|
De Cuentos completos 1945-1987,
Ediciones RyR, Buenos Aires, 2010.
Es un mediodía tibio
y luminoso de setiembre cuando a Ricardo Estévez se le ocurre, de
pronto, la palabra miseria. Ningún hecho concreto que la justifique,
ninguna asociación de ideas más o menos razonable. Simplemente la
palabra miseria saltándole en su pensamiento como una pelota de goma
o una luz de bengala.
Entonces, Ricardo Estévez, que está caminando un poco
cabizbajo, y también un poco encorvado, por la calle Murguiondo, en
dirección a Avenida del Trabajo, se pone a deletrear, así,
minuciosamente, calmosamente, esa palabra, casi hasta sentir en su
boca todo su viejo, empalagante sabor. Y se admira, realmente se
admira, de cómo una palabra, una sola palabra, puede resumir con
maravillosa exactitud, toda la opinión que Ricardo Estévez tiene de
sí, del mundo, de la vida. Y, hasta cierto punto, su hallazgo le
provoca una especie de acre y humillante regocijo.
—Porque, vamos a ver
—piensa, mientras cruza la calle Echandía y echa una ojeada hacia
Murguiondo para ver si se acerca su colectivo—, vamos a ver qué otra
palabra, frase, discurso o lo que diablos sea, puede expresar mejor
este lindo resultado de durar, sí señor, de durar, de subsistir como
un... (y vagamente señala los adoquines, los ladrillos envejecidos
de algún muro, algún papel sucio, atascado en una boca de tormenta).
Y como sin querer ha hecho un extraño gesto con la mano —una especie
de ademán de recitador escolar— y le parece que una señora que está
echando llave a la puerta de su casa lo mira como a un bicho raro,
se siente inmediatamente avergonzado, y prosigue su camino tratando
de adoptar un aire de compostura y de aplomo.
¡Pero qué compostura
ni
qué aplomo! Ricardo Estévez,
que justamente ayer ha cumplido cuarenta y siete años, y que hace
sólo cinco minutos se hallaba concienzuda y melancólicamente
entregado a sus habituales preocupaciones acerca del sueldo, de la
familia, de su tos tabacal, de la mensualidad del banco, de la
hepatitis crónica, etc. (todo eso en medio de un dolor de cabeza
y de un malestar al hígado que le provoca náuseas) ha oído —bajo
juramento se puede afirmar que ha oído— esa palabra, la palabra
miseria, como venida desde afuera, como si ella estuviese
calificando globalmente e inapelablemente toda su vida, cayendo de
golpe sobre sus pensamientos como un gato sarnoso arrojado en medio
de un jardín.
Y, naturalmente, el sueldo, la familia, la
mensualidad del banco, etc., junto con su dolor de cabeza y su
malestar al hígado, se le aparecen de pronto bajo una luz tan opaca
y miserable que sus hombros se hunden un poco más, y sus manos
gesticulan vagamente como explicando, como disculpándose, como
tratando tal vez de quitarse de encima esa cosa que lo aprisiona,
que se le adhiere al cuerpo y a la ropa como una jalea.
Para colmo, al pasar frente a la librería y
juguetería que hay en la cuadra siguiente a su oficina, ha mirado de
reojo la vidriera, y ha visto. ¿Qué ha visto? En primer lugar, su
propia imagen: un individuo flaco, macilento, casi calvo, que lo
mira entre imbécil y malhumorado, desde atrás de sus anteojos. En
segundo lugar... un príncipe. Pero así: un joven príncipe de rica
vestidura azul y empenachado yelmo que, montado en un caballo
blanco, arremete, espada en mano, contra un horripilante dragón,
mientras una princesita de largas trenzas rubias lo observa desde lo
alto de una torre. Y todo esto, como una burla, como una insidiosa
burla de su destino, sobrepuesto, metido en su propia imagen, a media
altura entre el pecho y el abdomen, en la tapa de un libro
expuesto en la vidriera del negocio.
