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Miguel Vitagliano

Los realistas


 

Miguel Vitagliano (1961) nació en Buenos Aires; es profesor de Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y docente de escuela media.

Ha publicado las novelas Posdata para las flores (1991), El niño perro (1993),  Los ojos así (1996), con la que recibe en la ciudad de Berlín el premio Anna-Seghers Preiss 1996, galardón con el que se distingue anualmente la obra de un escritor latinoamericano, Vuelo triunfal (2002), Golpe de aire (2004). En el terreno de la ensayística ha publicado Lecturas críticas sobre la narrativa argentina (1997) y El terror y la gloria (1998).

 

Había pasado mucho pa­ra lamentarse de no haber escrito en las cartas lo único que tenía sentido: que ya no iba a volver. Ni siquiera recordaba cómo era una tarde de otoño en Buenos Aires, y caminaba a la parada del bus repitiéndose "ya no vaya volver, papá", como un actor en un teleteatro, se dijo con una mueca mientras miraba el bosque que lo rodeaba. Eran los mismos miedos a la oscuridad y al silencio, en definitiva todavía seguía siendo ese chico sin madre que lo ha­bía acompañado al canal para la grabación de Rafael Heredia, Gi­tano: el padre hacía de un gitano malvado y traidor que hería a Rafael. La escena cerraba el capítulo anterior; en seguida las ma­quilladoras trajeron el chocolate, ese marrón que en el blanco y negro de la pantalla iba a verse espeso y brillante como la sangre y él miraba atento el decorado, sentado en un banquito que de inmediato sirvió para simular el ruido de alguien rodando por las escaleras, sin animarse a tocar esa sangre que durante toda la tar­de para él fue chocolate derretido. Sin embargo recordaba bien que eso apenas distrajo su atención de la novia de Rafael, nada le importaba tanto, por ella había aceptado acompañarlo, para verla, estaba enamorado de esa mujer que de tan frágil se desmayó en las escaleras después de ver la sangre. Rafael ni siquiera oyó la caída, inconciente en primer plano murmuraba el nombre de la novia entre palabras incomprensibles. Fuera de cámara, el padre contaba lo que ocurría en escena delante de ella, hablaba con un tono de voz distinto al que usaba en casa y sintió vergüenza, más aún cuando lo escuchó decir irónico que su hijo estaba enamora­do. Mejor, se corrigió, como una broma. La novia de Rafael le dio un beso muy cerca de la boca y no le soltó la mano hasta que se fueron del canal. Sin duda el padre había recordado que también tenía nueve años cuando se enamoró perdidamente en la filma­ción de La guerra gaucha; su madre repartía los ojos entre mirar con disimulo a Ángel Magaña y vigilarlo por miedo a que se inter­nara en el monte, "¿Dónde está?", preguntaba; al rato lo veía apa­recer junto a Amelia Bence. Sentía adoración por esa mujer que apoyaba la lucha de los criollos, les curaba las heridas en su casa y guardaba en un arcón las cartas del General Belgrano.

Buscó el horario en que debía pasar el próximo bus. Las muje­res del bosque le echaron un vistazo antes de volver a su posi­ción en mitad de la cuadra. Son demasiado llamativas, pensó, pa­ra ser reales. Otra vez sintió la mueca en los labios.

A Lucas Demare no le costó convencer a los padres, aunque fue don Antonio quien titubeó el primer sí, a lo mejor porque es­cribía letras de tangos. Los ojos de Demare se encendieron satisfe­chos y se quedó a cenar. "El papel es corto pero importante, se trata del hijo del Capitán Miranda, Francisco Petrone, que hace de correo entre los gauchos y el sacristán, don Enrique Muiño." Con­cepción conocía bien a los actores, sus preferidos eran Petrone y, sobre todo, Ángel Magaña. Antonio, en cambio, estaba atrapado en el relato de la película. "Al pueblo lo han ocupado los realis­tas, pero en el monte están los gauchos que los atacan cuando menos se lo imaginan. ¡Los vuelven locos! Los españoles ignoran quién les da el aviso de sus movimientos. No sospechan del sa­cristán, un criollo de sangre que se hace el modosito con los rea­listas para disimular y pasarles la información haciendo sonar la campana de la iglesia. Ahí es donde aparece nuestro gauchito, que como todo un hombre va del pueblo al monte para decide a su tata qué quieren decir las campanadas." El cenicero está reple­to en el medio de la mesa. Concepción sabe que a Antonio le trae fatiga tanto fumar, pero lo ve tan atrapado en el cuento de Dema­re que se calla. Hacen nubes con el humo, trazan montes con los vasos y las botellas, y las manos, de verdad, se mueven como ejércitos.

