índice de autores

página principal   

Humberto Costantini

De dioses, hombrecitos y policías


 

Humberto Costantini (Buenos Aires, 1924 - Buenos Aires, 1987) fue poeta, narrador y dramaturgo.

Costantini ejerció a lo largo de su vida, junto a su casi secreta labor de investigador científico, los más diversos oficios: veterinario en pueblos de campaña, oficinista, corredor de comercio, ceramista, etc. Estas actividades le ayudaron a profundizar en el conocimiento y los matices que forman las capas medias de nuestra sociedad, con cuyos caracteres y lenguajes enriqueció su prosa.

Heredero del grupo de Boedo y de la preocupación social que lo definiera, Costantini participa y milita en las revistas literarias de izquierda de la década del 50 en las que se manifiesta de manera polémica contra el populismo y el pintoresquismo naturalista. Es por entonces cuando publica sus primeros cuentos, de temática realista y estilo expresionista. A lo largo de su obra, Costantini construye una personalidad literaria definida, la cual se vale de distintos elementos, como ser  los símbolos y las alegorías, los monólogos interiores de sus personajes, la literatura fantástica, el realismo mágico, el costumbrismo y hasta la mitología clásica, para abordar la que fuera, en definitiva, su principal obsesión: la alienación del hombre en una sociedad hostil. Una de las características de su estilo es la de llevar a sus personajes a situaciones límite, exasperando la realidad en grotesco.

Costantini fue una influencia notable entre los jóvenes escritores de la década del 60.

De por aquí nomás (1958); Un señor alto, rubio, de bigotes (1963); Tres monólogos (1964); Cuestiones con la vida (1966); Una vieja historia de caminantes (1966) y De dioses, hombrecitos y policías (¿?) son algunas de sus obras más recordadas.

 

De

I

La señora Viviana Mastrocarbone de Giannello nos estaba deleitando con un bello poema de su autoría. Apenas unos minutos antes, nuestro presidente, el señor Chávez, la había anunciado con su habitual galanura. Recuerdo con precisión algunas de sus hermosas frases: “un florido raudal de iluminado canto”, había dicho, y también se había referido, algo sorpresivamente tal vez, al “femenino poder de su amoroso llamado”. Recuerdo esas frases pues, como es sabido, los lucidos prefacios del señor Chávez, de quien adelantaré que es español y jefe de ventas de una importante inmobiliaria, suelen ser para nosotros casi tan atractivos y dignos de recordar como los mismos poemas que, en tanto presidente de la institución, se ve generalmente en el grato deber de anunciar. Pero además las recuerdo por este otro detalle en apariencia banal: mientras pronunciaba el señor Chávez sus palabras de presentación, y más exactamente cuando, con grave y sugerente voz, dijo aquello de “su amoroso llamado”, el señor Frugoni, quien contra su costumbre se hallaba de pie y detrás de la última fila de sillas, carraspeó dos veces en forma no diré ruidosa pero sí brusca, o por lo menos demasiado ostensible. Atribuí este incómodo carraspeo a la sorpresa, tal vez a la emoción, que las palabras del señor Chávez le habían provocado, aunque más tarde comprendí, no sin asombro, que el motivo de su intranquilidad, como pronto se verá, era muy otro.

Ahora bien; a pesar de que el estro poético de nuestra secretaria de actas no alcanza —debemos reconocerlo— las finezas y excelsitudes del de Irene (quien entre paréntesis, en la reunión del miércoles 26 de noviembre había sido nombrada por unanimidad revisora de cuentas), la verdad es que sus estrofas inspiradas, tiernas y por momentos dolorosas, nos llegaban muy hondamente a todos. Debido a ello me llamó penosamente la atención que el señor Frugoni, en general tan atento y sensible a los poemas de nuestros asociados, y muy especialmente si pertenecen al bello sexo, abandonara en forma imprevista la reunión, atravesara el ancho patio con glicinas, y se dirigiese, con mal disimulada preocupación, hacia la pequeña habitación del fondo donde se encuentra el teléfono.