Ricardo Estévez cree de pronto comprender el
significado de esa burla, de esa jugarreta infame de su destino. A
su vida gris, monótona, estúpida, sin acontecimientos, a aquél, a su
destino, se le ha ocurrido enfrentar (¡ah, pero con cuánta malicia!,
¡con cuánta refinada crueldad!) ese mundo prodigioso, rico, colmado
de aventuras. Como si alguien, valiéndose de uno de esos trucos
mágicos del cine, hubiera querido proyectar juntos, sobrepuestos en
un mismo plano, los sueños maravillosos de la niñez, y la imagen de
una mezquina, agobiante realidad.
Ricardo Estévez soporta entonces la burla; admite que
sí, que efectivamente, su existencia es opaca y estúpida hasta el
punto que se la quiera imaginar; que la palabra miseria, aparecida
sibilinamente en medio de su pensamiento, se presta de un modo
admirable para definirla; en fin, que un tipo, cuyos afanes y
preocupaciones van de la mensualidad del banco al sueldo, y del
sueldo a la hepatitis crónica, no se lo puede calificar de otra cosa
que de mísero o de estúpido.
—Es así —admite—, pero... (y aquí insinúa una especie
de defensa, no se sabe bien si ante el autor de la jugarreta, ante
sí, o ante el príncipe azul) pero ocurre, mi estimado señor —dice—,
ocurre que el mundo en el cual me ha tocado vivir es también
espantosamente estúpido y espantosamente miserable. Ya no existen
dragones, estimado señor, y tampoco existen princesas encantadas, ni
príncipes dispuestos a...
Y empieza así, como sin querer, uno de esos
maniáticos, empecinados y silenciosos discursos que, a fuerza de
aburrimiento, de neurastenia y de timidez, se han venido haciendo
cada vez más frecuentes, casi habituales en él, sobre todo durante
los últimos años. Un formalísimo discurso, el de ahora, acerca de
las lamentables condiciones en que se desarrolla su vida, y acerca
de las ningunas posibilidades que jamás ha tenido para mostrar el
“verdadero fondo de su espíritu”, que tal vez sea —dice, y ¿quién
puede afirmar lo contrario?— imaginativo y audaz, y tal vez ha
estado siempre y esté aún dispuesto a acometer las más temerarias
aventuras...
—Porque no se trata de andar por esos caminos del
mundo, pibe —continúa, y ahora es evidente que se la está tomando
con el príncipe—, no se trata de andar por los caminos del mundo,
despreocupado y feliz, montado en un caballo blanco, y a la espera
de princesitas que desencantar y dragones que combatir; se trata, mi
querido, de soportar con un mínimo de dignidad una vida, en la cual
lo más horrible, lo más espantoso, es que nunca pasa nada. Se vive,
se dura, se aguanta en alguna forma hasta que se puede aguantar y ya
está. ¡Ah!, sí, claro que para pelear con un dragón hace falta
coraje, decisión y todo lo demás, estoy de acuerdo. Pero yo te
pregunto: para combatir diariamente, ¿entendés lo que te digo,
pibe?, diariamente, contra un ejército de hormigas o de bichos
babosos, ¿qué es lo que hace falta?
Y así, continuando su especie de arenga, llega, de
razonamiento en razonamiento, a pretender demostrar (al joven
príncipe, según parece) que él, el príncipe, con todo su arrojo, su
linda pluma azul y sus poéticas hazañas, no es más que un afortunado
mortal, algo así como un chico mimado (un pibe con suerte, le dice)
al cual el destino ha querido facilitarle las cosas, colocándole
bonachonamente en su camino princesitas y dragones, en lugar de
jefes con mala leche, sueldo que no alcanza, hijos que mantener,
dolor de cabeza, malestar al hígado, etc., enemigos tanto más
terribles y más poderosos cuanto que el combatirlos no produce
gloria ni recompensa sino solamente cansancio, lástima de sí mismo
y, por si fuera poco, en el fondo, muy en el fondo, una viva,
dolorosa nostalgia por esas portentosas aventuras, las cuales,
justamente por esa decisión arbitraria del destino —y eso es lo
doloroso— le estarán para siempre vedadas.
