ancianos. El hijo y la nuera lo visitaban
seguido, o lo invitaban a pasar largas temporadas con ellos, lo que
el padre aceptaba con la docilidad de una criatura dejándose llevar,
sumiso y neutro, a los parques, a los restaurantes y a los teatros
hasta el día en que, sin previo aviso, hacía su valija sin dar
explicaciones y se volvía al hogar de ancianos. En el último viaje,
el padre había notado los signos de conflicto entre Morvan y su
mujer y, en un estado inusual de excitación, había interrumpido
bruscamente su estadía, y cuando un mes más tarde se produjo la
separación definitiva, Morvan lo informó con una carta dolida y
breve. El padre lo mandó llamar. Mientras rodaba en auto por la
autopista hacia el Finistère, Morvan ya sabía que el encuentro que
se avecinaba pondría de manifiesto la quemazón callada que los había
mantenido unidos, como una llaga común, durante más de cuarenta
años.
Una semana después
de la entrevista, el padre se suicidó. Al recibir la noticia, Morvan
supo que ya había presentido secretamente ese desenlace y que, al
presentirlo, se había dicho también secretamente que, si el padre lo
llevaba a cabo, ese gesto sería desproporcionado en relación con los
sentimientos que la revelación había causado en su hijo: porque
enterarse de que su madre no había muerto durante el parto sino que
los había abandonado por otro hombre, al padre y al hijo, apenas
había tenido la fuerza suficiente para mantenerse en pie y salir
caminando de la maternidad, ese secreto que la humillación, la
prudencia, la compasión, habían inducido al padre a mantener oculto
durante años, como una brasa apretada en el puño, ese secreto que
explicaba el furor de la abuela cuando el padre y el hijo se
abrazaban largamente antes de cada separación, a él, a Morvan, no le
había producido ningún efecto, ninguna reacción emocional como se
dice, e incluso ninguna sorpresa, igual que si hubiese leído, en un
diario de cuarenta años atrás, una noticia relativa, no a su familia
y a su propia persona, sino a un grupo borroso de desconocidos. Y ni
siquiera la noticia entera, sino apenas el titular entrevisto
distraídamente al dar vuelta una página: La esposa de un resistente
comunista abandona a su marido y a su hijo recién nacido por un
miembro de la Gestapo. Si, al enterarse, no sacudió la cabeza,
chasqueando la lengua y emitiendo al mismo tiempo una risita
sardónica, fue porque su padre se lo estaba contando entre sollozos,
y porque ese viejo austero y querible que estaba viviendo las
últimas horas de su existencia era una presencia real que amaba y
compadecía. Y mientras lo consolaba, oyéndolo balbucear que, y ella
misma se lo había dicho antes de desaparecer para siempre, desde
hacía mucho tiempo estaba enamorada de ese hombre pero aunque no
sabía de quién era el hijo ni le importaba, había decidido irse
recién después del parto para no tener que cargar con la criatura,
iba sintiendo que en los pliegues enterrados de su propio ser en los
que esas revelaciones hubiesen debido poner, en movimiento
preguntas, penas y escándalo, se producía lo contrario, la
indiferencia, la fatiga, el desprecio desinteresado, semejante al
que podría motivar el comportamiento de una especie animal sin
ningún parentesco con lo humano —él, Morvan, que, sin embargo,
después de trabajar más de veinte años en la Brigada Criminal, había
tenido como interlocutores a los más grandes criminales de su época
y los había tratado siempre, una vez que había llegado a
acorralarlos, sin suavidad por cierto, pero también sin odio, aunque
en su fuero interno se hubiese sentido horrorizado por sus crímenes,
y además había sido uno de los pocos policías de la Brigada que se
había pronunciado por la abolición de la pena de muerte. Con sus
actos, argumentaba, nos espantan y nos sublevan, pero no nos está
permitido aplicarles el Talión, para no confirmarlos en sus métodos
y también para no ser, como ellos, fieras. La confesión de su padre
no había despertado en él como se dice ni estupor ni odio ni deseo
de reparación, ni siquiera el instinto de ver claro, de conocer, con
minucia y exhaustividad, hasta el detalle más insignificante de los
hechos, como le ocurría tan a menudo, para elaborar un diseño
coherente y extraer, de ese diseño, un sentido. Únicamente una
imagen lo obsedía, pero que desde luego no provenía de su memoria,
sino que parecía haber sido entresacada de un fondo de experiencia
perteneciente a otros hombres, a la especie entera quizás, excepción
hecha de sí mismo: un recién nacido rojizo, ciego y ensangrentado,
saliendo por entre las piernas abiertas de la mujer que durante
nueve meses lo fabricó, lo alimentó y le dio abrigo y que, una vez
que ha logrado zafar la cabeza de los labios que la comprimen,
irrumpe aullando, con los puñitos vindicativos y apretados, haciendo
estremecerse, a medida que aparece, todo el cuerpito blando y
arrugado, la masa vibratoria hipersensible y a medio terminar, hecha
todavía casi exclusivamente de nervios y cartílagos, que aterriza en
este mundo para manchar de sangre la sábana blanca de la maternidad.
