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Editorial: Ciordia & Rodríguez, Buenos Aires, 1955.
Diego Montenegro detuvo el rabicano frente al polvorín. Echado en
el suelo acarició el agua del Matanza. El flujo coronado de espumas,
de picos y de hojas verdes, ganaba orilla y altura. Tuvo las manos
hundidas hasta que la frescura fluvial le entró en la carne, en el
pulso todo. Se mojó la cabeza y se refrescó el cuello trasudado. El
rabicano entró en el río con tiento, sopló el agua y bebió
abundantemente. En un fondo obscuro rielaban las estrellas y se
abrían en luz como peces fosforescentes. Oyó crujir de ramas rotas;
un sacudir la fronda del mimbreral. Chillaron las urracas y volando
se agarraban de la copa de la cinacina. Se oyó romperse el agua
prieta y sonora bajo los mimbres. Los círculos se iban abriendo
hasta la otra orilla. El rabicano atiesó las orejas; tenía la cabeza
empinada, vivos los ojos, inquietos. Puso la cara frente al ruido y
piafó bufando. Retrocedía espantado. Diego Montenegro, gato montés
receloso, se puso de pie, se pegó al caballo, tomó las riendas y,
mirando al mimbreral, buscó auxilio en el revólver. El rabicano, en
relinchos cortados confesó su miedo. Salió de entre la maraña de
mimbres, medio hombre hundido en el cristal correntoso, el nutriero
don Cirilo. Caminaba dando palmadas en la superficie, ahondando y
subiendo las manos. Cuando abandonó el juego, hizo pie en el fondo
movedizo y, conseguida la estabilidad, alargó un grito: la voz subió
por la empinada ribera:
—Siempre lo pensé más bravo... También usté se asusta... —Y
acercándose profirió: —Vaya con Diego Montenegro, si yo lo hacía un
dios, un libre de espantos y miedos.
Cuatro zambullidores negros aletearon por sobre los hombres y
distanciándose se hundieron en el río. Salieron a flote y con las
cabezas empinadas, patrones del agua, recorrieron el río de ribera
en ribera. Diego Montenegro adujo:
—No es susto la prevención, don Cirilo —Mostró el revólver
empavonado, opaco, y continuó, suave de palabra—: Éste se abre de
boca buscando el bulto; y parece que se lo traga... manda cada
plomo de a libra.
Abandonó el agua el nutriero y se tiró cansado en el arenal.
Un cangrejo, trepidando, pujaba por pasar por encima de un montón
de resaca. Don Cirilo sacó el cuchillo, le dio dos hachazos y
deshecho lo tiró al río. Se dijo fuerte: "Esto es nada más que un
cuidarse las patas"...
Diego Montenegro le sacó el freno al rabicano, le ciñó la manea y
sin quitarle recado, riendas ni cabezada. lo echó a pastoreo. Hecho
el menester, volvió al nutriero Don Cirilo se hacía oído, atención
aguardando la palabra del cuatrero. El cuatrero era más pensamiento
para él que palabra para el otro. Hundía los ojos en la orilla
bulliciosa que iba alzándose con la marea. Los juncos se levantaban
y se mecían en la superficie desordenada..
El cuatrero estaba abismado. En aquel desconcierto de espíritu,
buscando ánimo, dio un rebencazo en el agua y nacieron los círculos
abiertos, anchos, hacia el medio del río. Debió comenzar el
nutriero:
—Lo hallo muy hondo, muy para usté solo, muy en cuita. A ver:
limpiesé de penas mortificantes... cuentemé: ¿qué le aprieta el
corazón?...
—Iban mis cavilaciones en esto: en que la suerte del hombre nunca es
pareja. Mire: desde los cantares de mi madre, cuando yo era de
falda, hasta veinte días atrás, todo fue galopar sin viento y con el
sol en ancas. Ahora la suerte me lleva a los trompicones. Me aporrea
que es un asco.
—Hay una serie de males que debemos padecer. A los mortales se nos
acollaran suertes y desgracias. Unas vienen antes... otras luego...
Usté vivió amparado por un cielo limpio, ahora la tormenta se lo ha
ennegrecido.
—Hubo un tiempo en que yo sacaba suerte hasta de las desgracias;
pero todo tiene su término.