 

Sacristán: Escucháme bien, general, repetime lo que te voy a decir. Tres, no salen; cuatro, partida; cinco, correo.

Niño: Tres, no salen; cuatro, partida; cinco, correo.

Sacristán: Te vas de un galope y se lo repetís a tu tata.

Niño: Sí, sacristán.

Sacristán: Tomá esta galleta para que te endulcés el viaje. La gaveta de mi patrón San Francisco está vacía.

(El niño monta el caballo. Música. Primer plano fundiéndose al galope. Va repitiendo el código de las campanadas: "Tres, no salen; cuatro, partida; cinco, correo.'')

 

Hacía poco que había ingresado a la escuela de teatro infantil en el Labardén que dirigía Angelina Pagano. Muy de vez en cuando recibían visitas de gente de cine en busca de actores, de radio jamás. Si precisaban una voz infantil utilizaban la de una mujer: menos ensayos y mejor dicción. Los alumnos adelantados se salían de la vaina por actuar, aprovechaban cualquier oportu­nidad para probar el oficio, como el tío Marcos que vivía en un conventillo de Congreso y lustraba zapatos por la calle Corrientes cantando tangos. Lo llamaban Garufita. En la primera selección también estuvo el tío Marcos, ya por ese entonces eran amigos; en la segunda quedó afuera: era demasiado blanco para ser un hijo gaucho. Quedaron tres postulantes y, finalmente, el padre. Las pruebas eran agotadoras, Demare los hacía repetir hasta el cansancio poemas de Lugones y sólo en la última tuvieron que decir su parte con la música de fondo muy alta.

Todavía el padre seguía siendo ese chico de nueve años que recién había vuelto a ver en el ciclo de cine argentino en la Haus der Kulturen der Welt. Nada parecía distinto en esa proyección de La guerra gaucha, salvo la atención que por primera vez le prestó a la música. Esa orquestación clásica no reflejaba en nada el paisaje de Salta y las guerrillas. Sentado en la butaca imaginó a Demare diciendo que si la lucha era contra los realistas no había razón para respetar el color local en la música porque la guerra era total. La única melodía folklórica era la que sorprendió al pa­dre, según recordaba, en el estreno del cine Ambassador en 1942: el lamento en el velorio del angelito.

Desde tan lejos compartían en la música al menos una sorpre­sa. Ya era de noche en el Tiergarten a las seis y el bus estaba re­trasado. ¿En Buenos Aires oscurece más tarde en otoño? Nunca supo por qué el padre le había prohibido ser el gitanito que bus­caban los productores para el teleteatro: "Es demasiado pibe", contestó, "ya va a tener tiempo". De nada sirvió la insistencia. "Un hombre para ser hombre tiene que hacerse solo, sin ayuda de nadie." Y él corrió a las manos de la novia de Rafael para bo­rrarse las lágrimas.

 

Concepción viajó a Salta junto al equipo de filmación para acompañar a su hijo, que durante los primeros días ni se acerca­ba a los del ejército realista, menos a ese capitán asesino que ha­cía Ricardo Galache, un republicano exiliado de la dictadura fran­quista.

Tenía diez años cuando vio la película por televisión. Ya no quería ser actor, pero igual escuchaba atento a su padre contar de los míos, los dos jefes criollos: el Capitán Del Carril (Sebastián Chiola) y su tata, el Capitán Miranda (Francisco Petrone). "Uno era militar de formación, no era gaucho. Ves que aparece leyen­do", y señalaba con orgullo la pantalla. "Por eso dice que se la­menta de tenerlos que pelear con música de campanas en lugar de clarines. El Capitán Miranda es gaucho. También es inteligente aunque sin formación. Los dos se complementan y se hacen ami­gos".

