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De
I
La señora Viviana Mastrocarbone
de Giannello nos estaba deleitando con un bello poema de su autoría.
Apenas unos minutos antes, nuestro presidente, el señor Chávez, la
había anunciado con su habitual galanura. Recuerdo con precisión
algunas de sus hermosas frases: “un florido raudal de iluminado
canto”, había dicho, y también se había referido, algo
sorpresivamente tal vez, al “femenino poder de su amoroso llamado”.
Recuerdo esas frases pues, como es sabido, los lucidos prefacios del
señor Chávez, de quien adelantaré que es español y jefe de ventas de
una importante inmobiliaria, suelen ser para nosotros casi tan
atractivos y dignos de recordar como los mismos poemas que, en tanto
presidente de la institución, se ve generalmente en el grato deber
de anunciar. Pero además las recuerdo por este otro detalle en
apariencia banal: mientras pronunciaba el señor Chávez sus palabras
de presentación, y más exactamente cuando, con grave y sugerente
voz, dijo aquello de “su amoroso llamado”, el señor Frugoni, quien
contra su costumbre se hallaba de pie y detrás de la última fila de
sillas, carraspeó dos veces en forma no diré ruidosa pero sí brusca,
o por lo menos demasiado ostensible. Atribuí este incómodo carraspeo
a la sorpresa, tal vez a la emoción, que las palabras del señor
Chávez le habían provocado, aunque más tarde comprendí, no sin
asombro, que el motivo de su intranquilidad, como pronto se verá,
era muy otro.
Ahora bien; a pesar de que el
estro poético de nuestra secretaria de actas no alcanza —debemos
reconocerlo— las finezas y excelsitudes del de Irene (quien entre
paréntesis, en la reunión del miércoles 26 de noviembre había sido
nombrada por unanimidad revisora de cuentas), la verdad es que sus
estrofas inspiradas, tiernas y por momentos dolorosas, nos llegaban
muy hondamente a todos. Debido a ello me llamó penosamente la
atención que el señor Frugoni, en general tan atento y sensible a
los poemas de nuestros asociados, y muy especialmente si pertenecen
al bello sexo, abandonara en forma imprevista la reunión, atravesara
el ancho patio con glicinas, y se dirigiese, con mal disimulada
preocupación, hacia la pequeña habitación del fondo donde se
encuentra el teléfono.
Miré de reoljo hacia mi derecha.
Irene, pendiente de las sugestivas imágenes y rítmicas entonaciones
de la señora de Giannello, parecía no haber percibido nada fuera de
lo común. Al contrario; su delicado perfil, que sobre el empapelado
azul de la salita de actos se destacaba como el de antiguo camafeo,
era la imagen misma de la concentración y de esa “mágica comunión en
poesía” a que hacen referencia nuestros estatutos. Su cuello fino y
nervioso se inclinaba hacia adelante, sus ojos se entrecerraban, los
delicados músculos de su rostro se contraían ligeramente, un mechón
de suaves cabellos rubios le sombreaba las sienes en cuya casi
transparente palidez era posible adivinar rítmicos latidos. Tuvo, lo
recuerdo, mientras con cierto disimulo la estaba mirando, algo como
un estremecimiento de frío. Extraño realmente, pues, si bien llevaba
puesto un liviano y elegante vestido color celeste sin mangas, la
tarde era bastante calurosa, y nadie —seguramente para no importunar
a la señora de Giannello— había querido encender el ventilador. Tal
vez estuviera un poco afiebrada, pensé, pues sin dejar de mirar
hacia el estrado, pero evidentemente algo achuchada o friolenta,
buscó un saquito de lana que tenía doblado junto a su cartera y se
lo colocó sobre los hombros. pero no, no era por suerte nada grave.
Pronto pasó su calofrío, y volvió a su rostro la serenidad de
siempre. Sentí en ése momento deseos de tomarle una mano. Sentí
necesidad de besársela y de declararle todo lo que siento por ella.
Recordé que el miércoles 26,
luego de la reunión donde por moción mía fue nombrada revisora de
cuentas, estuve a punto de hacerlo, pero la tristísima verdad es que
no me atreví. La acompañé esa noche por la sombreada calle Marcos
Sastre hasta Nazca donde ella toma su colectivo 110. Caminábamos
lentamente contemplando los árboles, los cercos, los jardines. La
noche era templada y hermosa. Vimos de pronto sobre un cerco de
ligustrina algo ya casi imposible de encontrar en Buenos Aires: un
bichito de luz. Nos detuvimos un buen rato a contemplarlo. Vimos al
alado prodigio dar un vuelo hacia el interior del cerco, y desde esa
oscuridad, encender y apagar su lucecita como saludándonos. Lo vimos
volar hacia la copa de una tuya y luego, siempre encendiéndose y
apagándose, volar hacia el fondo del jardín hasta desaparecer detrás
de una frondosa Santa Rita.