—...pero que uno, pibe, se sabe capaz, entendeme bien
lo que te digo, capaz de acometer y llevar a buen fin, como vos o
como el más valiente y emplumado de los caballeros, ¿no lo creés?
Y quién sabe a dónde hubiera ido a parar con todo eso
si no fuera que en ese momento se está acercando a la esquina del
matadero y ve, al extremo de la calle, el familiar color marrón y
verde de su colectivo. Entonces se olvida instantáneamente de su
discurso, se dedica a hurgar el fondo de los bolsillos en busca de
las monedas para el viaje y se dispone a ubicarse dócilmente en la
fila. Pero como al palparse el saco nota que se le han acabado los
cigarrillos, decide demorarse unos segundos, y acercarse hasta el
quiosco que está allí, en la esquina, a pocos pasos de su fila para
comprarlos (primer detalle).
Mientras repite varias veces su marca —el viejo del
quiosco, caramba, parece un poco sordo— y mientras espera, además,
que le entreguen el vuelto —el viejo del quiosco no termina nunca de
contar las monedas— el colectivo se ha mandado mudar, y a Ricardo
Estévez no le queda más remedio que suspirar y esperar el otro
(segundo detalle).
Son las doce en punto del mediodía. Un viento tibio
balancea blandamente los árboles. La calle entera vibra de luz, bajo
un cielo azul, purísimo, sin una nube. Aspira fuertemente el aire:
es un aire vivo, denso, cargado de ese olor animal que llega de los
corrales cercanos y que lo envuelve como un enorme aliento.
Se ubica frente al cordón, enciende un cigarrillo y,
entrecerrando los ojos para protegerse del sol, se pone a mirar
distraídamente la calle, la esquina. Nada de particular: hay tres
muchachos en la puerta del café, hay un hombre con traje marrón, y
hay una chica con guardapolvo blanco. Están: el cielo, los árboles,
dos mujeres que hablan entre sí, un auto que pasa lentamente junto
al cordón, un grupo de peones del matadero, allí enfrente, un
vigilante que compra el diario en el quiosco.
¿Nada de particular? Y no, verdaderamente, nada de
particular: el vigilante le grita chau al viejo del quiosco, trota
hacia el otro lado de la calle agarrándose la cartuchera, trepa a un
ómnibus y se va; algunos de los peones cruzan y vienen hacia el
café; el hombre de marrón, que está parado a un metro de la chica de
blanco, le habla casi sin mover los labios, y la chica —nueve
o diez
años a lo sumo— le contesta si mirarlo, con la mirada fija, en
cambio, hacia el extremo de la calle; los muchachos bromean en voz
alta; el viejo del quiosco cabecea de sueño; el auto vuelve a pasar
lentamente muy cerca del cordón. Ve que es el mismo auto.
Ricardo Estévez empieza a barruntar algo, algún
detalle, tal vez un poco... un poco extraño, pero quiere, a toda
costa quiere convencerse
de
que no,
de
que no ocurre nada de particular,
de
que a lo mejor su imaginación, o el sol, o el dolor de cabeza, le
están haciendo ver..., bueno, ver cosas que realmente... Pero, ¡cómo
podría ser de otro modo! ¿Acaso no están ahí los muchachos, apoyados
en la vidriera, riéndose fuerte, bromeando? ¿No están ahí las
mujeres hablando como siempre? Y los peones del matadero, ¿no han
pasado casi junto al hombre de marrón antes de meterse en el café?