—Mi suerte es mesturadita como tabaco de pobre: si por un lado me
abraza. Lisonjeándome, por el otro me lonjea. Ya ve: hoy al ñudo
anduve con las nutrias. No le vi la cara a ninguna y, en cambio,
tuve el favor de los pescados. Saqué un tendal de bagres que es un
primor, manchaditos, casi todos overos. Los tengo allá entre los
mimbres, gruñones como chanchitos. Si anda con tiempo podríamos
asar algunos.
Ya la luna blanqueaba la copa de las cinacinas, la de los sauces, la
de los castores de ancha hoja y fruto escondido. Los castores
tenían las hojas húmedas y
brites de luna. Don Cirilo las observó y le hizo notar a Diego
Montenegro:
—Vea qué belleza de hoja tiene el castor: cada una .es una estrella
de nueve picos; si parece que la luz de la luna mana de ella.
¿Quiere cosa más linda que una estrella verde reluciente de luna?
El claror se metía en el agua y se descubría un fondo luminoso. Don
Cirilo recibió la luz en los ojos, en la cara toda y sintió un gozo.
Diego Montenegro retiró los ojos claros de luna. Expresó su
mortificación:
—Mala luna... da una luz pesada... enfermiza. Luego me hace ver
aparecidos: me llena de fantasmas. Con la entrada de esta luna se me
ha metido el miedo a la muerte; ando esperándola de un momento a
otro. Me hacen bulla en las sienes los tiros que me van a dar...
—Yo siempre la hallo buena. Me ayuda paso a paso.
—¡Hoy me hicieron zumbar por la cabeza más balazos!... Si parecía
que estaban en el juego de la guerra. Entonces salió a brillar la
luna con más luz, como diciendo: "No te vas a esconder en lo
obscuro".
—Malicia que le largaron una caballada de sebo —arguyó en una
sentencia don Cirilo.
—Sí es la verdá, ¿cómo lo sabe?
—De puro encontradizo con las cosas. Se lo previne a su mujer. Ella
se afirmó en que no había que temer; que ya tenía las velas
encendidas a la Virgen y que, además de otros dones, poseía el de
la suerte; que usté era un hombre de suerte; una especie de
aparta-balas.
—Al primer amago de arreo ya entraron a sonar los "winchesters". Yo
saqué el rabicano del campo como chijetazo. "Aquí te quiero", le
dije, y salí a saltar alambradas. No era cosa de correr por la calle
sino de volar cortando campo; ellos que son chapetones que perdieran
la noche por la calle.
***
Diego Montenegro echó el rabicano al agua. Anduvo pisando firme
hasta que pudo, y cuando el animal se hundió de ancas probando
altura, comenzó a nadar. Diego Montenegro se arrodilló en el recado.
El rabicano se estiraba por alcanzar la orilla. Al subir la barranca
del río, la luna le dio en los ojos y se le empobreció el ánimo. La
luna dominaba el cielo y la tierra. El cielo se puso de una
transparencia sedosa, de un azul platinado. Descubrió sus secretos
la tierra; el polvorín, entre dos línea de agua, se erguía como una
nave subida de proa. La arboleda de la quinta Olivera se contemplaba
alta y obscura; la del cementerio de Flores, clara de luz; se veían
en su integridad todos los árboles. En el pico de la loma se
empinaba majestuoso y dominador el edificio de las aguas
corrientes, coronado de luna. Más allá, todo el ancho caserío de la
ciudad dormía. Al Oeste, el paso de la Noria estiraba su
encorvadura: el puente abrazado a las dos riberas parecía una ave
abierta de alas.
Diego Montenegro acabó de ver aquello y suspiró unas palabras:
—Vaya con la mala luna... Aun sigue delatando mi marcha.
Una garza mora se abrió de alas y. abanicando el río despaciosamente
se posó en la otra ribera.
Diego Montenegro entró en el tacho. El rancho dormía en una
quebradita: lo alcanzó paso a paso. Quiso llamar al peón del tacho y
se condolió: Salvador Cruceño madrugaba mucho. Miró el corral y lo
contempló repleto de caballos; pensó que en seguida comenzaría la
matanza. Tuvo un recuerdo para Julio Farías, el otro cuatrero que
suministraba tantos animales a la matanza, y se habló: "A él lo guía
la mano de la suerte.. Vean si es de Dios que yo no pueda alzar ni
un mancarrón y mi amigo traiga los corrales llenos.