Irene no demostraba apuro por
volver a su casa. De tanto en tanto me dirigía una mirada tierna e
interrogante como si en realidad aguardara no sé qué cosa de mí.
Creo que jamás se me había presentado un momento más propicio. Sin
embargo, en todo el lento camino, como si una fuerza misteriosa me
hubiera impedido expresar con naturalidad mis verdaderos
sentimientos, sólo atiné a hablarle de lo excelente que me parecían
sus creaciones, y de lo justificada que consideraba la distinción
que la comisión directiva en pleno le había otorgado. Una tontería,
no puedo negarlo, pero me fue imposible hacer otra cosa.
Dejé a Irene en su colectivo, y
caminé unas cuadras por Nazca, avergonzado, y maldiciendo de mi casi
increíble timidez, de mi estúpida e imperdonable falta de decisión.
Recuerdo que al cruzar las vías del tren, oí bien claro el chistido
de una lechuza. Tuve la sensación de que hasta el cielo se estaba
burlando de mí.
De todas maneras nos
encontrábamos ahora en la sede de nuestra agrupación y no era el
momento —tenía por suerte de ello plena conciencia— para intentar lo
que mi cortedad, o mi súbita cobardía, para decirlo con todas las
letras, me había impedido llevar a cabo en un lugar y un momento sin
duda más apropiados. De modo, pues, que contuve mis inoportunos
impulsos y continué escuchando a la señora de Giannello con la
atención y el respeto que son normas de nuestra sociedad.
Nuestra secretaria de actas
hablaba en su poema de atardeceres y de lluvia. Aún recuerdo el
verso “cuál cariátide inmóvil en su pena” que, no obstante mi
inquietud (provocada tanto por la turbadora presencia de Irene como
por la intempestiva salida del señor Frugoni), me impresionó
dolorosamente. La señora Giannello leía con voz cálida y pausada;
sin embargo la hoja de carpeta “Rivadavia” escrita con su letra de
ángulos apasionados y un tanto agresivos, le temblaba ligeramente en
la mano. Percibí que los movimientos de la hoja se hicieron más
visibles a partir de la salida del señor Frugoni, y debido a este
pequeño detalle se me hizo de pronto más clara una situación que, al
principio, me pareció confusa e inexplicable. Contribuyeron a
aclarármela, no lo niego, las sentidas palabras del poema. En él, la
apasionada señora de Giannello mencionaba la insoportable soledad de
la espera. Soledad, decía “Que tu pecho cobarde no mitiga / preso en
horribles vanas ataduras / cual Laoconte herido por las sierpes.”
Recordé entonces que el señor
Frugoni, excelente poeta de vena gauchesca y propietario del bazar
“La Flor de Lis”, me había confiado semanas atrás serias
desavenencias con su mujer. Tan serias y violentas, me explicó, que
le habían impedido acabar durante esa semana el extenso poema “El
fantasma de la carreta”, que nos había anunciado y que se había
comprometido a leer aquel miércoles en la Agrupación.
Las desavenencias fueron
provocadas, según me lo dio a entender, por un inesperado amor
“tormentoso e imposible”. Recordé también que la señora Giannello
firmaba últimamente sus poemas con su nombre de soltera. Y que el
señor Giannello, quien antes solía venir a esperarla con su camión a
la salida de las tertulias, hacía tiempo que no se aparecía por
Teodoro Vilardebó 2562, donde tenemos nuestra sede.
Comprendí entonces la dolorosa
situación por la que atravesaban aquellos dos queridos miembros de
nuestra agrupación; sentí una gran pena por ellos y realmente temí
que algo grave podría llegar a ocurrir ese miércoles 3 de diciembre
cuando transcurría la trigésima quincuagésima sexta reunión de
poesía, en el décimo año de Polimnia.
II
DE AGENTE PASCUALI A OF.