Miré de reoljo hacia mi derecha. Irene, pendiente de las sugestivas imágenes y rítmicas entonaciones de la señora de Giannello, parecía no haber percibido nada fuera de lo común. Al contrario; su delicado perfil, que sobre el empapelado azul de la salita de actos se destacaba como el de antiguo camafeo, era la imagen misma de la concentración y de esa “mágica comunión en poesía” a que hacen referencia nuestros estatutos. Su cuello fino y nervioso se inclinaba hacia adelante, sus ojos se entrecerraban, los delicados músculos de su rostro se contraían ligeramente, un mechón de suaves cabellos rubios le sombreaba las sienes en cuya casi transparente palidez era posible adivinar rítmicos latidos. Tuvo, lo recuerdo, mientras con cierto disimulo la estaba mirando, algo como un estremecimiento de frío. Extraño realmente, pues, si bien llevaba puesto un liviano y elegante vestido color celeste sin mangas, la tarde era bastante calurosa, y nadie —seguramente para no importunar a la señora de Giannello— había querido encender el ventilador. Tal vez estuviera un poco afiebrada, pensé, pues sin dejar de mirar hacia el estrado, pero evidentemente algo achuchada o friolenta, buscó un saquito de lana que tenía doblado junto a su cartera y se lo colocó sobre los hombros. pero no, no era por suerte nada grave. Pronto pasó su calofrío, y volvió a su rostro la serenidad de siempre. Sentí en ése momento deseos de tomarle una mano. Sentí necesidad de besársela y de declararle todo lo que siento por ella.

Recordé que el miércoles 26, luego de la reunión donde por moción mía fue nombrada revisora de cuentas, estuve a punto de hacerlo, pero la tristísima verdad es que no me atreví. La acompañé esa noche por la sombreada calle Marcos Sastre hasta Nazca donde ella toma su colectivo 110. Caminábamos lentamente contemplando los árboles, los cercos, los jardines. La noche era templada y hermosa. Vimos de pronto sobre un cerco de ligustrina algo ya casi imposible de encontrar en Buenos Aires: un bichito de luz. Nos detuvimos un buen rato a contemplarlo. Vimos al alado prodigio dar un vuelo hacia el interior del cerco, y desde esa oscuridad, encender y apagar su lucecita como saludándonos. Lo vimos volar hacia la copa de una tuya y luego, siempre encendiéndose y apagándose, volar hacia el fondo del jardín hasta desaparecer detrás de una frondosa Santa Rita.

Irene no demostraba apuro por volver a su casa. De  tanto en tanto me dirigía una mirada tierna e interrogante como si en realidad aguardara no sé qué cosa de mí. Creo que jamás se me había presentado un momento más propicio. Sin embargo, en todo el lento camino, como si una fuerza misteriosa me hubiera impedido expresar con naturalidad mis verdaderos sentimientos, sólo atiné a hablarle de lo excelente que me parecían sus creaciones, y de lo justificada que consideraba la distinción que la comisión directiva en pleno le había otorgado. Una tontería, no puedo negarlo, pero me fue imposible hacer otra cosa.

Dejé a Irene en su colectivo, y caminé unas cuadras por Nazca, avergonzado, y maldiciendo de mi casi increíble timidez, de mi estúpida e imperdonable falta de decisión. Recuerdo que al cruzar las vías del tren, oí bien claro el chistido de una lechuza. Tuve la sensación de que hasta el cielo se estaba burlando de mí.

De todas maneras nos encontrábamos ahora en la sede de nuestra agrupación y no era el momento —tenía por suerte de ello plena conciencia— para intentar lo que mi cortedad, o mi súbita cobardía, para decirlo con todas las letras, me había impedido llevar a cabo en un lugar y un momento sin duda más apropiados. De modo, pues, que contuve mis inoportunos impulsos y continué escuchando a la señora de Giannello con la atención y el respeto que son normas de nuestra sociedad.

Nuestra secretaria de actas hablaba en su poema de atardeceres y de lluvia. Aún recuerdo el verso “cuál cariátide inmóvil en su pena” que, no obstante mi inquietud (provocada tanto por la turbadora presencia de Irene como por la intempestiva salida del señor Frugoni), me impresionó dolorosamente. La señora Giannello leía con voz cálida y pausada; sin embargo la hoja de carpeta “Rivadavia” escrita con su letra de ángulos apasionados y un tanto agresivos, le temblaba ligeramente en la mano. Percibí que los movimientos de la hoja se hicieron más visibles a partir de la salida del señor Frugoni, y debido a este pequeño detalle se me hizo de pronto más clara una situación que, al principio, me pareció confusa e inexplicable. Contribuyeron a aclarármela, no lo niego, las sentidas palabras del poema. En él, la apasionada señora de Giannello mencionaba la insoportable soledad de la espera. Soledad, decía “Que tu pecho cobarde no mitiga / preso en horribles vanas ataduras / cual Laoconte herido por las sierpes.”