¿Será posible entonces que sólo él pueda ver, no, ¡qué ver!,
adivinar, intuir oscuramente eso que —algún recóndito sentido se
emperra en decírselo— está sucediendo en la esquina? Y será posible
que nadie, ni los muchachos, ni los peones, ni las mujeres, ni el
viejo del quiosco, nadie sino él, alcance a percibir nada, lo que se
dice nada?
Ricardo Estévez, inquieto, tembloroso, ha dejado
escapar el segundo colectivo. Recostado contra la pared, simulando
esperar no sabe bien qué cosa, se pone a observar al hombre de
marrón: es un tipo de aspecto realmente siniestro, ¿cómo no se dio
cuenta antes?, puede distinguir su frente estrecha y abultada sobre
los ojos, y los ojos pequeños, turbios, con algo así como unas
lagañas en el ángulo interior, la piel oscura y la pelambre
abundante, la nariz y la boca como de macho cabrío, y las manos
anchas, fuertes, velludas. Se lo siente poderoso bajo su traje
marrón, con algo de animal en su mirada y en su porte...
Bueno, sí, está bien, todo lo siniestro que se
quiera, pero, de todos modos, ¿no estará viendo un poco de más? ¿No
estará exagerando las cosas porque sí? El hombre se paró allí, cerca
de la chica, eso es cierto, pero ¿no habrá sido por pura casualidad?
¿Y le estaría hablando a fin de cuentas, o simplemente le habrá
parecido?, ¿se lo habrá imaginado a fuerza de, qué se yo, de temer,
de desconfiar? ¿Y lo del auto? Lo del auto, ¿no pudo haber sido una
coincidencia y nada más? ¿Es tan extraordinario, después de todo,
que un auto pase dos veces por el mismo sitio? No hay que tomar las
cosas...
Pero no, no; le habla, evidentemente ve que le habla,
sí, y de una manera particular, insinuante. No es la forma común,
hay que admitirlo, de dirigirse a una chica, a una criatura casi.
Hay algo de ambiguo, algo de repugnante en la actitud del tipo, y de
esto puede darse cuenta cualquiera.
Además... además el auto ha vuelto a pasar, muy
despacio junto al cordón, y no es coincidencia, no es coincidencia
entonces. Ricardo Estévez ha visto, o ha creído ver, una seña casi
imperceptible del hombre de marrón al hombre que maneja el auto. Y
ve también cómo el auto, por tercera vez, sigue su camino,
lentamente, pero sin detenerse.
Tiene entonces como un relámpago de repentina lucidez
y recuerda cosas, cosas oídas quién sabe cuándo, viejas historias
turbias, aterradoras, difíciles de creer, alguna noticia perdida en
algún diario, algún terror lejano de su niñez; y percibe de pronto y
con absoluta claridad dos hechos: primero, la presencia, la viviente
y palpable presencia de un mundo oscuro, inconfesado, terrible, casi
se atreve a llamarlo demoníaco, sin cabida hasta hoy en su mundo
(gris sí, mísero sí, pero claro, entendible, Dios mío, terrestre,
hecho a su medida de hombre). Mundo subterráneo que irrumpe
violentamente en su propio mundo como vomitado desde las tinieblas.
Y segundo: que él, Ricardo Estévez, evidentemente, y también un poco
sorprendentemente, el único que lo ha percibido y lo ha reconocido a
ese mundo, es quien debe intervenir, hacer algo.
Siente entonces un extraño hormigueo en las rodillas
y en las manos. El corazón le golpea con fuerza. Súbita y
milagrosamente se ha curado de su dolor de cabeza y de su malestar
al hígado. Todo su cuerpo (¿pero no era decrépito?, ¿no era
miserable?) está como en tensión, excitado, dispuesto no sabe bien
todavía a qué. ¿Miedo?, sí, tal vez un poco de miedo, no lo niega,
pero eso no cuenta mucho ahora, porque ha visto al hombre de marrón
que se ha acercado un poco más a la chica; le habla y, de tanto en
tanto, mira en la dirección por donde se acercará el auto. Todo de
manera sutil, simulada, casi sin gestos; hasta el punto que ninguno
de los que están allí alcanzan a darse cuenta de nada. Ricardo
Estévez los
mira y los vuelve a mirar como esperando un milagro, como
esperando que, de un momento a otro, se rompa ese misterioso
encantamiento que les impide ver eso que él, que sólo él, con una
agitación que va en aumento, está viendo.