SUBAYUDANTE COVAS
El día martes 18 de noviembre de
1975, siendo las 14:30 horas, me constituí en la esquina de Marcos
Sastre y Teodoro Vilardebó en cuyas inmediaciones permanecí hasta
las 20:43 horas en que se hizo presente el cabo Nicodemo Ramírez con
la expresa misión de suplantarme.
No observando al llegar
movimientos sospechosos de personas ni de vehículos, procedí a
caminar por la vereda de los números pares correspondientes al 2500
de Teodoro Vilardebó a fin de llevar a cabo una inspección ocular un
poco más in situ.
De resultas de ésta, constaté
que en el domicilio de Teodoro Vilardebó 2562 funciona una entidad,
o club social, o comité que lleva el nombre de POLIMNIA según reza
placa de bronce de tamaño aproximado 15 x 30 centímetros colocada en
el ángulo superior derecho de la puerta de entrada.
El domicilio permaneció
totalmente clausurado durante todo el tiempo de mi vigilancia, o sea
que nadie entró ni salió de allí entre las 14:30 horas y las 20:43
horas del día martes 18.
Informes de vecinos y
proveedores ante quienes figuré como inspector de obras sanitarias,
confirman los datos explicitados en la denuncia recibida el día 15
ppdo. Esto es: Los días miércoles aproximadamente a las 17 concurren
a ese domicilio entre 15 y 20 individuos de ambos sexos, los que
permanecen hasta aproximadamente las 21:30, retirándose luego en
pequeños grupos con el evidente objeto de no llamar la atención.
Por esa misma vía de información
se corrobora que quien figura como presidente de la entidad es en
efecto el sujeto Romualdo Chávez, cuyos antecedentes ya obran en
poder de esa superioridad.
Jesús Meijide, propietario de la
panadería “La Espiga de Oro”, sita en Baigorria 2199, informa que
los días lunes, miércoles y viernes, en horas de la mañana, concurre
a dicho domicilio una mujer conocida en el barrio como doña Zulema,
con el objeto de efectuar tareas de limpieza. El domicilio de dicha
Zulema, quien también efectuó estas tareas en casa de Meijide, es o
figura ser Helguera 4045, al fondo.
También informa Meijide que la
finca de Teodoro Vilardebó 2562, pertenecía hasta hace algunos años
a una anciana de apellido Lobos, hoy fallecida. Fue adquirida por la
Inmobiliaria DELOS, en donde aparentemente trabaja el mencionado
Romualdo Chávez, y por su intermediación, cedida en alquiler a
POLIMNIA.
Por todo lo dicho sugiero
reforzar vigilancia los días miércoles. El equipo fotográfico del
que se me hizo referencia verbal puede ubicarse frente a Teodoro
Vilardebó 2541 si se lo instala en el vehículo registrado como
taxímetro, y si, como bien sabe hacerlo el sargento Longo, se lo
disimula convenientemente.
III
Desde una alta y solitaria
cumbre del Olimpo, Afrodita, que ama las sonrisas, dirigía su divina
mirada ensombrecida de disgusto hacia una vieja casa de la calle
Teodoro Vilardebó, rica en paraísos, en donde un grupo de prudentes
y bien trajeados mortales escuchaba con unción las palabras de la
señora de Giannello.
Junto a la Diosa se encontraba
Hermes, el de los pies veloces, a quien el disgusto de Afrodita
llenaba de oscuro temor, en tanto que, apartada de ellos, apoyada
gravemente en su lanza pesada y sólida, se hallaba Atenea, la
indómita hija de Zeus, cuyos ojos claros centelleaban de orgullo y
de alegría por un triunfo reciente.
Y he aquí que Hermes, dolorido y
preocupado porque la Discordia se había introducido violenta entre
ambas Diosas, y temeroso del mal que esta Discordia podría hacer
descender sobre su protegido, el señor Frugoni, diestro en los
negocios, habló así el bello Hermes, el de las sandalias de oro, y
dirigió a Afrodita estas aladas palabras:
“Oh sin igual hija de Urano,
rubia Afrodita de hermosa cintura, de cuyos senos perfectos brotan
los deseos, y ante cuya tierna y ardorosa mirada nacen con rapidez
las flores innúmeras, se encelan rijosos todos los animales, y los
hombres y las mujeres caen en la dulce locura del amor, dime, te
ruego, el motivo de ese mohín de disgusto que, como una negra nube
que surge de pronto desde el tempestuoso mar en el verano y cubre
rápidamente una gran extensión de tierra, cubre tu divino rostro,
amado por Dioses y mortales.”