 

Capitán Miranda: No lea más esos libros que lo entristecen. Dos cosas hay que pedirle al destino: acostarse con salud y despertarse con vida.

Capitán Del Carril: Los libros son mi refugio.

Capitán Miranda: El único refugio para un hombre que pelea es una mujer.­

Capitán Del Carril: Cada uno con lo suyo. A usted le gusta vi­vir, a mí soñar.

Capitán Miranda: Hágame un favor, Capitán. No lea más, quedan pocas horas para la madrugada. Duerma, descanse.

 

Al único que odió hasta el final fue a Ángel Magaña, el Te­niente Villarroel, un criollo que había estudiado en Perú y creía que defender a la patria era luchar por la Corona Española. Tenía motivos para rechazar al actor tanto como al personaje, porque aunque la madre ni se animaba a pedirle un autógrafo lo miraba fascinada y, para más, Asunción, la heroína que hacía Amelia Bence, se había enamorado de! Teniente. Fue ella quien lo volvió criollo dándole a leer las cartas del General Belgrano.

Era imposible ver películas con el padre, no dejaba de recono­cer actores y de repetir anécdotas, mucho más en ese caso que se trataba de la única película en la que actuó. Decía que los gritos del director todavía le zumbaban en los oídos cuando, en un mo­mento del rodaje, un soldado que hacía de muerto cayó junto al fuego y se quemaba. "No te muevas", le gritaba: "Es que me es­toy quemando": "Vos estás muerto, no te podés mover". Y se reía a carcajadas de teatro: apenas si lo oyó preguntar dónde estaba esa parte en la película.

Entre tantas interrupciones entendió poco de la película esa primera vez. Fue inútil que al final le resumiera el argumento porque no dejaba de confundirlo con agregados: que al volver de Salta ya no pudo dejar de pensar en el pasado y leyó sin parar todo lo que le llegó a las manos presintiendo que había tocado el corazón de la historia. Creyó que se había molestado ni bien lo vio pararse y encerrarse en el cuarto. Revolvía cajones, buscaba una sorpresa, dijo. Al rato apareció con un paquete atado con una cinta roja. Se lo dejó en las manos. "¿Te acordás de las cartas de Belgrano? Me las robé." Con cuidado él desató la cinta: sola­mente había hojas en blanco, excepto una. "A mí también me pa­só lo mismo esa vez. Son de utilería. ¿Para qué iban a escribirlas todas si una sola aparece en cámara?".

El bus cruzaba la avenida y él, como un chico, buscó lugar en  los asientos de arriba para mirar la ciudad. Trató de recordarse preguntando cuál era la sorpresa; lo único que retenía eran las manos del padre atando y desatando la cinta hasta que el moño quedara igual que en la película y así poder guardarlas otra vez.

 

En la sala había contenido las ganas de pararse y empezar a explicar. Nadie entendía, la sangre es siempre más que chocolate derretido y él necesitaba contar que ese general de nueve años, más morocho que en la vida real, era su sangre.

 

Niño: ¡Capitán!

Capitán Miranda: Disculpe, mi general, no lo había visto.

Madre: ¿No sabés saludar a tu madre?

Capitán Miranda: Dejalo, ahora está en cosas de guerra. Ha­ble, general.

Niño: Tres, no salen; cuatro partida; cinco, correo.

Capitán Miranda: ¡Mi hijo gaucho! Te has ganado una pitada.

Madre: No me lo haga perder, todavía es muy cachorro para vi­cios.

Capitán Miranda: ¿Cachorro? Tiene que hacerse al tabaco, a la caña fuerte. Dentro de poco estará crecido y me cubrirá la espal­da en los entreveros.

Madre: Eso es, dele el gusto. Para que después se me pase el día en el monte haciendo sombras en vez de cuidar la majada.

Capitán Miranda: ¡Qué mañana ni mañana! Lo único que de­be preocupamos es el día que pasó y el que vendrá. ¿No es así, ge­neral?