Buscó en la horqueta de un sauce una lata de té; hurgueteó y
extrajo un manojito de pesos, volvió a decirse: "Gracias a Dios, don
Ezequiel Ramos recordó mi pedido".
Ya volvía con dinero a la casa. Ya estaba zanjada una dificultad del
vivir cotidiano. Cuando lo iba a guardar le refunfuñó a su suerte:
"Plata en préstamo: señal que voy cayendo; que voy para abajo como
bota
de
gringo". Por no dar rodeos puso el rabicano de cara a los alambres y
lo hizo entrar en carrera. El rabicano, que oyó la voz de "arriba",
voló por sobre el alambrado y lo transpuso. Al pisar tierra se
arrodilló. Diego Montenegro se demontó y, con el cabestro en la
mano y el mirar hundido en el suelo, buscó en la rodada el origen de
su mala estrella. Afligido, echó la mirada al cielo limpio y, al
descubrir la luna, murmuró con miedo, dando vuelta la cabeza:
—Vaya con la luna mala. iY cómo me sigue!...
Se detuvo encima de la loma de Villa Lugano, en la calle Escalada;
con buscadores ojos de aguilucho revisó el potrero que ceñía la
casa. Después se puso en marcha; la alcanzó de un galope. Abrió la
tranquera vasca, desensilló y echó el rabicano al corral.
* * *
Las velas encendidas a la Virgen iluminaban la pieza. La ocurrencia
de Constantina lo hizo sonreír. Qué podrían, para modificar su
sino, las velas y aquella estampa de la Virgen, desteñidas por las
goteras. No malgastaba conjeturas ni se hacía ilusiones siquiera.
Recordó cómo había sido su pasada vida y cómo seguiría siendo la
próxima: robar caballos y más caballos. Y no ignoraba su fin: en
una de esas, cuatro balas de "winchester" lo desangrarían. Allí,
tendido en la gramilla, si no daban pronto con su cuerpo, los
chimangos y caranchos le sorberían los ojos, comenzarían a picotear
las heridas hasta pelar los huesos.
Le pasó la mano al pelito cerdoso del hijo dormido y se sentó a
quitarse la ropa y acostarse. Lo sobrecogió el gemir de Constantina,
y la sacudió; le murmuró al oído:
—Negra... Negra... ¿Por qué gemís?
Abrió Constantina los ojos hondos, sombreados, con un tinte de
horror. Al reconocerlo, le sonrió con lágrimas. Se abrazó de él y
con miedo de pichón lo alarmó:
—Tenemos la casa cercada. Al obscurecer llegaron los policías y todo
requisaron. Ya no se han retirado de por aquí. ¿Cómo entraste, con
uno en la avenida Campana y Escalada, otro en el Puente de la
Sangre y otro en la loma?
—De por allí vengo, de la loma; a ninguno hallé... Se tornó
caviloso, pensativo, los ojos hundidos en el piso, y murmuró luego:
—¡No me habrán dejado pasar para achurarnos en montón! Ya estarán
llegando.
—Con el cambio, a las diez volvieron otros. La luna los delataba y
me los entregaba en sus escondites. ¡Cómo he sufrido viéndolos!
—La luna me viene delatando a mí... Bueno; me voy, de quedarme nos
matarán a todos.
Besó al hijo en la cuna. La mujer salió antes y no dejó sitio libre
donde no echara la vista. No había nadie; entonces lo tomó de las
manos y le pidió alzando los ojos enlagrimados:
—Quedate, ya se han ido.
—Volverán —expresó el cuatrero afligido. La besó fuerte, con pasión;
era un beso que lo retenía, que lo pegaba a la casa.
Ella contuvo el llanto y balbució:
—La Virgen nos protege. ¡Vos no creés en la Virgen!...
—Lo que nunca sentí en mi cuerpo, siento ahora: me tiemblan los
huesos y la carne de miedo. Con esta luna entró mi mala estrella.
Volvió a decir la mujer:
—La Virgen nos protege... No dejés de recordarla.