Recordé entonces que el señor Frugoni, excelente poeta de vena gauchesca y propietario del bazar “La Flor de Lis”, me había confiado semanas atrás serias desavenencias con su mujer. Tan serias y violentas, me explicó, que le habían impedido acabar durante esa semana el extenso poema “El fantasma de la carreta”, que nos había anunciado y que se había comprometido a leer aquel miércoles en la Agrupación.

Las desavenencias fueron provocadas, según me lo dio a entender, por un inesperado amor “tormentoso e imposible”. Recordé también que la señora Giannello firmaba últimamente sus poemas con su nombre de soltera. Y que el señor Giannello, quien antes solía venir a esperarla con su camión a la salida de las tertulias, hacía tiempo que no se aparecía por Teodoro Vilardebó 2562, donde tenemos nuestra sede.

Comprendí entonces la dolorosa situación por la que atravesaban aquellos dos queridos miembros de nuestra agrupación; sentí una gran pena por ellos y realmente temí que algo grave podría llegar a ocurrir ese miércoles 3 de diciembre cuando transcurría la trigésima quincuagésima sexta reunión de poesía, en el décimo año de Polimnia.

 

II

DE AGENTE PASCUALI A OF. SUBAYUDANTE COVAS

El día martes 18 de noviembre de 1975, siendo las 14:30 horas, me constituí en la esquina de Marcos Sastre y Teodoro Vilardebó en cuyas inmediaciones permanecí hasta las 20:43 horas en que se hizo presente el cabo Nicodemo Ramírez con la expresa misión de suplantarme.

No observando al llegar movimientos sospechosos de personas ni de vehículos, procedí a caminar por la vereda de los números pares correspondientes al 2500 de Teodoro Vilardebó a fin de llevar a cabo una inspección ocular un poco más in situ.

De resultas de ésta, constaté que en el domicilio de Teodoro Vilardebó 2562 funciona una entidad, o club social, o comité que lleva el nombre de POLIMNIA según reza placa de bronce de tamaño aproximado 15 x 30 centímetros colocada en el ángulo superior derecho de la puerta de entrada.

El domicilio permaneció totalmente clausurado durante todo el tiempo de mi vigilancia, o sea que nadie entró ni salió de allí entre las 14:30 horas y las 20:43 horas del día martes 18.

Informes de vecinos y proveedores ante quienes figuré como inspector de obras sanitarias, confirman los datos explicitados en la denuncia recibida el día 15 ppdo. Esto es: Los días miércoles aproximadamente a las 17 concurren a ese domicilio entre 15 y 20 individuos de ambos sexos, los que permanecen hasta aproximadamente las 21:30, retirándose luego en pequeños grupos con el evidente objeto de no llamar la atención.

Por esa misma vía de información se corrobora que quien figura como presidente de la entidad es en efecto el sujeto Romualdo Chávez, cuyos antecedentes ya obran en poder de esa superioridad.

Jesús Meijide, propietario de la panadería “La Espiga de Oro”, sita en Baigorria 2199, informa que los días lunes, miércoles y viernes, en horas de la mañana, concurre a dicho domicilio una mujer conocida en el barrio como doña Zulema, con el objeto de efectuar tareas de limpieza. El domicilio de dicha Zulema, quien también efectuó estas tareas en casa de Meijide, es o figura ser Helguera 4045, al fondo.

También informa Meijide que la finca de Teodoro Vilardebó 2562, pertenecía hasta hace algunos años a una anciana de apellido Lobos, hoy fallecida. Fue adquirida por la Inmobiliaria DELOS, en donde aparentemente trabaja el mencionado Romualdo Chávez, y por su intermediación, cedida en alquiler a POLIMNIA.

Por todo lo dicho sugiero reforzar vigilancia los días miércoles. El equipo fotográfico del que se me hizo referencia verbal puede ubicarse frente a Teodoro Vilardebó 2541 si se lo instala en el vehículo registrado como taxímetro, y si, como bien sabe hacerlo el sargento Longo, se lo disimula convenientemente.

 

III

Desde una alta y solitaria cumbre del Olimpo, Afrodita, que ama las sonrisas, dirigía su divina mirada ensombrecida de disgusto hacia una vieja casa de la calle Teodoro Vilardebó, rica en paraísos, en donde un grupo de prudentes y bien trajeados mortales escuchaba con unción las palabras de la señora de Giannello.

Junto a la Diosa se encontraba Hermes, el de los pies veloces, a quien el disgusto de Afrodita llenaba de oscuro temor, en tanto que, apartada de ellos, apoyada gravemente en su lanza pesada y sólida, se hallaba Atenea, la indómita hija de Zeus, cuyos ojos claros centelleaban de orgullo y de alegría por un triunfo reciente.