Niño: Si usted lo dice.

Capitán Miranda: Ya me puedo ir tranquilo, y ya sabe, el rancho queda a su cuidado. Cuide a su madre, general.

 (Música. Plano general del rancho. La madre y el niño ven partir al capitán hacia el monte).

 

Anotó varios diálogos en la oscuridad, otros los rumió de me­moria. Los realistas, desesperados, prenden fuego al rancho de Miranda, golpean a la mujer y asesinan al padre. Recordó las veces en que frente a la pantalla no había entendido que lo mata­ban hasta la escena del velorio del angelito, donde el Capitán Mi­randa dice: “Duerma en paz mi general, hasta que yo vaya a buscarlo." Es una noche de tormenta, los godos ya no saben qué hacer para enfrentar a los gauchos, todavía no descubrieron al sa­cristán, pero ya cuentan con refuerzos, hombres y armas, acam­pados para el ataque. El Capitán Miranda sabe que si los realistas atacan es derrota segura; la lluvia le está sonando como una or­questa, los godos han matado a su hijo, por qué va a dejarlos avanzar. Elude la guardia y entra al campamento enemigo ampa­rado por la tormenta. Encuentra la carreta donde guardan las mu­niciones y colgado de un brazo dispara adentro su pistola. La ex­plosión despierta al campamento. "¿Con quién vino?", le pregunta el capitán realista. "Solo", balbucea Miranda moribundo. "¡Mien­te!" "El Capitán Miranda no miente nunca". "Ustedes han anarqui­zado el país", dice el realista. El Capitán Miranda muere.

La decisión de Miranda resguardó la lucha de los gauchos del general Güemes, aunque la batalla inminente arrasará con los criollos al mando de los dos capitanes. Apenas dijo "la decisión de Miranda" se le anudó la sangre en la butaca. Había poca gente en la sala, la mayoría era el público moroso del festival de música centroamericana del mediodía, el resto tenía más interés en las funciones de días sucesivos donde verían "el nuevo rostro" del ci­ne latinoamericano. Las otras escenas sucedían muy lejos y nadie había explicado nada, La guerra gaucha eran dos líneas en el programa. Pensó si acaso Güemes no les sería tan desconocido como su primo Ricardo, el hijo de Garufita, que en pleno Mun­dial había entrado al país también en una decisión final de la or­ganización a la que pertenecía. Ni bien llegó a Ezeiza lo desapa­recieron. Un general, que conocía al tío Marcos por el programa cómico de la tele, llamó para entregarle los documentos. Así se lo contó el padre, con lágrimas en los ojos quizás, pero aceptando los infartos en la historia.

Reconocía perfectamente que su primo Ricardo no era Miran­da, como también que Enrique Muiño no sabía tocar el violín de su sacristán. Sin embargo era el mismo capitán realista el que in­terroga a Miranda y descubre lo de las campanadas. "Con que ha­bías sido tú, perro traidor", y le da un culatazo. "Tú no tocarás más campanas"; el viejo queda ciego. Durante los descansos del rodaje Enrique Muiño tomaba el violín simulando interpretarlo, de sólo ponérselo en el mentón parecía un experto. Las cosas no son lo que parecen; por eso el Teniente VilIarroel no se vuelve criollo al leer las cartas de Belgrano, siempre lo fue, lo que pasa es que antes parecía realista. El tío Marcos se conformó con los documentos, no preguntó más y aquel corazón de la historia se volvió redondo, perfecto como una calcomanía de la última dicta­dura.

Al oír la voz del Capitán Del Carril de nuevo levantó la vista hacia la pantalla; el sacristán ya ciego viene al refugio para adver­tirle que los godos lo descubrieron, trae en las manos su violín, pero ignora que lo están siguiendo, agazapados. El Capitán Del Carril, aun reconociendo que están perdidos, arenga a sus gau­chos al combate, "Metan fierro, hijos de puta" grita sin importarle que en el cine Ambassador y en la tele bajen el sonido y que en Berlín quede sin traducir como si se tratara de un saludo. Demare ordenó que lo gritara bien fuerte. "Más fuerte, carajo, aunque no esté en el libreto, gritó", recordaba el padre, siempre, emociona­do ante la escena que termina con la llegada del Teniente ViIla­rroel para pelear a su lado. Levantándose como puede. el sacris­tán toca el Himno Nacional con el violín. "Por fin vamos a pelear­los con música", grita el Capitán Del Carril.