Y contestó así la bella
Afrodita, nacida de la espuma:
“¿Por qué me lo preguntas a mí,
divino Mensajero a quien alguna vez amé ardorosamente? Pregúntaselo
mejor a aquella que vigila armada de potente lanza como si fuera el
mismo Dios de la sangrienta guerra, a aquella en cuyos ojos de
lechuza brillan el triunfo y el regocijo a causa de la infamia
cometida en una bien arbolada calle de Villa del Parque contra mi
protegido.”
“Pregúntale para que ella misma
conteste tus palabras y te diga por medio de cuál artimaña, indigna
de una Inmortal, se valió de la Cortedad y de la Indecisión a fin de
que mi muy amado Pulicicchio, empequeñecido su corazón de cobardía,
desistiera de declarar su amor a la irreprochable Irene, la de
rubias guedejas, cuyo pecho yo había inflamado de dulce pasión,
convertida para ello en un bichito de luz que encendiendo y apagando
su minúscula lámpara, diligente aguardaba en un oscuro jardín de la
calle Marcos Sastre.”
Mas, sin dejar que Afrodita
terminara su acongojado discurso, agitando la cola de caballo de su
resplandeciente yelmo, llena de furor se incorporó y habló así la
terrible hija de Zeus, Atenea, la de los ojos claros:
“Calla de una vez, charlatana,
celestina, ramera, impenitente adúltera a quien tu legítimo esposo,
el excelente herrero Hefesto, cogió en una red sutil junto a tu
amante, el belicoso Ares, y así los expuso durante todo un día al
escarnio de los Inmortales.”
“Bien dices que, presurosa,
envié a la Cortedad y a la Indecisión a que revolotearan sobre la
calle Marcos Sastre, mientras yo, transformada en chistadora
lechuza, vigilaba el fiel cumplimiento de mis precisas órdenes.”
“Ello fue con objeto de que
enmudeciera la impúdica lengua de tu protegido, el encargado de
valores al cobro, José María Pulicicchio, evitándole así a la casta
Irene Bengoechea, grata a mis ojos pues es virgen, tejedora de
crochet, y dedicada totalmente a los quehaceres del intelecto, los
trastornos, locuras y sinsabores del voluble amor, que aparta a los
mortales de la virtud y del camino recto.”
“Y no solamente hice todo eso,
liviana, licenciosa Afrodita. También infundí un rígido sentido del
deber conyugal en el vacilante corazón del señor Frugoni, predilecto
de Hermes, a quien la ardiente señora Mastrocarbone de Giannello,
inducida por ti, oh infatigable maquinadora de insidias, pretendía
separar de su legítima esposa, a fin de que compartiera con ella su
despreciable lecho de adúltera.”
“Has de saberlo pues, celestina,
perdedora de hombres: no consentiré ninguno de tus manejos, pues el
corpulento y magnífico camionero Teófilo Giannello está desde hace
mucho tiempo bajo mi protección, ya que, debido a su índole poco
afecta a los placeres del lecho, es absolutamente fiel, a pesar de
que, montado en su enorme camión, realiza extensísimos viajes; no
permitiré por lo tanto que su legítima esposa, secundada por ti, lo
cubra de deshonra.”
Habló así la indómita Atenea, y
la muy dulce Afrodita hubo de contener su ira pues el refulgente
escudo y la pesada e infalible lanza de la Diosa se agitaban
peligrosamente a impulsos de su divina indignación.
Y al divino Hermes le temblaba
de pavor el extremo del caduceo y las ligeras alas de su casco y de
sus sandalias, pues la cólera de Atenea era como el presagio de una
terrible tempestad, y no se atrevía el bello y joven Mensajero a
defender con su elocuente palabra a su ex amante, Afrodita, la de
las lindas mejillas, y menos aún a tratar de ahuyentar valiéndose de
su caduceo a la violenta Discordia interpuesta entre ambas Diosas.
Temeroso pues el Dios de la
desgracia que esta divina cólera habría de ocasionar a los mortales,
en especial al señor Aníbal Frugoni a quien el rápido Mensajero
proporcionaba suerte en los negocios, y abundantes y lucrativas
ventas en el bazar “La Flor de Lis”, lleno de ansiedad dirigió su
mirada hacia la esquina de Marcos Sastre y Teodoro Vilardebó en el
umbroso barrio de Villa del Parque.