Y he aquí que Hermes, dolorido y preocupado porque la Discordia se había introducido violenta entre ambas Diosas, y temeroso del mal que esta Discordia podría hacer descender sobre su protegido, el señor Frugoni, diestro en los negocios, habló así el bello Hermes, el de las sandalias de oro, y dirigió a Afrodita estas aladas palabras:

“Oh sin igual hija de Urano, rubia Afrodita de hermosa cintura, de cuyos senos perfectos brotan los deseos, y ante cuya tierna y ardorosa mirada nacen con rapidez las flores innúmeras, se encelan rijosos todos los animales, y los hombres y las mujeres caen en la dulce locura del amor, dime, te ruego, el motivo de ese mohín de disgusto que, como una negra nube que surge de pronto desde el tempestuoso mar en el verano y cubre rápidamente una gran extensión de tierra, cubre tu divino rostro, amado por Dioses y mortales.”

Y contestó así la bella Afrodita, nacida de la espuma:

“¿Por qué me lo preguntas a mí, divino Mensajero a quien alguna vez amé ardorosamente? Pregúntaselo mejor a aquella que vigila armada de potente lanza como si fuera el mismo Dios de la sangrienta guerra, a aquella en cuyos ojos de lechuza brillan el triunfo y el regocijo a causa de la infamia cometida en una bien arbolada calle de Villa del Parque contra mi protegido.”

“Pregúntale para que ella misma conteste tus palabras y te diga por medio de cuál artimaña, indigna de una Inmortal, se valió de la Cortedad y de la Indecisión a fin de que mi muy amado Pulicicchio, empequeñecido su corazón de cobardía, desistiera de declarar su amor a la irreprochable Irene, la de rubias guedejas, cuyo pecho yo había inflamado de dulce pasión, convertida para ello en un bichito de luz que encendiendo y apagando su minúscula lámpara, diligente aguardaba en un oscuro jardín de la calle Marcos Sastre.”

Mas, sin dejar que Afrodita terminara su acongojado discurso, agitando la cola de caballo de su resplandeciente yelmo, llena de furor se incorporó y habló así la terrible hija de Zeus, Atenea, la de los ojos claros:

“Calla de una vez, charlatana, celestina, ramera, impenitente adúltera a quien tu legítimo esposo, el excelente herrero Hefesto, cogió en una red sutil junto a tu amante, el belicoso Ares, y así los expuso durante todo un día al escarnio de los Inmortales.”

“Bien dices que, presurosa, envié a la Cortedad y a la Indecisión a que revolotearan sobre la calle Marcos Sastre, mientras yo, transformada en chistadora lechuza, vigilaba el fiel cumplimiento de mis precisas órdenes.”

“Ello fue con objeto de que enmudeciera la impúdica lengua de tu protegido, el encargado de valores al cobro, José María Pulicicchio, evitándole así a la casta Irene Bengoechea, grata a mis ojos pues es virgen, tejedora de crochet, y dedicada totalmente a los quehaceres del intelecto, los trastornos, locuras y sinsabores del voluble amor, que aparta a los mortales de la virtud y del camino recto.”

“Y no solamente hice todo eso, liviana, licenciosa Afrodita. También infundí un rígido sentido del deber conyugal en el vacilante corazón del señor Frugoni, predilecto de Hermes, a quien la ardiente señora Mastrocarbone de Giannello, inducida por ti, oh infatigable maquinadora de insidias, pretendía separar de su legítima esposa, a fin de que compartiera con ella su despreciable lecho de adúltera.”

“Has de saberlo pues, celestina, perdedora de hombres: no consentiré ninguno de tus manejos, pues el corpulento y magnífico camionero Teófilo Giannello está desde hace mucho tiempo bajo mi protección, ya que, debido a su índole poco afecta a los placeres del lecho, es absolutamente fiel, a pesar de que, montado en su enorme camión, realiza extensísimos viajes; no permitiré por lo tanto que su legítima esposa, secundada por ti, lo cubra de deshonra.”

Habló así la indómita Atenea, y la muy dulce Afrodita hubo de contener su ira pues el refulgente escudo y la pesada e infalible lanza de la Diosa se agitaban peligrosamente a impulsos de su divina indignación.