Pero ve que el viejo del quiosco se ha dormido, y que
los muchachos en la vidriera del café siguen charlando, fumando,
mirando desaprensivamente hacia la calle. Tal vez podría acercarse a
ellos, hablarles, explicarles, y entonces todo sería más fácil, más
lógico. Casi está por hacerlo cuando se detiene de golpe. Y... si
éstos también fueran... —alcanza a pensar mientras los mira
aterrorizado, y oye a sus espaldas el ronroneo apagado de un motor.
Se da vuelta y sí, es el auto que vuelve. Por eso el
hombre de marrón se ha acercado a la chica casi hasta rozarla con el
hombro. ¿Y ella? ¿Pero será posible, esta tonta, que no atine a
nada, que no grite, que no se defienda? Se queda allí en cambio,
como aturdida, como hipnotizada. Es... es algo raro, tortuoso, algo
que a Ricardo Estévez le provoca una sensación de asco y de espanto
al mismo tiempo. Una serpiente... —piensa— así deben hacer las
serpientes para hipnotizar a los pájaros. Imagina los movimientos
lentos, sinuosos, la malla invisible que los va aprisionando hasta
dejarlos totalmente inmóviles, sin defensa.
Ve el auto que viene marchando lentamente junto al
cordón. Tiene la portezuela de adelante abierta. Ve cómo, el hombre
de marrón, con un solo y firme movimiento, medido y enérgico, la
acerca, la arroja casi contra la portezuela.
No se puede explicar cómo, pero Ricardo Estévez se
encuentra junto al hombre de marrón, agarrándolo de un brazo,
gritando, intentando malamente golpearlo.
La chica se separa bruscamente del auto, y huye
corriendo en dirección a Echandía.
Recién entonces siente el brazo del hombre de marrón
entre sus manos: un brazo ancho, firme, nervudo. Ve su mirada animal
fulminándolo con rabia, y casi espera, ésa es la verdad, casi
espera, mientras intenta unos golpes torpes, ineficaces, que el otro
se le abalance para castigarlo ferozmente, para estrangularlo, para
matarlo.
Pero en cambio no, con sorpresa ve que el otro no
responde a sus golpes, que lo mira durante una fracción de segundo,
y mira al auto con impaciencia, y tiene un momento de vacilación,
hasta que, con un empujón violento, lo desprende fácilmente de sí,
lo lanza como a un muñeco. Ricardo Estévez siente chocar con fuerza
su espalda y su nuca contra el tronco de un árbol. Dolorido y
mareado todavía alcanza a ver cómo el hombre de marrón se dirige
rápidamente hacia el auto; ve cómo apoya un pie en el estribo, y se
agacha, y se toma de la portezuela como para subir.
Pero bruscamente se vuelve y se le acerca. Trae
—recién cuando lo tiene encima puede verlo— un pequeño cuchillo en
la mano.
Ricardo Estévez siente el dolor del puntazo en el
vientre, sólo unos segundos antes de ver cómo el auto se aleja, no a
mucha velocidad, por Avenida del Trabajo.
Todo fue increíblemente rápido. Tanto que nadie, ni
los muchachos que estaban allí, a pocos metros, se han dado cuenta
de nada.
Recién cuando se desliza hacia el suelo, apoyado
contra el árbol, apretándose el vientre con las manos, algunos, con
curiosidad, se le acercan. Apenas con tiempo para oír cuando,
pálido, muy pálido, pero sonriendo, antes de desmayarse alcanza a
murmurar:
—¿Has visto, pibe?
ir arriba
|