Y he aquí que, semejante a una
enorme y voraz ave comedora de carroña cuando gira implacable
trazando círculos cada vez más breves en torno de una vaca
moribunda, así una negra sombra se cernía pavorosa y trazaba lentos
círculos en torno a la casa de Teodoro Vilardebó 2562, en el barrio
de Villa del Parque.
Y habló entonces el alado
Hermes, a quien la oscura sombra había llenado de temor y de
funestos presagios, y dirigió hacia ambas Diosas estas prudentes
palabras:
“Diosas amadas, contened
siquiera por unos instantes vuestra terrible cólera, dirigid, por
favor, vuestras miradas hacia la calle Teodoro Vilardebó, y ved esa
lenta y horrible sombra, que en implacables círculos, se mueve en
torno a la casa donde, ignorantes de todo y escuchando gozosos a la
ardiente señora de Giannello, se encuentran nuestros protegidos.”
“Aguardad mi regreso, os lo
ruego, antes de continuar vuestra disputa, pues, rápido como el
pensamiento llegaré hasta la calle Teodoro Vilardebó entre Baigorria
y Marcos Sastre, diligente averiguaré quién es esa sombra, quién la
envía y qué es lo que busca o espera en aquel delicioso lugar, y
luego volveré y os traeré de ello verídicas noticias.”
Asintieron ambas Diosas con
ligeros movimientos de sus hermosas cabezas, y así como parte la
alada flecha del arco que un vigoroso brazo ha tendido hasta su
punto máximo, así partió el Mensajero Hermes hacia la casa de
Teodoro Vilardebó 2562, rebosante de glicinas.
IV
Hombrecitos, hermanos,
entretenidos camaradas de especie, compañeros en esta despiporrada,
transitoria aventura que llamamos vida, pasajeros fugaces de esta
pelota efímera que pelotudamente gira, y gira en el espacio.
Hombrecitos, apenas una nada,
una invisible cosquillita en el cosmos, apenas una copa de vidrio,
una osamenta, un cachito de acrílico entre el polvo reseco de un
planeta difunto que pelotudamente seguirá mañana girando y girando
en el espacio.
Hombrecitos, carajo,
pulguientos, asustados, enfermos monitos marchadores, aparecidos por
pura carambola de vaya a saber qué jodido entrevero de los genes en
algún mono mishio y atorrante (pero flor de padrillo, la verdad sea
dicha).
Hombrecitos, parientes pobres,
primos medio degenerados de tanto bicho hermoso, sosegado, sin
revires, perfecto (digo el lemur, el mono espléndido, rico como
ninguno en alimentos, el bisonte, de testuz respetable, el sigiloso
lobo que depreda en manada, la pantera, el delfín, la cebra, el
seguro elefante, el rápido venado inalcanzable, el prodigioso gato,
la ballena, el león... tan bien plantados todos, tan dignos todos,
tan de veras).
Puta, mis hombrecitos, mal
hechos, azorados, julepeados, sufrientes, eternos contempladores de
estrellas, curiosos, preguntones al pedo, bailarines de piantados
rituales, inquietos, movedizos, charlatanes, contadores de sueños,
contadores de extrañas pesadillas en que intervienen Dioses (a lo
mejor medidas en hexámetros) frangolladores incansables de la
madera, del barro, de la piedra, del bronce, de la lana, del cuero,
de absurdos dibujitos que simbolizan sueños, o gritos o palabras.
Hombrecitos, adoradores del
fuego, sopladores de flautas, golpeadores de parches, tocadores de
cuerdas tendidas en un arco, aulladores, proferidores de piantados
discursos que provocan el éxtasis, o el pavor, o el deseo, o la
risa.
Hombrecitos, carajo, conocedores
de la muerte, desesperados inventores de parodias de vida,
desesperados inventores de juguetes inútiles: el perfil coloreado de
una mano en la piedra, una máscara, un dolmen, la Biblia, el Taj-Mahal,
un enanito de jardín, los versos de la señora de Giannello, todo lo
mismo, siempre, siempre lo mismo, voces chivando en el desierto,
hermanos, angurria de no morir del todo, y bueno.
Hombrecitos, queridos,
entrañables hombrecitos: calzoncillos, ruleros, forúnculos,
barritos, camisas de dormir, reumatismos, soponcios, almorranas,
miedos, resfríos, malas digestiones.
Hombrecitos, sí, pero de pronto
generosa entrega, coraje, centelleos de hermosa piantadura, amor,
prodigio, prodigiosa belleza o heroísmo. Monitos marchadores sí,
pero de pronto hombres, semejantes a Dioses, pero de pronto Dioses.