Y al divino Hermes le temblaba de pavor el extremo del caduceo y las ligeras alas de su casco y de sus sandalias, pues la cólera de Atenea era como el presagio de una terrible tempestad, y no se atrevía el bello y joven Mensajero a defender con su elocuente palabra a su ex amante, Afrodita, la de las lindas mejillas, y menos aún a tratar de ahuyentar valiéndose de su caduceo a la violenta Discordia interpuesta entre ambas Diosas.

Temeroso pues el Dios de la desgracia que esta divina cólera habría de ocasionar a los mortales, en especial al señor Aníbal Frugoni a quien el rápido Mensajero proporcionaba suerte en los negocios, y abundantes y lucrativas ventas en el bazar “La Flor de Lis”, lleno de ansiedad dirigió su mirada hacia la esquina de Marcos Sastre y Teodoro Vilardebó en el umbroso barrio de Villa del Parque.

Y he aquí que, semejante a una enorme y voraz ave comedora de carroña cuando gira implacable trazando círculos cada vez más breves en torno de una vaca moribunda, así una negra sombra se cernía pavorosa y trazaba lentos círculos en torno a la casa de Teodoro Vilardebó 2562, en el barrio de Villa del Parque.

Y habló entonces el alado Hermes, a quien la oscura sombra había llenado de temor y de funestos presagios, y dirigió hacia ambas Diosas estas prudentes palabras:

“Diosas amadas, contened siquiera por unos instantes vuestra terrible cólera, dirigid, por favor, vuestras miradas hacia la calle Teodoro Vilardebó, y ved esa lenta y horrible sombra, que en implacables círculos, se mueve en torno a la casa donde, ignorantes de todo y escuchando gozosos a la ardiente señora de Giannello, se encuentran nuestros protegidos.”

“Aguardad mi regreso, os lo ruego, antes de continuar vuestra disputa, pues, rápido como el pensamiento llegaré hasta la calle Teodoro Vilardebó entre Baigorria y Marcos Sastre, diligente averiguaré quién es esa sombra, quién la envía y qué es lo que busca o espera en aquel delicioso lugar, y luego volveré y os traeré de ello verídicas noticias.”

Asintieron ambas Diosas con ligeros movimientos de sus hermosas cabezas, y así como parte la alada flecha del arco que un vigoroso brazo ha tendido hasta su punto máximo, así partió el Mensajero Hermes hacia la casa de Teodoro Vilardebó 2562, rebosante de glicinas.

 

IV

Hombrecitos, hermanos, entretenidos camaradas de especie, compañeros en esta despiporrada, transitoria aventura que llamamos vida, pasajeros fugaces de esta pelota efímera que pelotudamente gira, y gira en el espacio.

Hombrecitos, apenas una nada, una invisible cosquillita en el cosmos, apenas una copa de vidrio, una osamenta, un cachito de acrílico entre el polvo reseco de un planeta difunto que pelotudamente seguirá mañana girando y girando en el espacio.

Hombrecitos, carajo, pulguientos, asustados, enfermos monitos marchadores, aparecidos por pura carambola de vaya a saber qué jodido entrevero de los genes en algún mono mishio y atorrante (pero flor de padrillo, la verdad sea dicha).

Hombrecitos, parientes pobres, primos medio degenerados de tanto bicho hermoso, sosegado, sin revires, perfecto (digo el lemur, el mono espléndido, rico como ninguno en alimentos, el bisonte, de testuz respetable, el sigiloso lobo que depreda en manada, la pantera, el delfín, la cebra, el seguro elefante, el rápido venado inalcanzable, el prodigioso gato, la ballena, el león... tan bien plantados todos, tan dignos todos, tan de veras).

Puta, mis hombrecitos, mal hechos, azorados, julepeados, sufrientes, eternos contempladores de estrellas, curiosos, preguntones al pedo, bailarines de piantados rituales, inquietos, movedizos, charlatanes, contadores de sueños, contadores de extrañas pesadillas en que intervienen Dioses (a lo mejor medidas en hexámetros) frangolladores incansables de la madera, del barro, de la piedra, del bronce, de la lana, del cuero, de absurdos dibujitos que simbolizan sueños, o gritos o palabras.

Hombrecitos, adoradores del fuego, sopladores de flautas, golpeadores de parches, tocadores de cuerdas tendidas en un arco, aulladores, proferidores de piantados discursos que provocan el éxtasis, o el pavor, o el deseo, o la risa.

