|
Había pasado mucho para lamentarse de no haber escrito en las
cartas lo único que tenía sentido: que ya no iba a volver. Ni
siquiera recordaba cómo era una tarde de otoño en Buenos Aires, y
caminaba a la parada del bus repitiéndose "ya no vaya volver, papá",
como un actor en un teleteatro, se dijo con una mueca mientras
miraba el bosque que lo rodeaba. Eran los mismos miedos a la
oscuridad y al silencio, en definitiva todavía seguía siendo ese
chico sin madre que lo había acompañado al canal para la grabación
de Rafael Heredia, Gitano: el padre hacía de un gitano malvado y
traidor que hería a Rafael. La escena cerraba el capítulo anterior;
en seguida las maquilladoras trajeron el chocolate, ese marrón que
en el blanco y negro de la pantalla iba a verse espeso y brillante
como la sangre y él miraba atento el decorado, sentado en un
banquito que de inmediato sirvió para simular el ruido de alguien
rodando por las escaleras, sin animarse a tocar esa sangre que
durante toda la tarde para él fue chocolate derretido. Sin embargo
recordaba bien que eso apenas distrajo su atención de la novia de
Rafael, nada le importaba tanto, por ella había aceptado
acompañarlo, para verla, estaba enamorado de esa mujer que de tan
frágil se desmayó en las escaleras después de ver la sangre. Rafael
ni siquiera oyó la caída, inconciente en primer plano murmuraba el
nombre de la novia entre palabras incomprensibles. Fuera de cámara,
el padre contaba lo que ocurría en escena delante de ella, hablaba
con un tono de voz distinto al que usaba en casa y sintió vergüenza,
más aún cuando lo escuchó decir irónico que su hijo estaba
enamorado. Mejor, se corrigió, como una broma. La novia de Rafael
le dio un beso muy cerca de la boca y no le soltó la mano hasta que
se fueron del canal. Sin duda el padre había recordado que también
tenía nueve años cuando se enamoró perdidamente en la filmación de
La guerra gaucha; su madre repartía los ojos entre mirar con
disimulo a Ángel Magaña y vigilarlo por miedo a que se internara en
el monte, "¿Dónde está?", preguntaba; al rato lo veía aparecer
junto a Amelia Bence. Sentía adoración por esa mujer que apoyaba la
lucha de los criollos, les curaba las heridas en su casa y guardaba
en un arcón las cartas del General Belgrano.
Buscó el horario en que debía pasar el próximo bus. Las mujeres del
bosque le echaron un vistazo antes de volver a su posición en mitad
de la cuadra. Son demasiado llamativas, pensó, para ser reales.
Otra vez sintió la mueca en los labios.
A Lucas Demare no le costó convencer a los padres, aunque fue don
Antonio quien titubeó el primer sí, a lo mejor porque escribía
letras de tangos. Los ojos de Demare se encendieron satisfechos y
se quedó a cenar. "El papel es corto pero importante, se trata del
hijo del Capitán Miranda, Francisco Petrone, que hace de correo
entre los gauchos y el sacristán, don Enrique Muiño." Concepción
conocía bien a los actores, sus preferidos eran Petrone y, sobre
todo, Ángel Magaña. Antonio, en cambio, estaba atrapado en el relato
de la película. "Al pueblo lo han ocupado los realistas, pero en el
monte están los gauchos que los atacan cuando menos se lo imaginan.
¡Los vuelven locos! Los españoles ignoran quién les da el aviso de
sus movimientos. No sospechan del sacristán, un criollo de sangre
que se hace el modosito con los realistas para disimular y pasarles
la información haciendo sonar la campana de la iglesia. Ahí es donde
aparece nuestro gauchito, que como todo un hombre va del pueblo al
monte para decide a su tata qué quieren decir las campanadas." El
cenicero está repleto en el medio de la mesa. Concepción sabe que a
Antonio le trae fatiga tanto fumar, pero lo ve tan atrapado en el
cuento de Demare que se calla. Hacen nubes con el humo, trazan
montes con los vasos y las botellas, y las manos, de verdad, se
mueven como ejércitos.