Ustedes se deben
estar preguntando, tal como los conozco, qué posición ocupo yo en
este relato, que parezco saber de los hechos más de lo que muestran
a primera vista y hablo de ellos y los transmito con la movilidad y
la ubicuidad de quien posee una conciencia múltiple y omnipresente,
pero quiero hacerles notar que lo que estamos percibiendo en este
momento es tan fragmentario como lo que yo sé de lo que les estoy
refiriendo, pero que cuando mañana se lo contemos a alguien que haya
estado ausente o meramente lo recordemos, en forma organizada y
lineal, o ni siquiera sin esperar hasta mañana, sí simplemente nos
pusiéramos a hablar de lo que estamos percibiendo, en este momento o
en cualquier otro, el corolario verbal también daría la impresión de
estar siendo organizado, mientras es proferido, por una conciencia
móvil, ubicua, múltiple y omnipresente. Desde el principio nomás he
tenido la prudencia, por no decir la cortesía, de presentar
estadísticas con el fin de probarles la veracidad de mi relato, pero
confieso que a mi modo de ver ese protocolo es superfluo, ya que por
el solo hecho de existir todo relato es verídico, y si se quiere
extraer de él algún sentido, basta tener en cuenta que, para obtener
la forma que le es propia, a veces le hace falta operar, gracias a
sus propiedades elásticas, cierta compresión, algunos
desplazamientos, y no pocos retoques en la iconografía.
El caso es que
Morvan, decía, se encontró a los cuarenta y tantos, más o menos un
año antes del momento en que lo hemos visto por primera vez, después
del almuerzo, espiando el anochecer rápido de invierno y el cielo
contradictoriamente blanco que anunciaba nieve inminente, sin madre,
ni padre, ni mujer, ni hijos, o sea como él mismo lo pensaba de un
modo fugaz y con resignación de tanto en tanto, absolutamente solo
en el mundo. Una buena cualidad lo protegía: la incapacidad de
compadecerse a sí mismo. Su poder de concentración era una especie
de círculo mágico, siempre iluminado, que mantenía afuera, en la
penumbra, las masas informes y confusas de emoción, miedo, angustia,
odio, autocompasión, que hubiesen podido agitar, en la zona clara,
su teatro de sombras. No había, en su capacidad de trabajo, ningún
elemento estoico ni ninguna fantasía de redención, sino la facultad
orgánica, que parecía natural, de olvidarse de sí mismo para
concentrarse, metódico, en lo exterior. De haberlo conocido, sus
colegas hubiesen podido aplicar a su persona el sarcasmo de
Nietzsche a propósito de Emanuel Kant —¡Esa existencia de araña!—,
pero lo respetaban e incluso lo apreciaban demasiado como para ser
capaces de proferirla y mucho menos de pensarla realmente: retraído
y afable, Morvan, aunque exigente en lo relativo a la eficacia en el
trabajo, era incapaz de cualquier gesto autoritario, y si era
estimado y obedecido, no lo debía ni a su preeminencia jerárquica ni
a la coerción, sino a la convicción de sus subordinados acerca de su
inteligencia, de su perseverancia y de su probidad. A pesar de que
los que lo conocían un poco adivinaban en él un fondo seguro de
desdicha, no atinaban a compadecerlo, hasta tal punto esa desdicha
estaba ausente de sus relaciones con los demás, y concientes de sus
propias miserias, y aunque llevaran una existencia en apariencia más
normal, a veces podían llegar a sentirse más imperfectos que él,
igual que esas marionetas que son todavía más patéticas cuando se
entrevén los hilos que las dirigen. Si bien por lo común era el
primero en llegar al despacho especial y el último en retirarse,
Morvan no parecía exigir lo mismo de sus colaboradores, y si daba
por descontado que debían aportar resultados positivos, no pretendía
que los obtuviesen con sus mismos métodos. Su estilo de vida era
como se dice singular, pero el de los demás le era indiferente, y
si, por ejemplo, su oficina estaba siempre ordenada y limpia hasta
la manía a decir verdad, que en las de los otros reinara el desorden
no parecía producirle ningún malestar. Practicaba una austeridad
extrema, pero el vitalismo general, simulacro de filosofía, que
desbordaba a su alrededor, no lo perturbaba en lo más mínimo.
Incluso por contraste o por omisión era un hombre de su época y, a
pesar de su singularidad, era un término medio del país que lo había
producido: metódico por la educación recibida, racional y ponderado
por temperamento, tolerante por conveniencia íntima, moderno por la
fuerza mercantil de la sociedad que lo modelaba y a pesar de su
contacto frecuente, a causa de su profesión, con los más atroces
extravíos de la especie, dando por sentado que la zona clara de la
existencia es el escenario principal hacia el que debe convergir, lo
quiera o no, la dispersión caótica del mundo.
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