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Wáshington Cucurto

poesías


 

Wáshington Cucurto (Quilmes, provincia de Buenos Aires, 1973) es el seudónimo de Santiago Vega, es poeta, narrador y editor. Dirigió la editorial Eloísa Cartonera, un proyecto social que edita libros de cartón comprado a los cartoneros de Buenos Aires

Sus obras poéticas son: Zelarayán, La máquina de hacer paraguayitos, 20 pungas contra un pasajero y Hatuchay. Sus novelas: Cosa de negros, Fer, Panambí, Las aventuras del Sr. Maíz, Hasta quitarle Panamá a los yanquis, El curandero del amor, 1810. La revolución vivida por los negros

 

 

Con tu prosapia de negra jamaiquina…

 

Con tu prosapia de negra jamaiquina,

boliviana o colombiana,

—no se sabe con exactitud, pero se intuye,

a esta altura,

que debió haber sido de pura cortesía,

que aceptaste el ondulante galanteo...

 

Deberías estudiar letras,

licenciarte a fuerza de sumas y promedios

y así lograr por vez primera, tener entera

¡de pura primavera!,

una novia portorriqueña.

Te la pasas de joda

con estudiantes de márketing

de universidad palermitana,

y enloqueces a los estudiantes de la escuela de

periodismo,

mal que pese a tu sociabilidad:

son de bajo arancel

y carácter exonerado en excelentísimas tertulias,

y su logo es de lindos caracteres

tiene en su título, ¡así de lindo!,

¡como un epifánico epigrama!

es el epígrafe de la Facultad de Bs. As.

y hasta tiene letras góticas...

en la caligrafía goza de una tipografía muy atípica,

que ni saben tal o cual

tu parafarsaria, si jamaiquina,

boliviana o colombiana...

 

te llevan en auto hasta tu depto

de Luis María Campos

y Bernardo O'Higgins,

pero tu eres generosa

y a ninguno le escatimas

 

tu cariño caribeño y tu cama calurosa,

 

y ahora licenciada, licenciosa,

a fuerza de números te recibiste en letras

y ya no le das bola a esos jactanciosos

jugadores organizadores de jodas...

 

 

Y he contribuido al bienestar nacional...

 

Cierto es que añoro los tiempos

en que el monzón pasaba sacudiendo

mis cabellos y de mí salía un dulce

olor a duraznos y lo mejor ocurría

cuando las papayas florecían

en el fondo de mi patio.

Y no hay escala mejor para el amor,

que cuando las papayas florecen

sobre la hierba seca y dura

en el fondo de tu patio...

Ah, lejanos tiempos en Lima La Horrible

o atendiendo una ferretería

en la bellísima Panamá.

Me han amado y me han dejado:

como corresponde a todo lo bien amado.

Tuve tres hijos en Panamá

y seis en Venezuela. ¿Qué más puedo pedir?

No me quejo del amor

ni de sus cuidados.

Me ha dado más que a muchas.

He gastado treinta largos años,

para adquirir experiencia

y a mi poca sabiduría la tengo bien atendida

y cotejada. Ya basta, ya no soy una florcita,

estoy próxima al polvo de los cincuenta

y lejos de la silueta.

Soy la respetabilísima, la Dominicana.

He pagado los impuestos con mis ahorros.

 He contribuido al bienestar nacional.

Y todavía conservo el orgullo

de afirmar que ninguno

ha sido infeliz en esta cama.

¿Me escuchas? ¿Estás ahí?

Te estoy hablando, pelotudo.

 

 

Negrura ascendente

 

Celebrando alegres funerales o fiestas fúnebres

mortales

vienen a oscuras rascándose la ñema,

vienen flotando tercetos de negras testarudas;

¡son la partitura oscura de los ángeles! .

El conventillo entero vuela por los cielos,

las cañerías se piran por las tardes.

A mí se me van con sueño los desvelos y al rato

vuelven mis sueños desvelados.

y así se va quedando el infinito sin estrellas

y la alta mar sin vanidad se queda.

 

Todo ocurre de puro zopetazo

como arte fresco o muerte suave.

Y todo tiene tal locura que hasta la nieve emigra

hacia los Emiratos Árabes; y la locura sigue por ser

loca

y cruza el cielo como estalactitas o partes ínfimas

de un gran cometa.

Ahí vienen,

—palomas negras de mal agüero—,

subidas en una alfombra voladora .

lésbicas, sexuales, besándose de a pares:

Carolina, Karina, Cilicia y Ferisbunda.

Las negras hijas del demonio se divierten por los

aires,

dejando chancros en mi corazón ardiente.

Vuelan las tickis besándose a las chiris

tomadas dulcemente de la mano.

En su honor octogenarios niños bailan un

cumbiazo,

y dale que dale las sillas boxeándose de a pares.

 

El conventillo entero vuela por los cielos.

¿Señor, habrá un diáfano caer de multitudes negras?

¿Vendrán al cabo asopranados protestando?

Las chipas refulgen en el cielo.

Arde el sancocho enamorado de las peras.

 

El chipaguazú amargo se chivea.

Se chivean las peras y los chivos de la Cordillera.

Marchan los ladrones de guantes blancos

y sueltan a los ladrones de pies descalzos,  ¡bravo!

 

Ardiendo están las negras en mi corazón helado

y tiritando están las mongas en el yoti ardiente

como hojas secas o flores de la muerte.

 

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