Hombrecitos, carajo, conocedores de la muerte, desesperados inventores de parodias de vida, desesperados inventores de juguetes inútiles: el perfil coloreado de una mano en la piedra, una máscara, un dolmen, la Biblia, el Taj-Mahal, un enanito de jardín, los versos de la señora de Giannello, todo lo mismo, siempre, siempre lo mismo, voces chivando en el desierto, hermanos, angurria de no morir del todo, y bueno.

Hombrecitos, queridos, entrañables hombrecitos: calzoncillos, ruleros, forúnculos, barritos, camisas de dormir, reumatismos, soponcios, almorranas, miedos, resfríos, malas digestiones.

Hombrecitos, sí, pero de pronto generosa entrega, coraje, centelleos de hermosa piantadura, amor, prodigio, prodigiosa belleza o heroísmo. Monitos marchadores sí, pero de pronto hombres, semejantes a Dioses, pero de pronto Dioses.

Hombrecitos, mis hombrecitos, puntitos hormigueando en la Tierra, todavía, jugando a cosas raras, tambaleándose al borde de la muerte, cantando, preguntando, maldiciendo... bastante divertidos si se los mira bien.

 

V

La Agrupación Polimnia / Poetas Asociados de Villa del Parque (así aclarado figura en nuestras tarjetas de invitación) es una institución de bien común, totalmente dedicada al desarrollo y mejor conocimiento de las inquietudes poéticas de sus asociados. Fue fundada el 21 de septiembre de 1965 por un selecto grupo de destacados poetas de la zona, a inspiración de dos figuras señeras de la actividad cultural villaparquense: el imponderable señor Romualdo Chávez, ya mencionado, y la señora Brígida Ramírez de Urdampilleta, nuestra primera presidenta. El retrato del noble y severo rostro de la difunta señora Urdampilleta, junto con el retrato a la acuarela del prócer Domingo Faustino Sarmiento pintado por ella y donado a Polimnia en ocasión de su primer aniversario, presiden hoy a manera de perenne homenaje, nuestra salita de actos. Con frecuencia, el señor Chávez, la señora Zimmerman, o el joven Romilio Sosa, también a modo de recordación y homenaje, leen poesías de nuestra ex presidenta. Son breves y diáfanas composiciones de índole patriótica, dedicadas por lo general a nuestros próceres, a diversos sabios y educadores, a instituciones ( como las Fuerzas Armadas, la Dirección Nacional de Vialidad, o la Caja de Ahorro), y a los distintos símbolos de la Patria. Eran en verdad composiciones que la señora Ramírez de Urdampilleta, tucumana y directora de colegio jubilada, solía leer durante los actos conmemorativos de su colegio, y que muchas de sus ex alumnas, Irene entre ellas, recuerdan con gran cariño y con profunda admiración. En particular el joven Romilio Sosa, un extraordinario recitador de resonancias telúricas, confiere a estos poemas, de sentido lirismo pero al mismo tiempo de contenido didáctico y moralizante, una arrolladora fuerza evocativa que realmente a todos nos hace estremecer.

La Agrupación Polimnia es por lo tanto, para la mayoría de nosotros, una bella palestra donde ejercitamos y desplegamos nuestra vocación, y también —¿por qué no decirlo?— un amistoso refugio para muchas soledades. Yo particularmente debo a Polimnia mucho más de lo que cualquiera a primera vista podría suponer. Es cierto que mi acendrada vocación poética data de muchos años, pero también es cierto que nunca —si se exceptúan dos sonetos que publiqué en La Razón de Villa Devoto, y otro más, que tuvieron a bien incluirme en la Revista de la Asociación Bancaria— nunca, nunca repito, habría podido dar a conocer ésta mi antigua vocación con la asiduidad y sobre todo, con esa acogida sensible, cordial e inteligente que es gala principal de nuestra Agrupación.

Me especializo —con cierta timidez lo digo— en el soneto. Esa forma poética cerrada, íntima, perfecta, elaborada como una joya y capaz de expresar en su cincelada geometría los más sutiles y complejos sentimientos es, y seguramente lo será toda mi vida, mi forma natural de expresión. Como algunos han de saber, no es una forma fácil, y son pocos entre nuestros asociados (con excepción del señor Mastandrea, acerca de cuyos sonetos prefiero no opinar por ahora), los que ocasionalmente la frecuentan. Ello me ha otorgado cierto modesto prestigio en la Agrupación, y me ha permitido, ya desde mis primeras lecturas en público, ocupar un sitio, como se suele decir, tener un nombre recordado y, me atrevo a decir, respetado entre los miembros de Polimnia.