Sacristán: Escucháme bien, general, repetime lo que te voy a decir.
Tres, no salen; cuatro, partida; cinco, correo.
Niño: Tres, no salen; cuatro, partida; cinco, correo.
Sacristán: Te vas de un galope y se lo repetís a tu tata.
Niño: Sí, sacristán.
Sacristán: Tomá esta galleta para que te endulcés el viaje. La
gaveta de mi patrón San Francisco está vacía.
(El niño monta el caballo. Música. Primer plano fundiéndose al
galope. Va repitiendo el código de las campanadas: "Tres, no salen;
cuatro, partida; cinco, correo.'')
Hacía poco que había ingresado a la escuela de teatro infantil en el
Labardén que dirigía Angelina Pagano. Muy de vez en cuando recibían
visitas de gente de cine en busca de actores, de radio jamás. Si
precisaban una voz infantil utilizaban la de una mujer: menos
ensayos y mejor dicción. Los alumnos adelantados se salían de la
vaina por actuar, aprovechaban cualquier oportunidad para probar el
oficio, como el tío Marcos que vivía en un conventillo de Congreso y
lustraba zapatos por la calle Corrientes cantando tangos. Lo
llamaban Garufita. En la primera selección también estuvo el tío
Marcos, ya por ese entonces eran amigos; en la segunda quedó afuera:
era demasiado blanco para ser un hijo gaucho. Quedaron tres
postulantes y, finalmente, el padre. Las pruebas eran agotadoras,
Demare los hacía repetir hasta el cansancio poemas de Lugones y sólo
en la última tuvieron que decir su parte con la música de fondo muy
alta.
Todavía el padre seguía siendo ese chico de nueve años que recién
había vuelto a ver en el ciclo de cine argentino en la Haus der
Kulturen der Welt. Nada parecía distinto en esa proyección de La
guerra gaucha, salvo la atención que por primera vez le prestó a
la música. Esa orquestación clásica no reflejaba en nada el paisaje
de Salta y las guerrillas. Sentado en la butaca imaginó a Demare
diciendo que si la lucha era contra los realistas no había razón
para respetar el color local en la música porque la guerra era
total. La única melodía folklórica era la que sorprendió al padre,
según recordaba, en el estreno del cine Ambassador en 1942: el
lamento en el velorio del angelito.
Desde tan lejos compartían en la música al menos una sorpresa. Ya
era de noche en el Tiergarten a las seis y el bus estaba retrasado.
¿En Buenos Aires oscurece más tarde en otoño? Nunca supo por qué el
padre le había prohibido ser el gitanito que buscaban los
productores para el teleteatro: "Es demasiado pibe", contestó, "ya
va a tener tiempo". De nada sirvió la insistencia. "Un hombre para
ser hombre tiene que hacerse solo, sin ayuda de nadie." Y él corrió
a las manos de la novia de Rafael para borrarse las lágrimas.
Concepción viajó a Salta junto al equipo de filmación para acompañar
a su hijo, que durante los primeros días ni se acercaba a los del
ejército realista, menos a ese capitán asesino que hacía Ricardo
Galache, un republicano exiliado de la dictadura franquista.
Tenía diez años cuando vio la película por televisión. Ya no quería
ser actor, pero igual escuchaba atento a su padre contar de los
míos, los dos jefes criollos: el Capitán Del Carril (Sebastián
Chiola) y su tata, el Capitán Miranda (Francisco Petrone). "Uno era
militar de formación, no era gaucho. Ves que aparece leyendo", y
señalaba con orgullo la pantalla. "Por eso dice que se lamenta de
tenerlos que pelear con música de campanas en lugar de clarines. El
Capitán Miranda es gaucho. También es inteligente aunque sin
formación. Los dos se complementan y se hacen amigos".
Capitán Miranda: No lea más esos libros que lo entristecen. Dos
cosas hay que pedirle al destino: acostarse con salud y despertarse
con vida.