Hombrecitos, mis hombrecitos,
puntitos hormigueando en la Tierra, todavía, jugando a cosas raras,
tambaleándose al borde de la muerte, cantando, preguntando,
maldiciendo... bastante divertidos si se los mira bien.
V
La Agrupación Polimnia / Poetas
Asociados de Villa del Parque (así aclarado figura en nuestras
tarjetas de invitación) es una institución de bien común, totalmente
dedicada al desarrollo y mejor conocimiento de las inquietudes
poéticas de sus asociados. Fue fundada el 21 de septiembre de 1965
por un selecto grupo de destacados poetas de la zona, a inspiración
de dos figuras señeras de la actividad cultural villaparquense: el
imponderable señor Romualdo Chávez, ya mencionado, y la señora
Brígida Ramírez de Urdampilleta, nuestra primera presidenta. El
retrato del noble y severo rostro de la difunta señora Urdampilleta,
junto con el retrato a la acuarela del prócer Domingo Faustino
Sarmiento pintado por ella y donado a Polimnia en ocasión de su
primer aniversario, presiden hoy a manera de perenne homenaje,
nuestra salita de actos. Con frecuencia, el señor Chávez, la señora
Zimmerman, o el joven Romilio Sosa, también a modo de recordación y
homenaje, leen poesías de nuestra ex presidenta. Son breves y
diáfanas composiciones de índole patriótica, dedicadas por lo
general a nuestros próceres, a diversos sabios y educadores, a
instituciones ( como las Fuerzas Armadas, la Dirección Nacional de
Vialidad, o la Caja de Ahorro), y a los distintos símbolos de la
Patria. Eran en verdad composiciones que la señora Ramírez de
Urdampilleta, tucumana y directora de colegio jubilada, solía leer
durante los actos conmemorativos de su colegio, y que muchas de sus
ex alumnas, Irene entre ellas, recuerdan con gran cariño y con
profunda admiración. En particular el joven Romilio Sosa, un
extraordinario recitador de resonancias telúricas, confiere a estos
poemas, de sentido lirismo pero al mismo tiempo de contenido
didáctico y moralizante, una arrolladora fuerza evocativa que
realmente a todos nos hace estremecer.
La Agrupación Polimnia es por lo
tanto, para la mayoría de nosotros, una bella palestra donde
ejercitamos y desplegamos nuestra vocación, y también —¿por qué no
decirlo?— un amistoso refugio para muchas soledades. Yo
particularmente debo a Polimnia mucho más de lo que cualquiera a
primera vista podría suponer. Es cierto que mi acendrada vocación
poética data de muchos años, pero también es cierto que nunca —si se
exceptúan dos sonetos que publiqué en La Razón de Villa
Devoto, y otro más, que tuvieron a bien incluirme en la Revista
de la Asociación Bancaria— nunca, nunca repito, habría podido
dar a conocer ésta mi antigua vocación con la asiduidad y sobre
todo, con esa acogida sensible, cordial e inteligente que es gala
principal de nuestra Agrupación.
Me especializo —con cierta
timidez lo digo— en el soneto. Esa forma poética cerrada, íntima,
perfecta, elaborada como una joya y capaz de expresar en su
cincelada geometría los más sutiles y complejos sentimientos es, y
seguramente lo será toda mi vida, mi forma natural de expresión.
Como algunos han de saber, no es una forma fácil, y son pocos entre
nuestros asociados (con excepción del señor Mastandrea, acerca de
cuyos sonetos prefiero no opinar por ahora), los que ocasionalmente
la frecuentan. Ello me ha otorgado cierto modesto prestigio en la
Agrupación, y me ha permitido, ya desde mis primeras lecturas en
público, ocupar un sitio, como se suele decir, tener un nombre
recordado y, me atrevo a decir, respetado entre los miembros de
Polimnia.
En estos momentos estoy
elaborando un tríptico de sonetos cuya oculta destinataria no es
otra que Irene. Ardo en deseos de tenerlos listos para leerlos en
una próxima tertulia de los miércoles. Y pienso si tácticamente no
me convendrá aguardar el efecto que no dudo han de tener estos
sonetos entre mis contertulios y en especial, claro está, en Irene,
cuya sensibilidad poética no exagero al decir que es exquisita,
antes de declararle formalmente mis sentimientos.