—Me voy al río de a pie, tal vez los engañe, dormiré por los campos.
Viendo cómo su hombre se hundía en el pastizal, despreciando la
lisura de la calle, la mujer exhaló su clamor:
—Qué desdicha, qué de sobresaltos da esta vida maleva.
* * *
La medianoche llegaba. Era un llenarse el cielo negro de blancas
nubecitas. Presente que enviaba el cielo del Río de la Plata al
cielo llanero; al pampeano. La obscuridad en la tierra se hizo más
tensa y opaca; la cerrazón ganaba el cielo y los campos. Graznó el
caracolero y tomó vuelo; se hundió en la cañada. Graznó el lechuzón
y voló a la loma. Los ojos del hombre no horadaban el muro prieto y
compacto de la cerrazón; debía orientarse por el tacto, por el
sonido. Diego Montenegro bordeó la laguna y le dolió no evitar que
gritaran los teros alocados. Los chajáes alzaron la voz de guardia.
En ruidosos bólidos que parecían ir tajando la neblina huyeron los
patos, asustadizos. Para desventura mayor, las gallinetas entre las
cañas elevaron voces de alharaca. Alarmadas se mantuvieron en bulla
constante. Entre tanta delación, Diego Montenegro se hubiera
hundido en el fango de la laguna hasta perecer. Huyó, pusilánime,
y se metió en el arroyo de la Sangre. Esperaba de un instante a otro
escuchar las pisadas de los caballos; las voces de los policías que
venían en su busca. Una vez que el sosiego se extendió por el campo,
levantó la cabeza por encima del abrojal. Sondeó en la obscuridad; y
como nada veía para descubrir perseguidores, pegó el oído a la
tierra. Como nada oyera, tomó el camino del río. Transpuso las vías
del trocha angosta y lo tentó!, hasta que llegara el alba, echarse a
dormir entre el pastizal que bordeaba la alcantarilla. No lo hizo
porque muy cerca, bajo el puente, dormía una tanda de crotos, que al
aclarar y pasar en su busca la partida policial, podían delatarlo.
¿Delatarlo? Pero, ¿qué es eso de la delación? ¿No habían pasado diez
años en recia pugna con la policía? ¿Quién descubriéndolo pasar con
los robados no lo delató? ¡Y ahora temía una delación! Temía un
encuentro con los policiales. Pensó por qué temía, si siempre se le
había plantado de manera de no cederles ni un palmo. Los había visto
venir de frente, atacando y en seguida los había visto de espaldas,
huir. Se tocó el revólver, lo tenía; el cuchillo, lo tenía. Adujo
para sí que no era porque le faltaran armas sino porque se le había
enflaquecido el valor, perdido la hombría. Buscó en el cielo a la
luna, y no hallándola hizo conjeturas referentes a su poder
maléfico: la condenó por causante de sus desdichas. Iba en su marcha
padeciendo la fatiga de caminar entre los pastos mojados. Se tiró al
arenal de la calle. A un lado y a otro se mecían los pastos de
cañada. En los días de bonanza no cavilaba; tenía el corazón
alegre, suelto como la voz mañanera del pájaro. El gozo y la dicha
habitaban en él y en los suyos. Ahora se apretaba al recuerdo de la
mujer y del hijo. "Diez años de cuatrero" los contó en los dedos
despacio. "Diez... Sí... Sí... Diez años. Se le aclaró frente a él
un cuadrado escénico. Comenzaron a dibujarse variados panoramas de
su niñez. Vió a los compañeros del Colegio Nacional y sintió
desgarrado el sentimiento de pensar en su primer fracaso. Fue cuando
tuvo que vérselas con aquellas montañas del saber moderno.
Montañas nevada infranqueables: química y física. Ya desbaratado
el plan de estudios, el padrastro, que deseaba un abogado en su
casa, lo expulsó. Fue sólo para intimidarlo, para que retornara con
más empeño al estudio pero él ya no regresó. Jacinto Andrade,
profesor de cuatreros, como oro en paño, lo retuvo en su rancho.