Capitán Del Carril: Los libros son mi refugio.
Capitán Miranda: El único refugio para un hombre que pelea es una
mujer.
Capitán Del Carril: Cada uno con lo suyo. A usted le gusta vivir, a
mí soñar.
Capitán Miranda: Hágame un favor, Capitán. No lea más, quedan pocas
horas para la madrugada. Duerma, descanse.
Al único que odió hasta el final fue a Ángel Magaña, el Teniente
Villarroel, un criollo que había estudiado en Perú y creía que
defender a la patria era luchar por la Corona Española. Tenía
motivos para rechazar al actor tanto como al personaje, porque
aunque la madre ni se animaba a pedirle un autógrafo lo miraba
fascinada y, para más, Asunción, la heroína que hacía Amelia Bence,
se había enamorado de! Teniente. Fue ella quien lo volvió criollo
dándole a leer las cartas del General Belgrano.
Era imposible ver películas con el padre, no dejaba de reconocer
actores y de repetir anécdotas, mucho más en ese caso que se trataba
de la única película en la que actuó. Decía que los gritos del
director todavía le zumbaban en los oídos cuando, en un momento del
rodaje, un soldado que hacía de muerto cayó junto al fuego y se
quemaba. "No te muevas", le gritaba: "Es que me estoy quemando":
"Vos estás muerto, no te podés mover". Y se reía a carcajadas de
teatro: apenas si lo oyó preguntar dónde estaba esa parte en la
película.
Entre tantas interrupciones entendió poco de la película esa primera
vez. Fue inútil que al final le resumiera el argumento porque no
dejaba de confundirlo con agregados: que al volver de Salta ya no
pudo dejar de pensar en el pasado y leyó sin parar todo lo que le
llegó a las manos presintiendo que había tocado el corazón de la
historia. Creyó que se había molestado ni bien lo vio pararse y
encerrarse en el cuarto. Revolvía cajones, buscaba una sorpresa,
dijo. Al rato apareció con un paquete atado con una cinta roja. Se
lo dejó en las manos. "¿Te acordás de las cartas de Belgrano? Me las
robé." Con cuidado él desató la cinta: solamente había hojas en
blanco, excepto una. "A mí también me pasó lo mismo esa vez. Son de
utilería. ¿Para qué iban a escribirlas todas si una sola aparece en
cámara?".
El bus cruzaba la avenida y él, como un chico, buscó lugar en los
asientos de arriba para mirar la ciudad. Trató de recordarse
preguntando cuál era la sorpresa; lo único que retenía eran las
manos del padre atando y desatando la cinta hasta que el moño
quedara igual que en la película y así poder guardarlas otra vez.
En la sala había contenido las ganas de pararse y empezar a
explicar. Nadie entendía, la sangre es siempre más que chocolate
derretido y él necesitaba contar que ese general de nueve años, más
morocho que en la vida real, era su sangre.
Niño: ¡Capitán!
Capitán Miranda: Disculpe, mi general, no lo había visto.
Madre: ¿No sabés saludar a tu madre?
Capitán Miranda: Dejalo, ahora está en cosas de guerra. Hable,
general.
Niño: Tres, no salen; cuatro partida; cinco, correo.
Capitán Miranda: ¡Mi hijo gaucho! Te has ganado una pitada.
Madre: No me lo haga perder, todavía es muy cachorro para vicios.
Capitán Miranda: ¿Cachorro? Tiene que hacerse al tabaco, a la caña
fuerte. Dentro de poco estará crecido y me cubrirá la espalda en
los entreveros.
Madre: Eso es, dele el gusto. Para que después se me pase el día en
el monte haciendo sombras en vez de cuidar la majada.
Capitán Miranda: ¡Qué mañana ni mañana! Lo único que debe
preocupamos es el día que pasó y el que vendrá. ¿No es así,
general?
Niño: Si usted lo dice.
Capitán Miranda: Ya me puedo ir tranquilo, y ya sabe, el rancho
queda a su cuidado. Cuide a su madre, general.