En sus comienzos las reuniones
semanales de Polimnia se realizaban en el local de la Peña
Folklórica “El Ombú”, o en una oficina desocupada que la Asociación
de Comerciantes de la Calle Cuenca nos cedía. Pero desde hace
aproximadamente cinco años la generosa e inteligente gestión del
señor Chávez nos permitió alquilar la bella casa de Teodoro
Vilardebó donde actualmente nos reunimos, y que quizá podamos
adquirir en propiedad dentro de poco tiempo.
Los miembros de Polimnia —tal
vez sea conveniente aclararlo— pertenecen a muy diversos estratos
sociales. Nos calumnian quienes insinúan que formamos un círculo
cerrado y de difícil acceso. No hay requerimientos especiales para
ser admitido como socio activo; fuera de las elementales exigencias
de moralidad pública y privada que cualquier agrupación o club suele
establecer. Sólo el amor a la poesía nos une, y está vedada, por
expreso mandato de nuestros estatutos, toda discusión referida a la
religión o a la política. Hay entre nos: maestras, empleados,
comerciantes, algún miembro del Rotary Club de la zona, profesoras
de música y profesionales. Pero también —y esto quiero recalcarlo—
hay obreros, amas de casa, y hasta algún estudiante que en algún
momento ha hecho su paso por la Agrupación.
Por su condición de honesto
solaz y cálido refugio espiritual, con frecuencia se acercan a la
sede de Polimnia: jubilados a quienes no satisfacen las consabidas
reuniones del café o de la plaza (no es mi caso, pero creo que lo
sería si, como ocurrirá dentro de pocos años, me llegara
sorpresivamente la jubilación), mujeres solas, solteras (es el caso
de Irene) o viudas, o señoras con hijos ya mayores y por lo tanto
con el tiempo suficiente para retomar antiguas vocaciones. Por el
mismo motivo no es infrecuente ver entre nosotros personas a quienes
algún impedimento físico hace difícil otro tipo de actividades
sociales. Un ejemplo es la señorita Kisternmacher, cultísima
profesora particular de varias asignaturas, entre ellas el idioma
alemán, y al mismo tiempo eximia poetisa (ha publicado dos libros y
algunos de sus poemas han sido incluidos en la sección literaria de
La Prensa), a quien trae su mamá, o a veces una muchacha de
servicio, en una silla de ruedas. O el ya nombrado Carlos Mastandrea,
cultor como yo, del soneto (debo confesar que con bastantes
deficiencias), que anda sobre muletas. Y casi me olvido del señor
Pasco, autor de bonitas letras para canciones folklóricas, que es no
vidente.
Lo cierto es que Polimnia nos
reúne y que, en medio de este caos de violencia y oscuros apetitos
que se cierne sobre Buenos Aires en este verano de 1975, nuestra
Agrupación es para nosotros una isla, un oasis de paz, un sitio
donde todavía el culto del espíritu prima sobre la burda materia y
bajo cuyo techo, y en especial junto a su patio florecido de
glicinas, encontramos al fin lo que con obstinación la vida nos hubo
negado durante tantos años: la posibilidad de crecer en hermandad
poética (son palabras de nuestros estatutos), de establecer contacto
con tantos bellos espíritus al conjuro de esta desinteresada,
sincera e irrenunciable vocación que a todos nos iguala: la poesía.
VI
DE OF. SUBAYUDANTE COVAS A OF.
PRINCIPAL FARÍAS
A las 15:48 horas del día
miércoles 19 de noviembre, fue estacionado el vehículo taxímetro de
la repartición en el lugar prefijado por el agente Pascuali. No
obstante hubo que correrlo luego diez metros hacia la calle
Baigorria a indicación del sargento Longo pues la presencia del
automóvil particular marca Peugeot, color verde, chapa N° 456.764 de
Cap. Fed., del que descendió el sujeto Romualdo Chávez, llegó a
dificultar parcialmente el ángulo de visión.
Levantada la capota de nuestro
vehículo a fin de simular falla en el motor o recalentamiento, la
dotación se distribuyó de acuerdo al siguiente plan: el que suscribe
se situó frente al volante descendiendo de tanto en tanto para
revisar el motor y aprovechar para echar una ojeada hacia el
interior del domicilio en vigilancia cuando se abría la puerta de
entrada. El cabo Ramírez se situó al lado, o sea también en el
asiento de adelante, con la metralleta en la mano (aunque
convenientemente oculta bajo una campera) en previsión de un ataque
por sorpresa. El sargento Longo, provisto de todos los implementos
fotográficos, se instaló en el asiento de atrás.