En estos momentos estoy elaborando un tríptico de sonetos cuya oculta destinataria no es otra que Irene. Ardo en deseos de tenerlos listos para leerlos en una próxima tertulia de los miércoles. Y pienso si tácticamente no me convendrá aguardar el efecto que no dudo han de tener estos sonetos entre mis contertulios y en especial, claro está, en Irene, cuya sensibilidad poética no exagero al decir que es exquisita, antes de declararle formalmente mis sentimientos.

En sus comienzos las reuniones semanales de Polimnia se realizaban en el local de la Peña Folklórica “El Ombú”, o en una oficina desocupada que la Asociación de Comerciantes de la Calle Cuenca nos cedía. Pero desde hace aproximadamente cinco años la generosa e inteligente gestión del señor Chávez nos permitió alquilar la bella casa de Teodoro Vilardebó donde actualmente nos reunimos, y que quizá podamos adquirir en propiedad dentro de poco tiempo.

Los miembros de Polimnia —tal vez sea conveniente aclararlo— pertenecen a muy diversos estratos sociales. Nos calumnian quienes insinúan que formamos un círculo cerrado y de difícil acceso. No hay requerimientos especiales para ser admitido como socio activo; fuera de las elementales exigencias de moralidad pública y privada que cualquier agrupación o club suele establecer. Sólo el amor a la poesía nos une, y está vedada, por expreso mandato de nuestros estatutos, toda discusión referida a la religión o a la política. Hay entre nos: maestras, empleados, comerciantes, algún miembro del Rotary Club de la zona, profesoras de música y profesionales. Pero también —y esto quiero recalcarlo— hay obreros, amas de casa, y hasta algún estudiante que en algún momento ha hecho su paso por la Agrupación.

Por su condición de honesto solaz y cálido refugio espiritual, con frecuencia se acercan a la sede de Polimnia: jubilados a quienes no satisfacen las consabidas reuniones del café o de la plaza (no es mi caso, pero creo que lo sería si, como ocurrirá dentro de pocos años, me llegara sorpresivamente la jubilación), mujeres solas, solteras (es el caso de Irene) o viudas, o señoras con hijos ya mayores y por lo tanto con el tiempo suficiente para retomar antiguas vocaciones. Por el mismo motivo no es infrecuente ver entre nosotros personas a quienes algún impedimento físico hace difícil otro tipo de actividades sociales. Un ejemplo es la señorita Kisternmacher, cultísima profesora particular de varias asignaturas, entre ellas el idioma alemán, y al mismo tiempo eximia poetisa (ha publicado dos libros y algunos de sus poemas han sido incluidos en la sección literaria de La Prensa), a quien trae su mamá, o a veces una muchacha de servicio, en una silla de ruedas. O el ya nombrado Carlos Mastandrea, cultor como yo, del soneto (debo confesar que con bastantes deficiencias), que anda sobre muletas. Y casi me olvido del señor Pasco, autor de bonitas letras para canciones folklóricas, que es no vidente.

Lo cierto es que Polimnia nos reúne y que, en medio de este caos de violencia y oscuros apetitos que se cierne sobre Buenos Aires en este verano de 1975, nuestra Agrupación es para nosotros una isla, un oasis de paz, un sitio donde todavía el culto del espíritu prima sobre la burda materia y bajo cuyo techo, y en especial junto a su patio florecido de glicinas, encontramos al fin lo que con obstinación la vida nos hubo negado durante tantos años: la posibilidad de crecer en hermandad poética (son palabras de nuestros estatutos), de establecer contacto con tantos bellos espíritus al conjuro de esta desinteresada, sincera e irrenunciable vocación que a todos nos iguala: la poesía.

 

VI

DE OF. SUBAYUDANTE COVAS A OF. PRINCIPAL FARÍAS

A las 15:48 horas del día miércoles 19 de noviembre, fue estacionado el vehículo taxímetro de la repartición en el lugar prefijado por el agente Pascuali. No obstante hubo que correrlo luego diez metros hacia la calle Baigorria a indicación del sargento Longo pues la presencia del automóvil particular marca Peugeot, color verde, chapa N° 456.764 de Cap. Fed., del que descendió el sujeto Romualdo Chávez, llegó a dificultar parcialmente el ángulo de visión.

Levantada la capota de nuestro vehículo a fin de simular falla en el motor o recalentamiento, la dotación se distribuyó de acuerdo al siguiente plan: el que suscribe se situó frente al volante descendiendo de tanto en tanto para revisar el motor y aprovechar para echar una ojeada hacia el interior del domicilio en vigilancia cuando se abría la puerta de entrada. El cabo Ramírez se situó al lado, o sea también en el asiento de adelante, con la metralleta en la mano (aunque convenientemente oculta bajo una campera) en previsión de un ataque por sorpresa. El sargento Longo, provisto de todos los implementos fotográficos, se instaló en el asiento de atrás.