 

Ni bien terminó la proyección, el público se dispersó por la Haus der Kulturen der Welt. A diferencia de otras muestras, en ésta no había a quién aplaudir, la embajada argentina cedió la co­pia junto con otras sin dar muchas informaciones. La luz de la sa­la se encendió sobre la última imagen, la del general Güemes en sombras montado en su caballo. ¿A quién pertenecería ese rostro anónimo?, pensó demorándose en la butaca: por primera vez era el menos impaciente en esa ciudad. Guardó en el bolsillo el pro­grama y dudó, lo que antes había dado por sentado, si asistiría al resto del ciclo.

Había visto la película tantas veces y recién ahora, sin embargo sentía extraña la llegada del sacristán con el violín. Nada justi­ficaba ese detalle en el viejo herido, más que emocionar a la pla­tea. Y el costo era alto porque embellecía la guerra, y aun la de­rrota. La muerte quedaba anónima como ese retrato en sombras sin dueño de dolor, desdibujado. Pensó en el chocolate derretido y en el teleteatro mientras esperaba el bus; después, mirando por la ventanilla, en el encuentro con su primo Ricardo en París. Se había quedado una semana en su apartamento y podría haberse quedado a vivir de haberlo querido, pero ninguno de los dos eran los de entonces, como decía el poema pegado en la puerta. Habían pasado años para que fueran los mismos. Y él quería irse lejos; vivió un tiempo en las afueras de Amsterdam y, cuando es­peraba partir hacia Oslo, terminó radicándose en Berlín. Todavía recordaba la tristeza y el miedo que sintió al enterarse de que ha­bían matado a Ricardo. Desde entonces no volvió a entrar en el bar donde leyó la carta de su padre. Algún día volvería a hacerlo, se dijo cuando el bus atravesó la esquina. Había sido su rincón más propio, con el tiempo encontró otros y, como le gustaba es­cribir en las cartas, a través de los años armó su Berlín dentro de la ciudad.

Bajó del bus con esa frase en la boca, insípida y mentirosa porque sonaba a lamento de recién llegado y él, en cambio, siempre la había escrito sabiendo que ya no iba a volver. Actuaba para su padre, viudo y solo en Buenos Aires; él también estaba solo pero algunas veces nada más, como en este otoño. ¿En cuántas cartas había escrito sobre la noche temprana y el teléfono que pasa días sin llamar? No cabían dudas, también era un actor convertido en extra de una superproducción de tiempos mendi­gos. Apuró el paso para llegar al apartamento y buscar las cartas. No, no, mentía, no estaba pensando eso, él quería llegar para sentarse a escribirle a su padre que hoy había visto su película... ¿Agregaría, como un violín, un debate inexistente con interven­ciones encendidas?

Subió las escaleras restregándose las manos, hacía muchísimo frío afuera aunque recién ahora lo sentía. Antes de quitarse la bu­fanda y la campera, encendió la radio casi por costumbre y se sentó a la mesa con papel y bolígrafo. Borroneó hojas sin escribir­ en la siguiente algo distinto que en las anteriores. Fue en ese momento en que pensó en las cartas, no antes. Estaban en una caja en el ropero, detrás de la ropa, siempre había querido tenerlas a mano. Nunca tocaron ese tema con su padre, que a lo mejor ni siquiera percibió su ausencia. Aún ignoraba la razón que lo im­pulsó a robárselas la mañana en que estaba por salir hacia el aeropuerto. Sólo una vez, una noche en Amsterdam, había desatado el moño de la cinta roja y le costó mucho después dejarlo tan perfecto como estaba. Tal vez ni siquiera tendría que entrar en explicaciones, bastaba con enviar las cartas del General Belgrano y el padre entendería.

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