Desde nuestra hora de llegada
hasta las 16:24 no hubo ninguna novedad en el domicilio de Teodoro
Vilardebó 2562. A la hora antedicha tocó el timbre de entrada el
primero de los concurrentes a la reunión. Se trataba de un sujeto
grueso, de cabello entrecano y de entre 50 y 60 años, que era o
aparentaba ser rengo pues avanzaba por la calle con la ayuda de 2
(dos) muletas, aunque con llamativa rapidez según lo hizo notar el
sargento Longo. Acerca de este individuo cumplo en informar que el
cabo Ramírez cree recordar su cara y demás señas particulares, de
cuando revistaba en la seccional 37° pero dice que prefiere no
anticipar nada todavía, y que espera la remisión de los datos de
identificación para confirmar. Le franqueó la entrada el otro
individuo joven, morocho, de bigote recortado que, según el
correspondiente informe, ya había penetrado en horas de la mañana
provisto de llaves. Tanto del uno como del otro se pudieron tomar
varias fotografías.
A partir de las 16:40,
comenzaron a llegar los restantes individuos. Se presentaban solos,
o en grupos de dos o de tres. No tocaban timbre pues la puerta de
entrada permanecía sin llave de modo que abrían por sus propios
medios, entrando sin llamar. Todos ellos fueron cuidadosamente
fotografiados por el sargento Longo quien accionaba continuamente el
disparador de la cámara, y debió cambiar el rollo de película dos
veces.
El sujeto Romualdo Chávez llegó
a las 16:54. Descendió del ya descrito automóvil Peugeot color verde
(que estacionó frente a la casa) en compañía de una mujer, no siendo
ésta su habitual concubina de acuerdo a los informes que sobre él
poseemos.
A las 16:58 apareció por la
esquina de Marcos Sastre el individuo Aníbal Frugoni y penetró poco
después en la casa de la calle Teodoro Vilardebó. Con esto queda
plenamente confirmada la denuncia recibida el día 15 ppdo. en cuanto
a su concurrencia a reuniones en este domicilio.
A las 17:00 en punto se hizo
presente una persona de sexo femenino de unos 30 años, quien era
llevada en una silla de ruedas por otra mujer de mayor edad vestida
con cierta elegancia.
A las 17:08 horas dobló la
esquina de la calle Baigorria un individuo bajo, morocho, de unos 40
años, que aparentaba ser ciego pues golpeaba permanentemente el piso
valiéndose de un bastón delgado de color blanco. Penetró asimismo en
el domicilio y fue el último en llegar, ya que después de él no se
presentó ningún otro.
Penetraron en el domicilio de
Teodoro Vilardebó 2562 exactamente 18 individuos, a los cuales hay
que sumar el que ya se encontraba en el interior, lo que da un total
de 19 concurrentes a la reunión.
Se continuó ejerciendo atenta
vigilancia hasta pasadas las 22:00, con las únicas excepciones de
dos breves idas a un bar de la calle Cuenca a objeto de que
cumpliera urgentes necesidades el sargento Longo, el cual padecía de
descompostura de vientre.
Durante nuestra permanencia en
las inmediaciones del domicilio en cuestión pudimos escuchar en
repetidas oportunidades fuertes aplausos, los que parecían motivados
por discursos o proclamas que proferían diferentes oradores.
A las 21:35 se apagaron las
luces del edificio y comenzaron a retirarse los individuos en
pequeños grupos. No se utilizó la cámara fotográfica porque la luz
resultaba insuficiente.
El último en salir fue el ya
mencionado Romualdo Chávez quien echó llave a la puerta y se dirigió
hacia el Peugeot en compañía de dos mujeres a quienes invitó a subir
al auto siendo aceptado su ofrecimiento.
Se acompaña sobre conteniendo un
total de 52 (cincuenta y dos) fotografías.
Se aguardan datos
identificatorios a fin de proceder a ampliar las investigaciones.
Se sugiere disponer inmediato
seguimiento y/o vigilancia domiciliaria a los sujetos Romualdo
Chávez y Aníbal Frugoni.
P.D.:En caso de confirmarse la
identificación del sujeto que cree recordar el cabo Ramírez, se
trataría, según me lo acaba de manifestar a último momento, de un ex
quinielero e informante policial con quien tuvo algún trato en el
año 1962 y que nos podría ser de suma utilidad en este caso.
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