Con Diego Montenegro le había caído un don preciado. Le servía de
mucho; Jacinto Andrade cuatrereaba y Diego Montenegro le fraguaba
certificados de los caballos robados. Talló un sello sobre madera,
y con rasgos caligráficos excelentes hacía que los robados fueran al
tacho provistos de certificados.
De la madre conservaba un recuerdo vacilante, fugacísimo. Perdida
toda la noción corpórea, toda afluencia de imágenes, debía muy a
menudo acudir al recuerdo de un retrato de pared. El suceso de una
tragedia que fue origen y muerte de la madre, no recuerda si lo
presenció o si lo sabe de haberlo escuchado al padrastro. Piensa que
sí lo recuerda: el padrastro partió al pueblo de Lobos en una compra
de vacunos, la madre y él quedaron solos en el caserón. La madre
pasó un día desasosegado, con la intranquilidad que le daba el
presentimiento de que iban a raptarle al hijo. No lo dejó solo ni en
los juegos infantiles. Los ojos puestos en el niño y al mismo
tiempo en el camino. Vio por la calle un movimiento de gente
extraña, que miraba la casa más de lo que se debe y raros vendedores
que a toda fuerza querían entrar a mostrar lo que ofrecían en venta
y que no dejaban de observar el interior que estaba al alcance de
sus ojos. Al anochecer la madre cerró las puertas con trancas. Y se
mantuvo en vela. Los ladrones, presentidos, con una viga hicieron
volar la puerta. La madre a escopetazos los ahuyentó, se portó
valerosa porque más que a la casa defendía al hijo. El horror de lo
que pudo suceder la fue enloqueciendo; la enloqueció. Recuerda
cuando se la llevaron a internar; el padrastro subió en la volanta,
ciego de lágrimas. El se quedó espantado pidiendo el regreso de la
madre. La madre, en la convalecencia, tenía sobresaltos macabros:
vivía defendiéndose de un ataque al hijo por los ladrones. Cuando lo
enamoró Constantina, pensó en el trabajo dignificador y se rebeló
contra el sistema: "Trabajar de sol a sol para vestir y comer."
¡Ah! no, no... Y comenzó a cuatrerear bajo la dirección y el consejo
de Jacinto Andrade. En el primer cuatrereo ya tuvo el premio: fue
una tropilla de una estancia de Navarro: veinte caballos:
seiscientos pesos, un bolsillo lleno de plata. Este hallazgo se
repitió todas las semanas. Volvieron a metérsele en el pensamiento
Constantina y el hijo. Los tuvo en los ojos y en el pensamiento,
recordando lo mejor de ellos. Recuerda las palabras de cada
instante, que están grabadas hasta en el aire porque el aire se las
repite. La mujer le está pidiendo: "Dejemos este vivir de
sobresaltos. Hagamos vida tranquila." Oye la vocecita del hijo,
gangosa, entrecortada, como un anticipo, como una sentencia:
"Papito: ¿te van a matar los hombres?... Todo dice que sí".
Se hundió el viento en la corona de los pastos y el ruido que
produjo le trajo la voz del hijo: fue una voz patética, desgarrada:
"pa... pa... a... a. Puso la mirada en lo obscuro y se dijo: "¿Me
habrá seguido Constantina?... Tornó a escuchar lo mismo: era el
ulular del viento. Había sido la voz del viento y el anhelo de ver
al hijo. Una y otra cosa fraguaron el llamado. Le entró una desazón
que manaba lágrimas. Empezó la idea de ausencia a batir alas en su
cabeza. Como jamás en su vida, estaba flojo de aliento. iCuánto
necesitaba la presencia del hijo y de la mujer! Se detuvo apretado
por la cerrazón y dio unos pasos contrarios a la marcha que
seguía. Una necesidad de hogar y familia se le removía en la
conciencia y dio los primeros pasos de un regreso dichoso,
reconfortante. Su casa lo aguardaba. Iba con los sentidos plenos de
fruición, de deleite. Al cabo de un instante de marcha, tornó a
sentir fuerte el corazón, el ánimo; firme el instinto como en los
días mejores.
De nuevo la piedad hacia los suyos hizo que retornara el camino al
río. Al reanudar la vuelta, pensando en que su presencia podía en su
casa ser fatal, se dijo: "No he de ir; cómo voy a llevar el terror y
la muerte a los míos".