(Música. Plano general del rancho. La madre y el niño ven partir al
capitán hacia el monte).
Anotó varios diálogos en la oscuridad, otros los rumió de memoria.
Los realistas, desesperados, prenden fuego al rancho de Miranda,
golpean a la mujer y asesinan al padre. Recordó las veces en que
frente a la pantalla no había entendido que lo mataban hasta la
escena del velorio del angelito, donde el Capitán Miranda dice:
“Duerma en paz mi general, hasta que yo vaya a buscarlo." Es una
noche de tormenta, los godos ya no saben qué hacer para enfrentar a
los gauchos, todavía no descubrieron al sacristán, pero ya cuentan
con refuerzos, hombres y armas, acampados para el ataque. El
Capitán Miranda sabe que si los realistas atacan es derrota segura;
la lluvia le está sonando como una orquesta, los godos han matado a
su hijo, por qué va a dejarlos avanzar. Elude la guardia y entra al
campamento enemigo amparado por la tormenta. Encuentra la carreta
donde guardan las municiones y colgado de un brazo dispara adentro
su pistola. La explosión despierta al campamento. "¿Con quién
vino?", le pregunta el capitán realista. "Solo", balbucea Miranda
moribundo. "¡Miente!" "El Capitán Miranda no miente nunca".
"Ustedes han anarquizado el país", dice el realista. El Capitán
Miranda muere.
La decisión de Miranda resguardó la lucha de los gauchos del general
Güemes, aunque la batalla inminente arrasará con los criollos al
mando de los dos capitanes. Apenas dijo "la decisión de Miranda" se
le anudó la sangre en la butaca. Había poca gente en la sala, la
mayoría era el público moroso del festival de música centroamericana
del mediodía, el resto tenía más interés en las funciones de días
sucesivos donde verían "el nuevo rostro" del cine latinoamericano.
Las otras escenas sucedían muy lejos y nadie había explicado nada,
La guerra gaucha eran dos líneas en el programa. Pensó si
acaso Güemes no les sería tan desconocido como su primo Ricardo, el
hijo de Garufita, que en pleno Mundial había entrado al país
también en una decisión final de la organización a la que
pertenecía. Ni bien llegó a Ezeiza lo desaparecieron. Un general,
que conocía al tío Marcos por el programa cómico de la tele, llamó
para entregarle los documentos. Así se lo contó el padre, con
lágrimas en los ojos quizás, pero aceptando los infartos en la
historia.
Reconocía perfectamente que su primo Ricardo no era Miranda, como
también que Enrique Muiño no sabía tocar el violín de su sacristán.
Sin embargo era el mismo capitán realista el que interroga a
Miranda y descubre lo de las campanadas. "Con que habías sido tú,
perro traidor", y le da un culatazo. "Tú no tocarás más campanas";
el viejo queda ciego. Durante los descansos del rodaje Enrique Muiño
tomaba el violín simulando interpretarlo, de sólo ponérselo en el
mentón parecía un experto. Las cosas no son lo que parecen; por eso
el Teniente VilIarroel no se vuelve criollo al leer las cartas de
Belgrano, siempre lo fue, lo que pasa es que antes parecía realista.
El tío Marcos se conformó con los documentos, no preguntó más y
aquel corazón de la historia se volvió redondo, perfecto como una
calcomanía de la última dictadura.
Al oír la voz del Capitán Del Carril de nuevo levantó la vista hacia
la pantalla; el sacristán ya ciego viene al refugio para advertirle
que los godos lo descubrieron, trae en las manos su violín, pero
ignora que lo están siguiendo, agazapados. El Capitán Del Carril,
aun reconociendo que están perdidos, arenga a sus gauchos al
combate, "Metan fierro, hijos de puta" grita sin importarle que en
el cine Ambassador y en la tele bajen el sonido y que en Berlín
quede sin traducir como si se tratara de un saludo. Demare ordenó
que lo gritara bien fuerte. "Más fuerte, carajo, aunque no esté en
el libreto, gritó", recordaba el padre, siempre, emocionado ante la
escena que termina con la llegada del Teniente ViIlarroel para
pelear a su lado. Levantándose como puede. el sacristán toca el
Himno Nacional con el violín. "Por fin vamos a pelearlos con
música", grita el Capitán Del Carril.