Desde nuestra hora de llegada hasta las 16:24 no hubo ninguna novedad en el domicilio de Teodoro Vilardebó 2562. A la hora antedicha tocó el timbre de entrada el primero de los concurrentes a la reunión. Se trataba de un sujeto grueso, de cabello entrecano y de entre 50 y 60 años, que era o aparentaba ser rengo pues avanzaba por la calle con la ayuda de 2 (dos) muletas, aunque con llamativa rapidez según lo hizo notar el sargento Longo. Acerca de este individuo cumplo en informar que el cabo Ramírez cree recordar su cara y demás señas particulares, de cuando revistaba en la seccional 37° pero dice que prefiere no anticipar nada todavía, y que espera la remisión de los datos de identificación para confirmar. Le franqueó la entrada el otro individuo joven, morocho, de bigote recortado que, según el correspondiente informe, ya había penetrado en horas de la mañana provisto de llaves. Tanto del uno como del otro se pudieron tomar varias fotografías.

A partir de las 16:40, comenzaron a llegar los restantes individuos. Se presentaban solos, o en grupos de dos o de tres. No tocaban timbre pues la puerta de entrada permanecía sin llave de modo que abrían por sus propios medios, entrando sin llamar. Todos ellos fueron cuidadosamente fotografiados por el sargento Longo quien accionaba continuamente el disparador de la cámara, y debió cambiar el rollo de película dos veces.

El sujeto Romualdo Chávez llegó a las 16:54. Descendió del ya descrito automóvil Peugeot color verde (que estacionó frente a la casa) en compañía de una mujer, no siendo ésta su habitual concubina de acuerdo a los informes que sobre él poseemos.

A las 16:58 apareció por la esquina de Marcos Sastre el individuo Aníbal Frugoni y penetró poco después en la casa de la calle Teodoro Vilardebó. Con esto queda plenamente confirmada la denuncia recibida el día 15 ppdo. en cuanto a su concurrencia a reuniones en este domicilio.

A las 17:00 en punto se hizo presente una persona de sexo femenino de unos 30 años, quien era llevada en una silla de ruedas por otra mujer de mayor edad vestida con cierta elegancia.

A las 17:08 horas dobló la esquina de la calle Baigorria un individuo bajo, morocho, de unos 40 años, que aparentaba ser ciego pues golpeaba permanentemente el piso valiéndose de un bastón delgado de color blanco. Penetró asimismo en el domicilio y fue el último en llegar, ya que después de él no se presentó ningún otro.

Penetraron en el domicilio de Teodoro Vilardebó 2562 exactamente 18 individuos, a los cuales hay que sumar el que ya se encontraba en el interior, lo que da un total de 19 concurrentes a la reunión.

Se continuó ejerciendo atenta vigilancia hasta pasadas las 22:00, con las únicas excepciones de dos breves idas a un bar de la calle Cuenca a objeto de que cumpliera urgentes necesidades el sargento Longo, el cual padecía de descompostura de vientre.

Durante nuestra permanencia en las inmediaciones del domicilio en cuestión pudimos escuchar en repetidas oportunidades fuertes aplausos, los que parecían motivados por discursos o proclamas que proferían diferentes oradores.

A las 21:35 se apagaron las luces del edificio y comenzaron a retirarse los individuos en pequeños grupos. No se utilizó la cámara fotográfica porque la luz resultaba insuficiente.

El último en salir fue el ya mencionado Romualdo Chávez quien echó llave a la puerta y se dirigió hacia el Peugeot en compañía de dos mujeres a quienes invitó a subir al auto siendo aceptado su ofrecimiento.

Se acompaña sobre conteniendo un total de 52 (cincuenta y dos) fotografías.

Se aguardan datos identificatorios a fin de proceder a ampliar las investigaciones.

Se sugiere disponer inmediato seguimiento y/o vigilancia domiciliaria a los sujetos Romualdo Chávez y Aníbal Frugoni.

P.D.:En caso de confirmarse la identificación del sujeto que cree recordar el cabo Ramírez, se trataría, según me lo acaba de manifestar a último momento, de un ex quinielero e informante policial con quien tuvo algún trato en el año 1962 y que nos podría ser de suma utilidad en este caso.

 ir arriba