Sintió a su lado una presencia incorpórea. ¿Qué invisible lo guiaba
o lo seguía? Trató de develar el misterio; se decía: ¿Y esta sombra
que me sigue?..."
Del rió se agitó y se extendió un viento de tormenta, suave de
frescura. Se encapotó el cielo. Piaron las aves del bañado. Una
montaña de nubes ganaba el espacio y se achicaba el cielo limpio. El
viento sacudía los pastos, quebraba las cañas y todo tomaba vuelo.
Un mar vegetal se movía.
¿Qué ruidos escuchó detrás suyo? Recogió, muy precavido, el
revólver al momento de agacharse e indagar. Se iluminó la neblina y
retumbó el suelo. Diego Montenegro cayó de boca, clavó la frente en
la arena. Sangre como la de toro, limpia y colorada, pasaba cantando
el glu glu por la abertura de las heridas. Se enlagunó la sangre y
se coaguló al borde de la cañada.
***
El cabo Cerdeña y el vigilante Rivas entran de a pie en el tacho de
don Ezequiel Ramos. Hallan sin gente el rancho, el corral sin
caballos y todo el campo vacío de animales. Es la hora que comienza
a levantarse, a hincharse la marea. Cuando el Río de la Plata,
creciendo sin tregua sube por el Matanza, la policía busca un
apostadero estratégico y lo halla en el abrojal: en el sitio que
media entre corral y río. A machetazos hacen un limpio, un nido en
el abrojal y allí se echan a la espera. Unas veces es la cabeza por
encima de los abrojos la que atisba al que vendrá con la tropilla
robada y otras es el oído pegado a la tierra. Están viviendo una
atmósfera de desconcierto, de desgano, de temor y de espanto.
Exclama el cabo Cerdeña, suspirando:
—Ya tumbamos a Diego Montenegro... Pero no me llena esa muerte: fue
de atrás.
—El pobre iba sonámbulo, enloquecido... Yo le tiré sin pasión; cerré
los ojos y pensé: "Que sea lo que Dios quiera", y lo bajamos. Dios
quiso su muerte.
—La quisimos nosotros.
—Pudimos evitarla... Esa es la verdad, lo cierto.
—El que mata de atrás carga con el alma del muerto; lleva el alma
del muerto de sombra. De mala sombra. Respiró fatigoso y añadió: —A
mí se me ha pegado de modo que a cada instante me enriedo con ella.
Le afirmo que el fantasma de Diego Montenegro me tiene sin aliento.
¿No oyó hablar de muertos que cercan a los vivos?..
—A las doce tumbaremos el último de los cuatreros, a Julio Parías.
Ya estaremos en paz con los cuatreros.
—Julio Parías trae robo de Marcos Paz. Viene al tacho con una
tropilla de a treinta.
—Hace ya cuatro noches cayó Diego Montenegro...
Esta noche muere Julio Parías....
—La consigna es ésta: cuando la tropilla cruce el río y el caballo
de Julio Parías venga nadando, le tiraremos. Que el muerto se hunda
en el agua y se pierda.
—Carnada para los pescados... Se lo comerán las tarariras.
—Me duele lo sucedido a Diego Montenegro. Los caranchos le vaciaron
los ojos.
—¿Qué piensa de lo que se propala; de que se le presentó a la mujer
la Virgen y le anunció la muerte y el lugar?
No creo en milagros... aunque hay algo en su favor, y es que llegó a
tiempo la mujer de espantarlos y cubrirlo con una manta. Ella contó
que los caranchos
revoloteaban por sobre el muerto con la angurria de comérselo,
embolsado.
Chistó por sobre sus cabezas una lechuza ceniza; revoloteó, y se
asentó encima del rancho. Los tuvo, de frente hasta que el cabo
Cerdeña protestó de que fijara en él los ojos luminosos y se alzó
para espantarla. Ya el miedo le había entrado en la carne, en los
sentidos. Su espíritu ya se sentía desposeído de valor.