Ni bien terminó la proyección, el público se dispersó por la Haus
der Kulturen der Welt. A diferencia de otras muestras, en ésta no
había a quién aplaudir, la embajada argentina cedió la copia junto
con otras sin dar muchas informaciones. La luz de la sala se
encendió sobre la última imagen, la del general Güemes en sombras
montado en su caballo. ¿A quién pertenecería ese rostro anónimo?,
pensó demorándose en la butaca: por primera vez era el menos
impaciente en esa ciudad. Guardó en el bolsillo el programa y dudó,
lo que antes había dado por sentado, si asistiría al resto del
ciclo.
Había visto la película tantas veces y recién ahora, sin embargo
sentía extraña la llegada del sacristán con el violín. Nada
justificaba ese detalle en el viejo herido, más que emocionar a la
platea. Y el costo era alto porque embellecía la guerra, y aun la
derrota. La muerte quedaba anónima como ese retrato en sombras sin
dueño de dolor, desdibujado. Pensó en el chocolate derretido y en el
teleteatro mientras esperaba el bus; después, mirando por la
ventanilla, en el encuentro con su primo Ricardo en París. Se había
quedado una semana en su apartamento y podría haberse quedado a
vivir de haberlo querido, pero ninguno de los dos eran los de
entonces, como decía el poema pegado en la puerta. Habían pasado
años para que fueran los mismos. Y él quería irse lejos; vivió un
tiempo en las afueras de Amsterdam y, cuando esperaba partir hacia
Oslo, terminó radicándose en Berlín. Todavía recordaba la tristeza y
el miedo que sintió al enterarse de que habían matado a Ricardo.
Desde entonces no volvió a entrar en el bar donde leyó la carta de
su padre. Algún día volvería a hacerlo, se dijo cuando el bus
atravesó la esquina. Había sido su rincón más propio, con el tiempo
encontró otros y, como le gustaba escribir en las cartas, a través
de los años armó su Berlín dentro de la ciudad.
Bajó del bus con esa frase en la boca, insípida y mentirosa porque
sonaba a lamento de recién llegado y él, en cambio, siempre la había
escrito sabiendo que ya no iba a volver. Actuaba para su padre,
viudo y solo en Buenos Aires; él también estaba solo pero algunas
veces nada más, como en este otoño. ¿En cuántas cartas había escrito
sobre la noche temprana y el teléfono que pasa días sin llamar? No
cabían dudas, también era un actor convertido en extra de una
superproducción de tiempos mendigos. Apuró el paso para llegar al
apartamento y buscar las cartas. No, no, mentía, no estaba pensando
eso, él quería llegar para sentarse a escribirle a su padre que hoy
había visto su película... ¿Agregaría, como un violín, un debate
inexistente con intervenciones encendidas?
Subió las escaleras restregándose las manos, hacía muchísimo frío
afuera aunque recién ahora lo sentía. Antes de quitarse la bufanda
y la campera, encendió la radio casi por costumbre y se sentó a la
mesa con papel y bolígrafo. Borroneó hojas sin escribir en la
siguiente algo distinto que en las anteriores. Fue en ese momento en
que pensó en las cartas, no antes. Estaban en una caja en el ropero,
detrás de la ropa, siempre había querido tenerlas a mano. Nunca
tocaron ese tema con su padre, que a lo mejor ni siquiera percibió
su ausencia. Aún ignoraba la razón que lo impulsó a robárselas la
mañana en que estaba por salir hacia el aeropuerto. Sólo una vez,
una noche en Amsterdam, había desatado el moño de la cinta roja y le
costó mucho después dejarlo tan perfecto como estaba. Tal vez ni
siquiera tendría que entrar en explicaciones, bastaba con enviar las
cartas del General Belgrano y el padre entendería.
ir arriba
|