En el camino, para espantarla, arrancó una vara de biznaga y
revoleándola gritó: "Fuera lechuza... Fuera... Fuera... Fuera..." La
lechuza saltó en un vuelo
colocándose junto a la puerta, sin huir. Parecía esperarlo;
solazarse en la espera. Chistó, agitó las alas, se elevó en vuelo
casi vertical y descendió cerca. Al cesar el vuelo chistó
nuevamente. El cabo Cerdeña, como sonámbulo, iba detrás. Al tenerlo
cerca batía las alas y se alejaba. En huída y persecución recorrían
todo el campo.
Salvador Cruceño, el peón del tacho, que dormía en el potrero,
fuera del rancho, por precaución y temor a la policía, se levantó,
echó los trapos que lo tapaban en el rancho y fuese a sentar en la
ribera del río. Pasó junto al vigilante Rivas y ni siquiera lo
descubrió entre los abrojos. La lechuza perseguida levantó un vuelo
alto, chistó tres veces en el aire y en un volar largo pasó al otro
lado del Matanza. El cabo Cerdeña dio un grito de terror y cayó de
boca, clavó la frente en el pasto.
* * *
El vigilante Rivas hace que su superior retorne a la vida. Le pone
el reflector de la linterna' en la cara. Lo halla lloroso, hipando,
gemidor. Tiene la boca espumosa; con baba como, un animal
hidrófobo. El vigilante Rivas lo refrescó con agua del río, le
cacheteó las mejillas y como si el cabo Cerdeña volviera de un
sueño miró a su alrededor con asombrado desgano. Compuso el físico y
se incorporó. Lo interroga el vigilante Rivas:
—¿Qué le sucedió que cayó a tierra? Creí que se me iba del mundo;
que finaba y lo remojé a lo bacalao; lo cacheteé como a enemigo. Así
se le fue el insulto.
—¿No vio que me acometió Diego Montenegro? Se arrojó sobre mi cuerpo
fantasma de lobisón.
—Vi que persiguió a una lechuza, que anduvo empecinado detrás de
ella y nada más. ¿A qué andaba detrás de la lechuza?
—No, Rivas;. ¿pero no vio nada? La lechuza se hizo lechuzón y daba
fieros ladridos de perro.
—Yo siempre vi a la lechuza y a usté siguiéndola.
—Atienda: el lechuzón se volvió perro y con la mirada honda me
atraía. Yo iba detrás sin saber por qué, desposeído de fuerza
interior, de fuerza de alma. El perro se transformó en lobo negro.
De la cabeza del lobo se formó la cabeza de Diego Montenegro. Soltó
una risa quejumbrosa y cayó de boca, con la misma caída de su
muerte. Rápido se levantó y volvió a reírse de mí; era una risa con
fuego de llamarada. Fue como un sacudón, me tiró y hundió en el
pasto. Yo vi cómo, después de aplastarme, corrió para el río. Y era
Diego Montenegro fantasma de lobizon.
—No traiga cosas estrafalarias: el que se acercó corriendo al río
no fue otro que el peón del tacho. Se escondió entre el chamical de
la orilla.
El cabo Cerdeña se tornó trémulo, vibraba y se estremecía como
junco en el agua. Le pidió al acompañante que lo devolviera a la
seccional. Una imaginación candente le daba nuevas imágenes del
cuatrero muerto. Nuevos fantasmas nacían y evolucionaban frente a
su camino. El cabo Cerdeña rugió su miedo y quiso huir. Para que no
disparara por los campos, el vigilante Rivas se le arrojó encima y
lo apresó.
* * *
La china Dionisia. a los reseros que vuelven de dejar la tropa en el
potrero de Wenceslao les aclara el misterio:
—No se puede matar a un hombre de atrás. Dios no le da licencia ni a
los policías. El alma del muerto se adueña del cuerpo del matador;
lo lleva por caminos extraviados hasta perderlo y hundirlo. Yo he
visto de estos sucesos, tantos... pero tantos...
La gente del bañado se alarmó con los más espeluznantes
comentarios. Aquella solidaridad habida después de la muerte hacía
que endiosaran a Diego Montenegro. Aseguraban que su fantasma puso a
buena recaudo la vida del otro cuatrero. Que mientras el muerto hizo
su aparición en el tacho, Julio Farías, desde el Puente de la Noria,
descubrió la luz de la linterna y cambió el rumbo que traía. Fuese
hacia los bajos de Laferrere, llevándose la caballada por delante.
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